• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Pimienta, la imperfecta


Era pequeñita de verdad. Su hocico era casi inexistente entonces, la trompa le creció en la adolescencia. El hociquito casi plano con el que llegó a mis manos olía a cachorro, claro. El olor a cachorro es uno de los más lindos de la vida, creo yo. Negrita, redondita y chiquitita, su nombre era obvio: Pimienta.

Pimienta no pudo llegar en peor momento. Yo me había hundido y no tenía fuerza para desenterrarme. El siquiatra al que alguien me llevó para poder lavarse las manos, era un asno titulado. Aquel fulano me dopó de tal manera que yo me estrellaba contra las paredes porque no las veía y ni siquiera me dolía la cara al hacerlo. Entré en un limbo que no tenía límites ni esquinas, sólo profundidad y dolor, porque las pastillas que me recetó anularon mi percepción de todo salvo del dolor en mi alma.


Babalú existía, una perra hermosa, grande, fuerte y con una seguridad en sí misma que daba gusto. “Es tan digna”, dijo alguien refiriéndose a ella y era verdad. Babalú y yo éramos un par completamente acoplado. Entendía hasta el lenguaje de señas que inventé para ella. Si la perfección existe, se llama Babalú. Mi amor por Babalú y por mis papás fue lo único que evitó que la tierra siguiera tirando de mí, y mi instinto de conservación iluminó esa bruma inenarrable: Tengo que ir al mar. El mar es tu abuelo, me dijo un día un chamán mil años después. En realidad el mar es mi bisabuelo, pero da igual.

El mar de Punta Negra abrazó a su bisnieta como si cumpliera órdenes. Quizás fue el mismísimo legendario Chapetón Cueto quien me cubrió hecho agua y sal, quien meció mi cuerpo con amor y quien a punta de susurros de olas me hizo notar la coincidencia de fechas. ¿Qué día nació Pimienta?, pregunté. Cuando tuve la respuesta, mi mente proyectó la película para mí: Vi a Mauricio llegar, vi a Mauricio hablar con Pimienta, vi a Mauricio apurándola y hasta vi a Mauricio sonreír por el encarguito que nos endilgaba a ambas. A Pimienta me la envió mi hermano y sólo así puedo entender la vida.


Dejé de tomar esas pastillas estupidizantes y presté atención a Pimienta. Sin que nadie sepa la razón, ella era una cachorrita con miedo. Caminaba pegada a las paredes como escondiéndose, como hacen los perritos de la calle cuando no quieren ser vistos. ¿Por qué tienes tanto miedo, Pimienta? Lo único que se me ocurrió fue que su salto desde la nube hasta mis manos fue tan precipitado que la dejó turulata para siempre. Le inventé una canción, no por las puras una es profesora: La Pimienta es importante, La Pimienta es muy valiente, La Pimienta es necesaria e importante de verdad. La Pimienta es muy valiosa, la Pimienta es muy hermosa, ella es la cachorrita, la cachorra de mamá*…y así sigue, con alguna variación dependiendo de la ocasión. Se la canté mil veces al día los primeros días, pero ella siguió saliendo disparada al oír un ¡carajo!* que no tenía nada que ver con ella. Cumple trece años y sigue temiendo a las escobas, al trapeador y hasta al matamoscas. Pero desde hace varios años es osada: apenas trapeo un pedazo de suelo, ella va y camina sobre el piso húmedo. Es un ritual, yo trapeo y ella deja sus huellitas por el piso limpiecito, casi al costado del trapeador, y es que La Pimienta, es muy valiente. Y ya no camina pegada a las paredes, salvo cuando quiere rascarse.


Pimienta tuvo muy buena y muy mala suerte al ser hermana de Babalú. La buena suerte fue que sobrevivió, cualquier otro perro se la hubiera comido de un mordisco, de tanto que jodía. Vivía colgada de las orejas de Babalú, de la cola de Babalú o caminando detrás de Babalú dando saltitos para morderle el trasero. Hasta que a Babalú, la perfecta zen, se le acabó la paciencia y en la última mordida, se sentó sobre la pirañita. La aplastó y Pimienta nunca más le mordió el poto. Babalú protegió siempre a Pimienta, como si supiera el miedo que la cachorra llevaba adentro, como si de tanto oír la canción de su hermana, ella supiera que Pimienta es importante de verdad. Si un extraño intentaba tocar a Pimienta, Babalú gruñía, se interponía y el extraño salía disparado. Pimienta temía a las multitudes y la primera vez que estuvo en una, se paró debajo de Babalú y parecieron un perro de dos pisos.


La mala suerte fue que tener una hermana perfecta es muy feo por aquello de las comparaciones odiosas. Babalú jugaba con pelotas. Pimienta se las come. Si Babalú me observaba mientras comía como un perro mendigo y yo volteaba a mirarla, ella miraba hacia otro lado y sólo le faltaba silbar. Cuando uno come y Pimienta lo ve, si uno no le convida, ella dice grrr, da igual quien sea el comensal. La otra tarde pidió una papita a un señor de la calle y el señor se la invitó. Babalú amaba al mar casi más que yo, Pimienta cree que tanta agua es innecesaria y sospechosa. La única vez que Pimienta se ha metido voluntariamente al mar ha sido este año dos mil veinte, ha de ser el fin del mundo de verdad: corrió como poseída y se metió hecha una bala al Cantábrico, sólo le faltó gritar ¡por fin nos desconfinaron, tatarabuelo Chapetón!


Después de la muerte de Babalú, Pimienta y yo dejamos Lima. Y sin proponérnoslo comenzamos un periplo de mar a mar. Me he bañado en el mar del norte del Perú, ese delicioso mar azul en el país de los mares verdes, con Pimienta sentada en la orilla mirándome fijamente intentando hipnotizarme. Pimienta salvó mi vida en ese lugar, cuando una noche se metió un maleante por nuestra terraza. Sus ladridos me alertaron y entre las dos, mis pelos de medianoche y el bastón de mi papá, lo espantamos tanto que se tiró por donde subió.


Ahora Pimienta camina a mi lado en borrascas. Una tarde vimos a un perrito miniatura Yorkshire elevarse y si su humano no lo coge, hubiera salido volando. El mismo viento tumbó a Pimienta, ella se puso de pie, dijo grrr y siguió caminando, porque es muy valiente.

Puedo imaginar las carcajadas de mi hermano cada vez que Pimienta se comió una pelota, pide comida a algún extraño o se rehúsa a entrar a la ducha porque pertenece a los mugres-unidos-jamás-serán-vencidos. A veces lo imperfecto es exactamente lo necesario. Trece años son muchos para un perro. Salvo por un poquito de sordera, Pimienta está estupenda y las canitas en su antifaz la hacen más linda. Todos los animales son valiosos y casi todos amamos a nuestros perros. Pero a Pimienta, la imperfecta, me la envió mi hermano desde el cielo. Y a su lado es imposible permanecer hundida.


Te amo, Mauricio.

La historia del encuentro entre Mauricio y Pimienta se lee en: https://www.amoramares.works/post/del-cielo-estrellas-parlantes-mauricio-y-pimienta


Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 25 de octubre del 2020

*La Pimienta: los arequipeños (y los chilenos también) anteponemos los artículos el/la a los nombres propios. Por eso, la canción de Pimienta dice La Pimienta.

*los peruanos decimos "carajo" más veces de las que manda la buena educación.

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