• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Verano en Santander / Veranos eternos

Este es el primer verano que paso en Santander con tiempo suficiente para veranear. En la tierruca uno aprende pronto que está a merced del clima y cuando el sol sale, sea la hora que sea, toca agarrar el bolso e ir corriendo a la playa. Nada de hacerse a la idea de que las mañanas serán playeras y las tardes de libros, o de cualquier otra cosa, porque a veces, el sol sale en la tarde y uno queda con la sensación de que el cielo de Santander es demasiado mandón.
La temperatura en Cantabria durante el verano no suele ser demasiado alta. Aunque en el año dos mil veinte, que sólo nos faltó una invasión extraterrestre, en Santander hubo días de calor de selva amazónica. Este año está más normal, aunque la ola de calor que hace poco torturó a Europa llegó a la tierruca y Pimienta y yo casi nos morimos. Mi prima andaluza me dio sus secretos para sobrevivir en el infierno: meter paños húmedos, bien exprimidos, al congelador y acostarse con ellos. Cuando uno siente que está a punto de combustión, se soba con los pañitos y la cama no se moja. Fue un buen consejo, pero espero que nunca más haya otra ola de calor similar. Pimienta la pasó con la cabeza envuelta en un pañuelo húmedo.
Pimienta Abarajamelabañera
En Santander, el mar es bravísimo en los inviernos y una tacita de agua en los veranos. Nada que ver con el mar arequipeño, que se divierte revolcando a los bañistas. Casi no puedes tirarte huacachas (arequipeñismo para el santanderismo "cole") porque casi nunca hay olas, o por lo menos, es lo que he visto en este tiempo. Te metes al mar, te persignas como buena arequipeña playera, ves las caras de sorpresa de la gente que te ve, ¿y ésta, por qué se persigna?, porque soy arequipeña, respondo mentalmente, y en mi tierra, el mar te quita la ropa de baño cuando le da la gana, te arrastra de panza sobre la arena que raspa o te succiona hasta que llegas detrás del último tumbo y tienen que sacarte los salvavidas o todos tus tíos y tus primos. En el mar de mi bisabuelo me dedico a flotar y a ver el paisaje. Las montañas verdes que rodean al mar siempre me sorprenderán, son preciosas. El mar arequipeño es lo único verde en nuestras playas, que son desiertas. Aquí el mar es azul, como en el norte del Perú, pero aquí no hay rayas, como en el norte del Perú.
En Santander, la arena es beige, no gris como la nuestra, y es suave, no áspera como la nuestra. Está tibia, o a lo mucho, caliente, no quema, como la nuestra. En las playas peruanas, las sayonaras, que en España llaman chanclas, tienen que tener una suela alta. Si la suela es bajita, te fríes los dedos y las plantas de los pies. Aquí sólo algunos usan sombrilla. En las playas del Perú, todos usan sombrilla. Tumbarte sin sombrilla es achicharramiento fijo. Además, tener sombrilla es una muestra de amor al prójimo. Sucede, a veces, que desde que sales del mar hasta que llegas a tu propia sombrilla, tienes que ir saltando de sombra en sombra porque tus pies, aunque mojados, se están friendo.
En Santander, muchas mujeres hacen topless y muchos niños van calatos (peruanismo: sin ropa), hacía mil años que no veía calatos en las playas. En cuanto a las mujeres, si a una peruana, en cualquiera de sus playas, se le ocurriera hacer topless, podría llegar a su casa embarazada... así es que ¡ole! por las españolas y su derecho a hacer topless si les da la gana. Algunas personas bajan con coolers a la playa, igual que en Arequipa, pero en Santander no hay empanadas ni barquillos para comprar, aunque uno se muera de ganas. Ir a la playa y no poder comer una empanada de queso bañadita en azúcar en polvo es una cosa muy triste, aunque ir a la playa sea una de las cosas más felices de la vida, sea donde sea.
Hace años escribí contando los veranos de nuestra niñez. Así pasamos los veranos americanos los bisnietos del Chapetón Cueto:

Veranos Eternos

Cuando yo nací, o antes, mi abuela materna compró una manzana completa de terrenos en Camaná, una de las playas de Arequipa. En esa época, era una playa vacía en la que veraneaban posiblemente diez o doce familias, la recuerdo gigante, tranquila y casi desierta. Nuestro terreno no quedaba frente al mar en primera fila, supongo que por el respeto de los arequipeños a los terremotos. En esa manzana, mis papás y varios de mis tíos mandaron a armar nuestras casas de playa. Cada año había que revisar qué faltaba, porque durante el año normalmente desaparecía algo. Eran unas casas maravillosas, hechas de “achones”. Los achones son paredes hechas de paja, creo que el término sólo se conoce en Arequipa. Las paredes de achones son como montoncitos de paja amarrada. El piso era de arena y todas las mañanas mi Mechi lo baldeaba, mientras más agua, más duro y más piso parecía, si te caías, dolía igualito que el cemento, o más. Las paredes no llegaban al techo y en las esquinas de los dormitorios mi mamá ponía unas cañitas para colgar la ropa y eso era el “closet”. El techo también era de paja, recuerdo clarito las poquísimas noches que llovió a cántaros y quedó claro que no era techo sino colador. Una vez, mi papá, furioso (no era muy playero), me alzó al vuelo y me llevó al auto a dormir con él, bien sequitos mientras el resto de la familia amaneció arrugadito y diciendo achís, uno de los recuerdos más lindos de mi infancia, aunque mi papá y yo nos sentimos malvadísimos. No recuerdo bichos, solo a las lagartijas que me mataban del susto porque me miraban fijamente y me parecían misteriosísimas.


Esa casa tenía un olor especial, una mezcla de playa, achones, mar, Caladryl (la loción para las quemaduras) y felicidad. Como no era una playa urbanizada, no había agua potable ni electricidad. En las mañanas venía un camión con una manguera gigantesca a dejar agua. La pared de la cocina tenía un hueco por donde pasaba la manguerota directa al cilindro de metal medio oxidado. Mi Mechi gritaba yaaa maeeestrooo y el aguatero cerraba la manguera. Esa era el agua para ducharse y para la cocina. Supongo que lo correcto hubiera sido hacerla hervir horas de horas para poder tomarla, pero conociendo a mi familia, no creo que lo hicieran, en todo caso nadie se murió por tomarla sin hervir. La otra fuente de agua que teníamos era “el pozo”. Todas las casas de la playa tenían uno en el patio. El agua del pozo curaba los ojos legañosos de los perros y era para baldear el piso y para el inodoro. Lanzabas un baldecito amarrado a una soga, tirabas de la soguita y el balde iba subiendo desde el fondo del pozo. Prefiero no pensar mucho en cómo funcionaba el baño, pero recuerdo cómo era: dos espacios separados en el patio, y ninguno de los dos tenía puerta. En uno de esos espacios estaba el inodoro y no tenía techo, sentarse mucho rato en el trono significaba freírse los sesos, me recuerdo chiquitita sentada con sombrero y apuradísima. El otro espacio era “la ducha”, aunque no había ducha, era sólo un cubículo. Mi abuela Luisa tomó un balde de plástico, le hizo un huequito como a un dedo de la base con un clavo caliente, y tapó ese huequito con una cañita. Ese balde colgaba de algo en lo alto del cubículo y para “abrir el caño” había que sacar la cañita del huequito y aprovechar el chorrito sabiamente para no quedarse enjabonado sin agua. El agua se calentaba al sol, en pocillos dejados en el patio antes de ir a la playa. Así se bañaban los grandes y después nosotros cuando crecimos, de chiquitos simplemente nos calateaban en el patio, en fila india toditos: hermanos, primos, parientes, alojados, visitas, como en una línea de ensamblaje frente a mi Mechi, mi mamá y mis tías: nos enjabonaban, lavaban la cabeza, enjuagaban y listo.


Cuando oscurecía prendían las Petromax, unas lámparas de kerosene. A estas alturas de mi vida pagaría mucho por una de esas lámparas si pudiera conseguirla, hasta su nombre me hace muy feliz. Recuerdo que tenían “camiseta”, una cosita de algodón aparentemente muy importante porque sin ella la lámpara no funcionaba. Colgaban esas luces de las vigas de la casa (unos troncos gordos llenos de clavos para colgar cosas útiles), y ellas nos alumbraban. Recuerdo los panqueques de las noches, el cerro que hacía la tía Anita y desaparecía en un segundo entre tanta guagua hambrienta. Sólo cuando había un partido de fútbol importante, prendían la tele usando la batería del auto. A la hora de dormir, apagaban las Petromax y la oscuridad era total y absoluta. No he vuelto a ver noches tan oscuras.


Vivíamos en esa casita tres meses de cada año. Arrancábamos para la playa los primeros días de enero y regresábamos a fines de marzo. Neeegros, sobre todo mi hermano, se ponía tan negrito que usábamos su espalda de pizarra. Vivíamos tres meses sin luz, teléfonos ni televisión y no nos parecía raro. Comíamos rico. Camarón, casera, camarón, ofrecían las vendedoras que abrían las puertas de las casas porque no tenían cerraduras. El camarón arequipeño es famosísimo. El tiempo era eterno y nosotros éramos chiquitos pero lo sabíamos, el día alcanzaba para bañarnos en el mar hasta arrugarnos, tirarnos al sol hasta achicharrarnos para volver a meternos al agua. El mar de Arequipa es delicioso, helado y bravo, a veces mis hermanos y mis primos me llevaban con ellos y terminábamos detrás del último tumbo, nos ahogamos muchas veces pero nunca nos morimos. Jugábamos, cantábamos, hacíamos shows para los adultos. Conversábamos tonteras frente a frente o cama a cama a través de las paredes. Los niños mayores trepaban el cerro y luego iban a bañarse a un pedazo de río que quedaba cerca de la carretera que lleva al Pueblo. En las noches, mi hermano, mis primos y sus amigos iban a bañarse calatos al mar con el tío Carlos, el mejor tío del mundo, partían felices a sus excursiones exclusivas para hombres y yo me quedaba muerta de la curiosidad, entonces obligaba al único primo más chiquito que yo a jugar a las Barbies conmigo. También recibíamos alojados: tías, más primos, amigos, vecinos de la playa.


Así año tras año. Un verano, la mayor de mis primas fingió ahogarse para que la rescatara el chico que le gustaba. Otro, mucho tiempo después, mi hermano y mis primos aprendieron a pelear luego de que una noche los camanejos los persiguieron para sacarles la chochoca (arequipeñismo: si alguien amenaza con sacarte la chochoca, lo único sabio es correr) y ellos llegaron gritando tíiia Aniiita aaabreee la pueeertaaa. Si no aprendías a pelear en Camaná era porque ya estabas muerto y para ese entonces, las casas ya eran de cemento y tenían cerrojo, hubo que cobijarlos de inmediato para no tener que recogerlos con espátula. En esa época también, una de las tías sorprendió a uno de mis primos chapando (peruanismo para besándose) con su enamorada y el pobre casi se murió de la vergüenza. Las primeras discotequeadas en “El Cangrejo” de mis mayores fueron ahí, y después las mías también.


Sólo varios años después, cuando ya toda la familia había vendido los terrenos en Camaná, se puso de moda que las casas de playa se parecieran un poco a las casas de la ciudad, y las tiendas de decoración hicieron fortunas. Pero los veranos más mágicos de nuestras vidas sucedieron en casitas de achones, suelo de arena mojada y ni un solo cuadro. Comprar esa manzana de terrenos fue la segunda mejor idea que tuvo mi abuela Luisa. La primera fue casarse con mi abuelo Sixto.

Detrás de mi mamá negrita, una casa de achones.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 7 de agosto 2022

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