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  • Úrsula Álvarez Gutiérrez

Veinticinco de diciembre


Iglesia de Santa Lucía
La iglesia de Santa Lucía, en Santander, se terminó de construir en mil ochocientos sesenta y ocho. La Abeja Montañesa, el primer periódico que mi tatarabuelo fundó, reportó los avances de su construcción. Ese mismo año, mi bisabuelo estudió el segundo ciclo de Náutica y sacó “sobresaliente” en la asignatura de Historia Sagrada y Religión. Aplicadísimo, nuestro Chapetón, aunque según cuentan periódicos posteriores, una vez que se enojó lanzó a un francés por la borda de su barco, otra vez, encerró a su hermano Fernando, el del corazón de galerna, en el calabozo de su barco y en general, nunca aguantó pulgas a nadie, como decimos los peruanos y me alegra mucho por él. Mucho tiempo después, cuando ya mi tatarabuelo estaba muerto, su hijo Enrique bautizó a María la inmortal en la iglesia de Santa Lucía. Como no he encontrado todas las partidas de bautismo de nuestra familia, no sé a cuántos más bautizarían ahí, pero estoy segura de que fueron varios. Quizá por eso Santa Lucía es uno de mis lugares favoritos aquí. Anoche, Nochebuena, fui a misa allí. Tomé fotos a la pila bautismal para mandárselas a Evuca la andaluza, tataranieta de tío Enrique. Mientras oía la misa imaginaba a nuestros espíritus de pie alrededor de la pila con María en brazos. Imaginé la escena como me la describió el corazón, ví a la tátara, Concha Cueto, a quien yo llamo La Divina Providencia porque era requetemandona, y si no estoy totalmente loca, me sonrió.
Esta es mi tercera navidad en la tierruca y en cada diciembre a uno le da por hacer un balance. Hace meses que cumplí la misión que me trajo aquí, la historia de nuestros espíritus está escrita y ahora ando esperando respuestas de las editoriales. Esperar respuestas de las editoriales es mucho más difícil que investigar dos siglos de vida de una tribu de locos. Esperar respuestas de las editoriales es mucho más difícil que escribir la historia de dos siglos de una tribu de locos. Esperar respuestas de las editoriales requiere demasiada paciencia para una bisnieta del Chapetón Cueto, si yo tuviera un barco como él, el mar estaría repleto de directores de editoriales. Hace meses que un diario santanderino publica un relato mío cada semana. Es emocionante porque conmigo nuestra familia cumple tres siglos en la prensa de Santander. El diario se llama Cantabria24horas y es digital, por si quieren seguirlo. La próxima semana, una revista literaria de Santander, que nació hace poco y lanza dos ediciones al año, publicará uno de mis cuentos. Se llama Mule, la revista, y el lanzamiento será el veintiocho de diciembre a las siete y media en la librería Gil de la Plaza Pombo. Y eso también es emocionante, es como pararme de puntas en una de las huellas de tío Domingo, el favorito del alma mía.
Por mucho que haya estudiado a nuestros espíritus, no he logrado saber qué les dieron de comer para que fueran lo que fueron y legaran tanto asombro. Tampoco sé cómo hizo mi abuelo Sixto, hijo de Sixto, para encargarme su anhelo de una manera tan rotunda que no me quedara más que cumplírselo. Supongo que hay cosas que sólo se entienden creyendo en la magia, que es amor que trasciende la muerte y si tenemos suerte, nos habita.
En estos tres años la humanidad se ha tirado un volantín. Tres años dan para mucho. Dan para días tristes, días horribles, días normales, días felices y días mágicos. Dan para conocer gente tan espantosa que enciende todas las alarmas de nuestro instinto de conservación y uno obedece y escapa, y también dan para conocer gente que te engorda el corazón. Dan para días de reencuentros, en los que una casta indómita y brava se abraza a través de sus descendientes, los suertudos ganadores de la lotería genética. El Director del Museo de Arte nos regaló la imagen digitalizada del retrato de tío Fernando. El héroe ya ocupa una pared en nuestras casas. En la mía está en un póster y aunque la pared en la que está no es la principal de mi departamento, mire donde mire, siempre me encuentro a tío Fernando, porque él es así, estupendísimo. Y cada vez que lo veo, o sea a cada rato, sé que todo está bien.
El héroe cuida mi espalda.
Feliz navidad, queridos.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 25 de diciembre 2022


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