• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Un cuento para Gabriel


Gabriel García Márquez. Foto de internet.

El primogénito de la hija de un coronel nació en el caserón de sus abuelos maternos en el corazón del caribe y allí se fue quedando, sus padres lo dejaron una vez, otra vez y otra vez hasta que los abuelos no pudieron imaginar la vida sin él y nadie tuvo corazón para arrancarles al nieto. El pequeño se convirtió en el rey de la casa, el único niño y el segundo hombre en la casona gobernada por un matriarcado. Fue un niño preguntón (¿quién fue Mambrú y a qué guerra fue? Un militar que combatió en la Guerra de los Mil Días con tu abuelo), mimado y celoso, cuando algún otro chiquito iba de visita a la casona, el rey lo pellizcaba a escondidas y después le pedía que hiciera el favor de ir a llorar a su propia casa. ¡Esta criatura es un tormento, carajo!, explotaba su abuela de vez en cuando aunque siguió consintiéndolo y ordenando que le cocinaran otra cosa si la comida no era del gusto de su majestad. El tormento agotaba las energías de sus mayores como a las seis de la tarde, cuando comenzaba a oscurecer y entonces su abuela le mandaba sentarse quieto, no te muevas hijito o molestarás a tus tíos, le decía, aunque los tíos estaban muertos. El preguntón se quedaba estático y del puro susto acompasaba su respiración a la de los espíritus que ocupaban la mitad de las habitaciones de la casa. Antes de la hora en que las ánimas del purgatorio salen a mirar el perejil, las mujeres acostaban al niño en el cuarto de los santos. Las figuras de yeso eran más grandes que él y crecían, se encogían y hasta caminaban por culpa del aire que movía la llama de la vela que quedaba encendida para que él no se asustara. El pobre se tapaba la cara y se quedaba dormido sin poder decidir qué era más aterrador, si la corte celestial o los fantasmas. La mayoría de los muertos sólo quiere un poco de compañía, decía su abuela, a veces se sienten solos y hay que entenderlos, hijito. El primer muerto que el niño vio fue su vecino, que nunca importunaba y sólo tosía de vez en cuando, vivía en su propia casa, conocida como La Casa del Muerto, y el pequeño se lo encontró de cuclillas en la letrina la vez que entró a su casa persiguiendo al conejito que se le había escapado. Tomó a su conejo y salió disparado aunque comprobó que su abuela tenía razón, el muerto parecía muy triste. Hiciste mal, ¿qué te costaba hacerle un poco de compañía al pobre? Una de las mujeres del caserón anunció un día que se moriría pronto, dio un montón de instrucciones y cuando estuvieron cumplidas, se murió de verdad y a nadie le pareció raro. El niño aprendió que los duendes existen y aunque suelen ser bromistas y risueños, cuando se les tuerce el genio apedrean casas; supo que las brujas aburridas se dedican a hacer ruidos inexplicables para entretenerse con las caras de susto y que hay gente que sube al cielo en cuerpo y alma, como le pasó a una mujer hermosísima, que se elevó, se elevó y siguió elevándose hasta que desapareció, aunque las malas lenguas dijeron que había huido con un camionero porque las malas lenguas, además de mentirosas, no tienen ni idea de la vida.


El abuelo era un coronel en retiro y aunque peleó en todas las guerras civiles de su país, nunca conoció a Mambrú. Muchos años antes de que su nieto naciera, el coronel no tuvo más remedio que retar a duelo a un hombre que ofendió su honra en público. Él sabía que vencería y por ello pospuso la mala hora tantas veces, que estuvo a punto de hacerle más daño a su honra. El duelo tuvo que darse, el coronel venció y a partir de entonces se topó con el fantasma del muerto reciente en cada esquina. Lo vio tantas veces y le rompió el corazón de tal manera, que tomó a su familia y la llevó a vivir muy lejos, no sabes lo que pesa un muerto, hijito. El hombre hablaba con su nieto como si se tratara de otro adulto, le contaba la historia de su tierra y de su gente, le leía el periódico, los conservadores nacen y los liberales se hacen, hijito y lo llevaba de la mano a todo sitio, a visitar a los amigos, al cine, al circo, y cada semana, al correo, a ver si por fin llegaba la pensión de jubilación que el Gobierno le había prometido. Los domingos por la mañana, el hombre y el hombrecito del caserón cruzaban el pueblo para ir a chapotear al agua fría y misericordiosa de un río lleno de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

¡Abuelo! ¡He visto unos pescados duros como piedras!, llegó corriendo con ojitos de plato el monarca de la casona. ¿Qué significa congelados?, respondió con una pregunta a la explicación del coronel. Entonces el hombre lo tomó de la mano y lo llevó a conocer el hielo. En el taller de orfebrería de su abuelo, el niño dibujaba las historias llenas de vivos que habían muerto y de muertos que estaban vivos que sus mayores le contaban, mientras el coronel fabricaba pescaditos de oro con ojos de esmeralda. El dibujante, que aun no aprendía a escribir, supo que su pueblo era El Dorado, que debía su color al banano y estaba habitado por los migrantes de todas las guerras de la humanidad. Su abuelo le habló de la avaricia de una compañía bananera, que protegía de los zancudos a sus funcionarios gringos encerrándolos en los gallineros gigantes que los dos veían camino del río cada domingo, pero no protegía a sus obreros del hambre porque aunque eran suyos, la compañía decía que no trabajaban para ella y era mentira aunque también era verdad. El abuelo le contó la historia de la huelga de los obreros de nadie, que terminó en masacre, llenó de cadáveres un tren y espantó a Dios, quien respondió con un diluvio furioso que esparció sangre de pobres por toda la superficie de la tierra. Cuando el niño aprendió el alfabeto y encontró Las mil y una noches en la casona, casi se murió de tan feliz. Leer es lo más fascinante que hay en la vida, dijo, y nunca dejó de leer.

El coronel murió y la infancia de su nieto terminó. El niño estaban tan familiarizado con la muerte, que no lo lloró sino hasta mucho tiempo después, cuando comprobó que nadie podía sustituirlo y hasta las alegrías se volvieron un poco tristes por no poder contárselas. Años más tarde, la tumba del coronel desapareció sin explicación y si no fuera por su nieto, el hombre no habría existido. El niño se mudó a vivir con sus padres, que eran casi dos extraños para él. Su papá era un telegrafista con alma de violinista y mala suerte para los negocios. Su mamá era bonita, práctica y fecunda y daba a luz a un bebé cada año. El amor de la pareja fue terco como mula y superó todos los obstáculos que el coronel puso al telegrafista que quiso llevarse a la niña de sus ojos y al final se llevó. El día de la boda sin embargo, la novia no llegaba y no llegaba. El telegrafista, de pie en el altar, sudaba de miedo y de dolor de corazón creyendo que aquella vez sí se le había escapado la paloma, hasta que el sacerdote, que había logrado que el coronel aceptara los amores de su única hija con el flacuchento, fue a ver qué estaba sucediendo. Con la tranquilidad de tener el casamiento asegurado por la intervención del cura, la novia se había quedado dormida. Llegó en volandas al altar y se casó feliz de la vida aunque estuvo bosteza que te bosteza. En casa de sus padres el dinero escaseaba y el nieto del coronel ganó su primera plata escribiendo. “Hoy no fío, mañana sí”, pintó en la tienda de la esquina a pedido del tendero. Cuando llegó a la adolescencia, supo que debía buscarse la vida y postuló a una beca. Llegó a la capital de su país, una ciudad sin mar ni aire, gris y fría. Cuando no vio ni una mujer en las calles, estuvo seguro de que se moriría de tristeza aunque al final no se murió.

En el colegio capitalino comenzó a soñar con ser poeta, pero su profesor de lengua tenía ojos de vidente y aprovechó un castigo para obligarlo a escribir un cuento. Todo el colegio leyó y aplaudió la historia de una chica que se convertía en mariposa. Este trabajo recuerda a Kafka, dijeron sus maestros y él no supo qué responder porque no había leído a Kafka. ¡Carajo, pero si así hablaba mi abuela!, pensó cuando por fin lo leyó, si esto se puede hacer en la literatura, entonces me interesa. Pero su papá no quería que su primogénito se muriera de hambre y lo obligó a estudiar derecho. El estudiante de derecho escribió otro cuento y lo mandó al suplemento literario de un diario. El diario ni lo publicó ni le respondió. Entonces su abuelo coronel movió alguna influencia en el cielo, y otro periódico anunció que abría las puertas de las páginas literarias a autores desconocidos. Él envió un cuento, al día siguiente salió publicado, lo vio en el puesto de periódicos y casi se murió de tan feliz, pero no pudo comprarlo porque le faltaron cinco centavos. Entró corriendo a la pensión en que vivía y salió de nuevo con un amigo y los centavos. La tercera resignación, se llamó el cuento y fue la última de su vida. No le dio la gana de resignarse a ser un abogado infeliz y abandonó la universidad. Comerás papel, le dijo furioso su papá y tenía razón, vivir de la pluma era imposible, o dificilísimo, casi se murió de hambre de verdad y aunque siguió escribiendo gratis, tuvo que buscar trabajo y así fue como se volvió reportero. En un derroche de optimismo, él y unos amigos lanzaron un periódico que se llamó El Comprimido, y aunque se repartía gratuitamente, no consiguió auspiciadores y el sexto número fue el último. “Ante tan halagadora perspectiva, no hemos encontrado un recurso más decoroso que el de comprimir éste periódico hasta el límite de la invisibilidad... desde este mismo instante éste empieza a ser el primer periódico metafísico del mundo”, escribió el nieto del coronel y aunque creyó que se moriría de tristeza, no tuvo tiempo para morirse porque había empezado a escribir su primera novela.

Cuando terminó la novela, la mandó a un montón de editoriales, ninguna aceptó publicarla ni le respondió pero él siguió enviándola. Mientras tanto, fue ganando renombre como reportero y llamando la atención por su pinta estrafalaria. Parecía un turco sonriente. Tenía la cabeza llena de rulos, ojos de buena persona y las orejas paradas para no perderse ninguna historia. Su ropa de colorinches espantaba a la gente seria que iba conociendo, ¡qué aspecto!, se quejaban hasta que su bonhomía y talento los dejaban mudos. Quizá fue entonces cuando comenzó a sembrar buenos amigos. Por fin, una editorial aceptó publicar su novela y él casi se murió del susto. El periódico para el que trabajaba premió sus reportajes estupendos enviándolo a Europa a cubrir una serie de noticias. Él casi se murió del susto pero cuando llegó y vio el pasto de Ginebra, se quedó helado, tanto avión, tanto tren y tanta vaina para que el pasto sea igualito aquí que allá. Estando en Europa, la dictadura en su país clausuró su periódico y no tuvo trabajo al que regresar. Vendió su pasaje de retorno y se puso a escribir feliz de hacerlo sin que nadie lo jodiera por fin, como contó mucho después. Cuando la plata del pasaje se le acabó, no pudo pagar el hospedaje y comenzó a comer poquito. La dueña de la pensión se apiadó de él, lo mudó a la buhardilla y lo dejó escribir en paz. Uno de sus amigos lo vio en aquel tiempo. Le sorprendió lo serio que se veía, todo vestido de invierno y sin colorinches, hasta que comenzó a nevar. El nieto del coronel pegó una carrera feliz, como un futbolista cuando mete un gol, levantó los brazos al cielo, se pintaron de blanco y los ojos de buena persona se llenaron de lágrimas, era la primera vez que veía nevar. Cuando la novedad de la nieve pasó, escribió a sus amigos pidiendo ayuda, necesito plata, dijo francamente y los locos de su vida se reunieron para pensar cómo enviar dinero a París sin llamar la atención. Metieron un billete de cien dólares, que entonces era mucho, dentro de una postal, un escondite imposible de detectar sin instrucciones. Correspondencia para usted, le avisó en francés la dueña de la pensión, él bajó feliz y cuando vio la postal y nada más que la postal llena de frases cariñosas, casi se murió del dolor de corazón, cabrones, dijo, porque el cariño no se come, tiró la postal a la basura y salió a caminar para no morirse de tristeza. Cuando regresó, encontró la carta que sus amigos enviaron después de la postal, al darse cuenta de que el escondite era tan bueno que su amigo se tiraría al Sena si no le explicaban dónde estaba el billete. ¡La basuuura!, pidió el nieto del coronel disparado, recuperó la postal, sacó el billete y se fue a comer. La novela que escribió en la buhardilla parisina es la que él consideró la mejor de las suyas. Es corta, dura y exacta, está ambientada en octubre, el más triste de los meses, y cuenta la historia de una pareja anciana con asma, zapatos rotos e ilusión, que no se come, pero alimenta.

Uno de sus amigos le consiguió un nuevo trabajo de periodista, le envió un pasaje y así dejó Europa. Se casó por fin con la mujer a la que se declaró cuando ella tenía trece años o algo así, y siguió trabajando como un burro. Le publicaron dos novelas más. Una de ellas ganó un premio literario y la primera frustración que le dio fue que ningún editor le aceptó el título, una novela no puede llamarse “Este pueblo de mierda”, ¡hombre!, dijeron todos y entonces se llamó La mala hora. La segunda frustración, que casi lo mató del colerón, fue la edición que se hizo en la Madre Patria, que ejerció de madrastra y cambió todos los ustedes por vosotros, todos los papás por padres, todos los suyos por vuestros y no sucedió por cojudez sino por gilipollez, o algo así. El nieto del coronel desautorizó en carta pública a aquella editorial, la novela volvió a editarse en México, y el volvió a instituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas en nombre de su soberana y arbitraria voluntad”.

Tiempo después la pareja, que ya tenía un hijo, se instaló en México. Allí, él quiso cumplir su sueño de ser Director de cine, llegó a escribir guiones pero se frustró porque se dio cuenta de que el cine es mucho más limitado que la literatura. Fue por aquel tiempo que conoció la obra de Juan Rulfo, su concepto de la literatura dio un vuelco de cataclismo, casi se murió de tan feliz y encontró el camino que andaba buscando. Entonces supo que había llegado la hora de ser más valiente que nunca y contar el universo que habitaba en su alma y en su piel. Se encerró en el escritorio de su casa. La primera frase se escribió sola, ¿qué carajo vendrá después?, se preguntó aterrorizado pero siguió y describió la vida de los que conocen el otro lado de las cosas. El poema en prosa más largo de la literatura narra una historia que comienza cuando el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre; describe un tiempo circular y no lineal, en el que una mujer se queja, ¡el tiempo da vueltas en redondo y ya esto me lo sé de memoria!; habla de un mundo que va acabándose poco a poco y es una casa de locos en la que la misma mujer pregunta a Dios si de verdad cree que la gente está hecha de fierro para soportar tantas penas. En la obra más corajuda de su vida, el nieto del coronel explicó con la inocencia de un niño que cuando nos asustamos frente a otros, lo que nos sobra es el cuerpo, que nuestra memoria está llena de recuerdos aun antes de que nazcamos, que lo peor del insomnio no es el cansancio sino la nostalgia de los sueños y que la evocación implacable logra materializar los recuerdos. Casi se murió de alivio denunciando que hay ángeles de la guarda que se quedan dormidos y que hay clavos sufriendo porque quieren desclavarse. Casi se murió de gusto desembuchando que el amor puede ser una peste, que se siente igual que un temblor de tierra y que a veces, no se le ocurre a nadie. Casi se murió de risa metiendo a Mambrú* a pelear guerras civiles en el caribe. Casi se murió de pena exponiendo el horror de las guerras, que arrasan con todo, mezclan a idealistas con canallas que generan fanatismos dementes y terminan con todo el mundo peleando sin recordar porqué, con los afectos podridos en el corazón y el rumbo perdido para siempre. Casi se murió de sufrimiento demostrando que es más fácil empezar una guerra que acabarla, y casi se murió de verdad cuando el coronel Aureliano Buendía se murió y tuvo que dejar de escribir para llorarlo dos días. “La Cueva de la Mafia”, llamaron sus amigos al escritorio donde él se encerraba para escribir la maravilla, allí dentro pasan cosas raras, afirmaron y volvieron a prestarle plata. Su mujer empeñó todo lo que había en la casa salvo la secadora de pelo, la batidora y la estufa de su marido, porque él no podía escribir con frío. Los tenderos les fiaron la comida y el casero les fió el alquiler. Un año y medio después, él terminó la novela y su familia debía seis meses de casa, seis meses de carne, seis meses de leche y seis meses de todo lo demás. Su esposa lo acompañó al correo a despachar la novela a la editorial argentina que quería leerla. El manuscrito pesaba tanto, que lo cortaron como a un jamón y sólo enviaron la mitad, la pareja regresó a su casa, tomó la secadora de pelo, la batidora y la estufa, las empeñó y volvió al correo para pagar el envío de la otra mitad. Oye Gabo, ahora lo único que falta, es que la novela sea mala, le dijo ella.

Cuando la editorial argentina publicó la novela, el matrimonio viajó a Buenos Aires. Una noche que entraron al teatro, el nieto del coronel y su esposa se sintieron raros, podían jurar que una luz los seguía y así era. ¡BRAVO!, gritó alguien, todo el teatro se puso de pie para aplaudirlos y él casi se murió del susto. Argentina enloqueció, la editorial tuvo que contratar una secretaria para que atendiera a la gente que lo llamaba y esconderlo en otro hotel. Sólo los latinos de América tuvieron la clarividencia de reconocerse en el libro, recibieron Cien años de soledad como una descripción de la vida, no como una novela y se imprimieron tantos ejemplares, que América Latina se quedó sin papel. Mi mamá es igualita a Úrsula, mi tía a Amaranta, se oyó en todo lado. ¡Aaay el Gabito qué chismoso!, dijo una de las hermanas del escritor cuando la leyó, ¡ha contado los secretos de todo el mundo! Sobre la obra que lo sacó de pobre, él comentó después, “nunca supe a dónde iba a llegar empujando este carro, primero muerto de miedo por lo que podía ocurrirme y después muerto de miedo por lo que me había pasado”.

Un premio siguió a otro y él siguió sin poder creerlo. “Perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo”, dijo en uno de los actos organizados en su honor. “Todo homenaje público es un principio de embalsamamiento. Siempre he creído que los escritores no lo somos por nuestros méritos, sino por la desgracia de que no podemos ser otra cosa y que nuestro trabajo solitario no debe merecernos más recompensas ni más privilegios que los que merece el zapatero por hacer sus zapatos...”, escribió mucho después, y también dijo que la fama “es una señora muy gorda que no duerme con uno, pero cuando uno despierta está siempre mirándolo frente a la cama.” Cuando le avisaron que había ganado el Premio Nobel de Literatura, se escondió en casa de un amigo y cuando se enteró de que debía ponerse un frac para recibirlo, casi se murió del susto porque era más supersticioso que su abuela, ni muerto me pongo un frac, esa vaina da mala suerte. Comenzó a pensar cómo evitarlo y como era el mejor contador de historias de la humanidad, se inventó una, se la contó a la gente más culta del mundo y se la creyeron. Cuando entró al salón repleto de flores en Estocolmo, empalideció, volteó y susurró, ¡mierda!, esto es como asistir a mi propio sepelio. En su discurso habló de la patria inmensa, casi siempre incomprendida y siempre incomprensible que se llama América Latina, de su realidad desaforada y de su ubicua bendición y maldición: El Dorado. En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, esa energía secreta de la vida cotidiana que cuece los garbanzos en la cocina y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos... el premio que acabo de recibir, lo entiendo con toda humildad con la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano...” De regreso en su tierra y a propósito del traje blanco que el escritor vistió para la ocasión, un colombiano preguntó a uno de sus amigos, ¿por qué vistieron al Gabito de cocinero?*

En los años siguientes el nieto del coronel siguió contando historias. Casi nos mató de alivio cuando nos dijo que los periódicos que nos amargan los días sólo traen fantasías de la vida real y que los síntomas del amor son los mismos que los del cólera. Casi nos mató de gusto cuando definió el enamoramiento como “tener dos almas al mismo tiempo” y al amor como “un vértigo perpetuo que nos pone a flotar entre nubes erráticas”. Casi nos mató de risa cuando nos contó que una madre siguió el rastro de olor a caca para encontrar a su bebé escondido y que hay lugares en los que hace tanto calor, que las gallinas ponen los huevos fritos. Casi nos mató de pena cuando escribió sobre gente que aprende a ser feliz sin la felicidad, o cuando uno de sus personajes dijo que la vejez no se siente por dentro pero por fuera todo el mundo la ve. Casi nos mató de sufrimiento demostrando que hasta las vidas más dilatadas sólo alcanzan para aprender a vivir. Y casi nos mató de verdad cuando se murió. Estábamos tan familiarizados con la muerte, que no lo lloramos sino hasta mucho tiempo después, cuando comprobamos que nadie puede sustituirlo y hasta las alegrías se nos volvieron un poco tristes porque no es él quien nos las cuenta.

Para el más artista de todos los escritores, porque la evocación implacable logra materializar los recuerdos.

Úrsula Álvarez Gutiérrez.

Santander, noviembre del 2022

Basada en las biografías de Gabriel García Márquez, incluidas El olor de la guayaba y Vivir para contarla; muchas de sus entrevistas, incluidas aquellas hechas a sus amigos y familia y la lectura de la mayor parte de su obra.

*El Duque de Marlborough, Mambrú, aparece como uno de los hombres de confianza del Coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad.

*En una entrevista, Plinio Apuleyo Mendoza, amigo de García Márquez, autor de El olor de la guayaba y ex embajador de Colombia, contó la anécdota del traje caribeño llamado “liqui-liqui”.

Imágenes tomadas de internet.

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