• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Seguir creyendo que hay un Dios

Hace mucho que no escribo por acá. Cada tanto muero y aquí estoy*.
Son tiempos difíciles para los peruanos con corazón. Levantarse y vivir, poniendo sentido a las horas, demanda un esfuerzo consciente cada día. De pie sobre las huellas que nuestros espíritus dejaron, capeo el temporal peruano, tan atroz. Zambullida en el asombro, estoy cada vez más segura de que ellos me han salvado. Si no hubiera venido a Cantabria para estudiarlos, quizá sería uno de los ciento ochenta mil peruanos que han muerto por el vergonzante manejo de la pandemia que han tenido las, así llamadas, autoridades peruanas. Si estuviera en el Perú, aun de haber sobrevivido, mi corazón no lo hubiera hecho. Estaría allí, con un agujero en el pecho, sumándome a los que gritan en las calles. Yo canto fuerte mis plegarias y algo pasa, pero ya nada me hace llorar*.

Estudio la vida de diez Gutiérrez Cueto para escribir un cuento sobre cada uno. Gracias a su compañía, ya terminé de escribir cinco cuentos. Cinco historias fantásticas, basadas en cientos de horas de lecturas en archivos y fondos de bibliotecas, miles de preguntas a unos cuantos estudiosos, de los de verdad, no de los que se creen estudiosos. Tanta vida por contar, tanta ayuda de gente de bien, feliz y entusiasmada con mi proyecto. Tuve que revisar un libro del cual sólo hay dos ejemplares en toda España. Lo pidieron para mí y un par de semanas después, entendí por qué nuestro héroe, tío Fernando, se ofreció a participar en la guerra hispano cubana. Estudiado concienzudamente, Fernando Corazón de Galerna es mucho más heroico que lo que cualquiera pudiera pensar. Él y su caminar bamboleante de marino en tierra legaron amor, ¿habrá un legado mejor? También sé que cuando los marinos mercantes estudian la carrera hoy, les dan una lección acerca de él, el Capitán don Fernando Gutiérrez Cueto, que vivió, ¿habrá un legado mejor? Uno de mis “ayudantes” (soy una mujer bendecida) me dio la partida de nacimiento de mi tatarabuelo. Él tuvo un gemelo, llamado Sixto, que murió luego de nacer. Muchos años después, mi tatarabuelo bautizó a uno de sus hijos con el nombre de su gemelo y pidió fortaleza y salud para él. Dios accedió con tantas ganas, que de él, un montón de Sixtos sanos, fuertes y estrambóticos, nació. También sé que a tío Enrique le dieron los Santos Oleos en mil ochocientos ochenta y tres y se murió recién veintiún años después. Ver tan cerca la cara de la muerte debió recordarle su anhelo y tres años después, fundó su periódico inmortal. Tío Domingo, mi favorito, fue blanco de una venganza tan perfecta que fue igualita a una confusión. Domingo del alma mía pasó unos días en una cárcel en la zona más corrupta de sus tiempos. Lo encerraron allí para que nunca saliera. Y él salió. Él venció. Comenzó su defensa preguntando al tribunal: ¿Qué has hecho, Caín, de tu hermano? Cuando tío Domingo, el del alma mía, era un niño de ocho años, su otro hermano marino, Sixto, el legendario Chapetón Cueto, atravesaba el Cabo de Hornos, el paso marino más peligroso, en un barco a vapor. Mi bisabuelo tuvo que pasar por “el mar que hace marinos” para llegar a América del Sur en su fragata salitrera. Pese a que nunca desembarcaba en los puertos a los que llegaba, desembarcó en Islay porque el corazón se lo pidió. Y gracias a eso, nosotras nacimos. Años después, su mujer dio a luz en Mollendo justo el día en que la tropa chilena incendió Mollendo durante la Guerra del Pacífico. Puedo ver a mi bisabuela María Jesús pariendo alumbrada por las llamas, puedo oír los gritos de los soldados borrachos que ella oyó mientras María Teresa nacía y su marido la protegía con un revólver en cada mano. Seguir siguiendo al corazón y coquetear con la intuición… seguir soñando en un rincón, seguir creyendo que hay un Dios…*

Pared en el centro de Oviedo, Asturias.

He terminado todos los cuentos que pertenecen al siglo diecinueve. Los cinco que me faltan suceden durante el siglo veinte, quizá el más duro de la historia de España. Duele leerlo, cuesta entenderlo y me trabé un poco. Obedecí a mi instinto y pasé unos días en Asturias buscando respuestas. Mi amigo gigante, tengo un amigo gigante, facilitó mi tarea porque eso hacen los gigantes. Un amigo suyo, caballeroso, culto y de mente amplia, cosa cada vez menos común, me explicó una ciudad. Observé marcas de balas en paredes de siglos de antigüedad. Las marcas de balas no desaparecen. Caminé sola por lugares que no conocía, pocas cosas se parecen tanto a la libertad. Me metí a todas las iglesias que encontré, que fueron muchas, y recé en todas, nada como una pandemia y el descalabro de la patria para volverlo a uno zampa hostias. Volví de Asturias entendiendo las cosas un poco mejor y con dos libros y medio que los amigos de mi gigante me regalaron. Llegué con los brazos adoloridos por arrastrar una maleta más ilustrativa que pesada. Tantas palizas esquivé, tantas traiciones me compré, tantos enojos me hicieron mostrar los dientes. Con mil abrazos me cuidé, con mil amores me curé, juntando heridas sigo creyendo en la gente*.

Gijón, Asturias

Una amiga y su mamá aceptaron felices cuidar a Pimienta mientras yo viajaba. Pimienta estuvo más agasajada que cuando está conmigo, tomaron turnos para no dejarla sola. Dijo ¡guau!, serísima a la hora de dormir y gracias a eso no durmió en su camita propia sino en la de la dueña de casa. Me la devolvieron más gordita y con una bolsa de golosinas.


Cuando mi autobús llegaba a Cantabria, vi el mar de Santander y sentí que estaba en casa. Eso es una bendición y se la debo a mi abuelo Sixto, hijo de Sixto, que me legó su anhelo. ¿Cuánto de él vive en mí? ¿Cuántos de ellos viven en nosotros? Su presencia es casi tangible. Están en el olor de la casa de Concha, en los abrazos de Mariano, en los datos, fotografías y recuerdos que comparten conmigo, en el vínculo tan fuerte que tenemos, en Eva y su memoria, en el nombre de Mar, ¿habrá un mejor nombre para un Gutiérrez Cueto? En los ojos de todos nosotros, los de cuerpo presente, brilla la alegría de saber que por fin, pronto, contaremos al mundo que nuestros espíritus vivieron. Pocas cosas hay más satisfactorias.


No soy la misma que llegó a Cantabria. Soy un poco más triste, bastante más entera y mucho más fuerte y feliz.


Por esos días por venir, por este brindis para mí, por regalarle la intuición al alma mía. Porque los días se nos van, quiero cantar hasta el final, por otra noche como esta doy mi vida*.


Úrsula Álvarez Gutiérrez / SIXTINA

Santander, 26 de setiembre 2021


*Canción Brindis, compuesta por José Adolfo Verde e interpretada por la argentina Soledad.

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