Quince años tiene mi amor

Los episodios de confusión de Pimienta comienzan a ser más frecuentes. Así es la vejez cuando empieza, intermitente. Una tarde llegué y no la encontré esperándome detrás de la puerta, donde siempre la encuentro. Estaba echada en su cama y cuando entré, me miró con las orejitas paradas y no me reconoció. Su confusión pasó pronto y lo anunció con el sonido más lindo del mundo: el que hace su colita cuando enloquece. Se puso felicísima y pasamos un montón de rato de arrumaco en arrumaco. No está perdiendo la vista, es sólo que a veces se confunde, algo parecido al alzheimer. Hace poco reorganicé totalmente nuestra casa y cambié de sitio todos los muebles. Parece otra casa y a veces, Pimienta me busca en el lugar donde yo solía dormir, como esta mañana, por ejemplo. Sus pasitos me despertaron porque ella estaba dando vueltas y vueltas debajo del lugar donde hace semanas que no duermo, Pimienta, la llamé y prendí la luz, volteó a verme, puso carita de ¡ay, qué alegría de verte!, y me dio los buenos días feliz. Para ella, hasta las confusiones son motivo de alegría. Y hay quien cree que los perros no dan lecciones.
Pimienta
El primer domingo de octubre fue horrible. Pimienta estaba de pie cuando una de sus patitas traseras resbaló y le dolió. ¿Qué pasó?, le pregunté y lloró. Ella nunca había llorado de dolor. Quise revisarla y casi me muerde. Eso tampoco había pasado nunca, cuánto dolor sentiría para reaccionar así. Mi mente entró en trompo, como decimos los peruanos cuando la mollera se nos hace un ocho, escribí mensajes a todo el mundo pidiendo el nombre de un buen veterinario. El de Pimienta, hasta ese día, sólo la había vacunado y yo quería que la viera el mejor. Debe ser artrosis, dijo el médico cuando por fin llegamos a uno, le recetó antinflamatorios, ordenó radiografías y le puso la inyección contra el dolor que pedí. Fue mágica, la inyección. Pá tí, pá mí, bailó su colita caminando de regreso a nuestra casa, su dolor se fue, y ella volvió a ser tan feliz como siempre. Y hay quien cree que los perros no dan lecciones.
Pimienta
Las radiografías indican que Pimienta tiene artrosis de verdad. El veterinario dice que quien vea las placas sin saber a quién pertenecen, jamás creerá que son los huesos de una perrita de su edad. Porque tiene artrosis, sí, pero leve, y este mes cumple quince años perrunos, más de un siglo en años humanos. Trataremos la artrosis conforme se vaya presentando y ya tenemos las medicinas para enfrentar cualquier otra crisis de dolor. Pimienta festejó su mejoría parándose en dos patitas para dar una lamida al melón cuando abrí el refrigerador, ¡riquísimo!, opinó.
Es tragicómica, la cantidad de pensamientos que la cabeza humana contiene en los momentos de crisis. Carajo, mierda, carajo mierda... Padre nuestro que estás en el cielo... ¿Por qué las emergencias suceden siempre cuando una no se ha duchado?... Ángel de la Guarda, dulce compañía... ¿Y si no tiene cura y tienen que dormirla?... Cualquier cosa menos dolor... ¿Cuánto irá a costar esta vaina?... Nunca le he hablado sobre la muerte... Eso pensé mientras sonreía tranquilizando a la Pimienta llorosa del primer domingo de octubre. Después de la inyección misericordiosa, cuando ella caminaba a mi lado de regreso del médico batiendo su colita feliz, acepté que me aterra la posibilidad de que su muerte esté cerca.
Babalú, Pimienta y yo cuando Pimienta era bebé.
Nadie quiere que sus amores mueran, es verdad, pero cuando el cuerpo de Babalú empezó a fallar, yo comencé a hablarle de la muerte, para que cuando le llegara no tuviera miedo, porque la amaba con todo mi corazón y el rostro de la muerte estaba fresquísimo en mi memoria, Babalú murió poco después que mi papá. Él hizo el tratamiento oncológico en mi casa en Lima. Nuestra vida se llenó de medicinas que no curaban pero tenían horarios marciales. La amenaza de la muerte tomó posesión de todo, se instaló en mi casa, que era linda y la volvió espantosa, y la invasora se burló de mí todos los segundos de todos los minutos de todas las horas del tiempo peor, vengo a llevármelo, me amenazó a cada rato y cometí el peor de mis errores, le declaré la guerra e intenté vencerla. La armadura que yo misma me puse para pelear esa guerra imposible sólo me sirvió para permanecer de pie mientras mi papá iba muriendo sin querer morir y sin estar preparado para hacerlo. El armatoste con que yo misma me armé para poder pelear mientras me partía en tres porque tenía tres trabajos, me congeló la piel y el corazón para preservarlos, pero también fue la primera barrera helada entre mi papá y yo. No nos despedimos ni nos dimos instrucciones para continuar nuestros caminos sin el más amado.
Cuando a Babalú le diagnosticaron una artrosis igual a la de Pimienta hoy, pero muchísimo más avanzada, tenía once años. Días después, no pudo caminar y una herida a la que no le dio la gana de cerrar ni con todas las medicinas de Lima, apareció en una de sus patas y desde allí, La Parca volvió a amenazarme, vengo a llevármela. Entonces comencé a hablar a Babalú de la muerte tal como la imagino, y de lo que ella debía hacer si moría. Los animales comprenden y quien los conoce lo sabe. La tarde que la durmieron, lo hicieron mientras yo la abrazaba repitiéndole que partiera tranquila, y eso hizo. Así, la vida de Babalú derrotó a su muerte. Unas noches después, soñé con ella. La vi en una playa, Babalú amaba el mar como yo. Ella estaba con un hombre que no conozco, vino corriendo, me lamió y me tumbó, los labradores felices son caballitos desbocados. Después, el hombre se nos acercó y Babalú lo recibió feliz. El hombre me preguntó algunas cosas y me dio las gracias por haberla cuidado, ahora es un ángel y me cuida a mí, dijo antes de que los dos partieran y yo despertara. No lo aluciné ni me lo invento. No sé si Babalú me avisó que está bien porque era una perrita perfecta o porque las instrucciones que le di le sirvieron.
Babalú, la más linda del Perú
Pimienta no es perfecta como Babalú. Es mentirosa, entre otras cosas, todo el día hace creer a la gente que tiene hambre, ¡mucha hambre!, y así consigue que hasta los extraños le inviten comida. Una vez, recogí a un gatito sin hogar, Comino, lo bauticé y Pimienta se declaró en huelga de hambre, ¡nuestra casa no es un orfanato!, o algo parecido opinó, es un poco mala gente, Pimienta, y prefiere ser hija única. Ya empecé a hablarle de la muerte porque la amo con todo mi corazón. El veterinario dice que tiene muchos años por delante, y eso es estupendo. La quiero a mi lado, de cuerpo presente, con su magnífica imperfección, y como Pimienta nunca presta mucha atención a lo que no sea comestible, cuando le toque cruzar el umbral, habrá oído muchas veces la lección que dice que Babalú vendrá a buscarla un día y que más le vale no morderla como hacía cuando era bebé y se dedicaba a torearla todo el día, porque ahora, su hermana es un ángel y tiene influencias.
Feliz cumpleaños para mi amor pequeñito y que estemos juntas muchos años más.
La quinceañera
Adopta un perro. Y si puedes adoptar a un perro viejito, adopta a uno viejito.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, octubre del 2022

Babalú y Pimienta en el mar de Camaná, Arequipa

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