• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Pimienta, como el sol cuando amanece

Desde hace un tiempo despierto antes que Pimienta. Quizá ya no oye bien o a los catorce años se ha dado cuenta por fin, de que dormir es muy rico. La despierto acariciándola y hablándole. Si no lo hago, puedo hacer algún ruido que la asuste y la haga pegar un salto olímpico, Pimienta siempre ha sido un poco dramática y yo soy más torpe cuando acabo de levantarme. La novedad de despertarla hace que mis días empiecen a pura ternura. Mueve la colita, me da unas lamiditas, se estira y contornea como una culebrita en su cama. Un par de minutos mágicos.
La vejez de Pimienta es evidente a ratos. Nuestros arrumacos ahora son musicales y no sólo porque le canto, yo era solista pero ahora somos un dúo. Mmm, oooh, prprpr, contribuye Pimienta con una mezcla de suspiros, ronroneos perrunos y ruiditos varios. No sólo es sonora a la hora del arrumaco. Aaay, aaauum, o algo parecido, suelta cuando cambia de postura. Estrena suspiros, mi pequeño pedazo de cielo. Hasta hace unos meses yo pensaba que Pimienta no podía ser más tierna. Pero sí podía. Ahora, a veces, cuando le hago un cariño, se desparrama. Como esas damiselas delicadas de las películas antiguas. Pimienta es Scarlett y mi mano es Rhett Butler. Romantiquísima, la compañera de mi corazón. Siempre ha sido valiosa pero ahora es valiosísima, es lo que pasa con los amores viejos.
Sus momentos de ancianidad indudable desaparecen cuando se entusiasma. ¡Si! ¡Vamos!, dicen sus ojitos cuando ve que agarro su impermeable aunque nunca le ha gustado que le pongan ropa. Lo malo de que no tenga raza es que sus impermeables no la cubren como deberían. Pimienta es larga como un perro salchicha pero pechugona como un schnauzer. Camina bajo la lluvia con el potito empapado pero erguido y la colita feliz.
Sabe en cuál farmacia le regalan golosinas y ya dejó de pedirlas inútilmente en cualquier lugar que huela a medicamentos, felizmente. Era un poco bochornoso verla intentando hipnotizar a los trabajadores de todas las farmacias de Santander.
Hace poco Pimienta tuvo una mañana súper feliz. Ella, no yo. La solté en unos jardines frente al mar de mi bisabuelo. Cuando corre parece un dibujo animado, sus patitas traseras alcanzan su cabeza a una velocidad físicamente imposible, parece un resorte enloquecido. Corre hacia mí a toda velocidad y justo cuando creo que ahora sí le fallará el cálculo y se estrellará contra mis piernas, las esquiva y ¡FUUUM!, vuela feliz. Se entusiasmó demasiado, ese día. Ven Pimienta, ya nos vamos. ¡Atrápame si puedes! ¡FUUUM! Pimienta, por favor, deja de correr. ¡FUUUM! Pimienta, no te alejes tanto, ven. ¡FUUUM! No hubo manera. ¡No me atrapas! Estaba cada vez más cerca de donde pasan los autos. Me senté, ella suele acercarse cuando lo hago, ¿por qué te has sentado?, ¡me siento contigo!, suelen decir sus ojitos. Pero ese día yo me senté, me eché, di la vuelta como si fuera a alejarme y la descocada siguió volando libre, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar. Empecé a rezar. Y la descocada dejó de correr únicamente por su vocación de mendigo. Se puso a lamer miguitas del suelo de la terraza de un restaurante. Un señor me hizo el favor de levantarla. Estábamos a treinta metros de una avenida. Cuando llegamos a la casa, ¡aaay!, suspiró la campeona olímpica desparramándose en el sillón. Te fregaste Pimienta ni más te suelto. ¡No me atrapaste!, seguramente pensó.
Pequeño pedazo de cielo. Compañera de mi corazón.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 5 de diciembre 2021


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