• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Los señores en mi vida

El Caballero quizá nació en la década de los veinte del siglo veinte, o antes. No sé qué edad tendría cuando se casó y se volvió jefe de familia, como se decía entonces. Era un hombre culto y de buenos modales, alto, fuerte y tan moreno, que cada vez que viajaba al extranjero la policía lo confundía con un terrorista árabe que espantaba al mundo en esos tiempos. El personal de los aeropuertos lo observaba receloso, lo metía a una habitación y lo obligaba a desvestirse buscando granadas, armas, o sepa Dios. No soy árabe ni terrorista, decía el calato, tan moreno y tan igualito al terrorista cuyo nombre no recuerdo, mostrando su pasaporte peruano como prueba de inocencia y maldiciendo los millones de aceitunas que comió, pensar que nací rubio y de ojos azules. El Caballero comedor de aceitunas olvidaba el mal rato comprando regalos para llevar a sus hijas y su nuera, a la que ni su mujer ni sus hijas querían. Su condición de hombre lo designaba Jefe de Familia y él opinaba que la cabeza de una tribu no podía hacer distinciones entre las mujeres que engendró y la que su único hijo eligió. No sé si el Caballero lo supo, pero los poquísimos años que su nuera disfrutó de su presencia se grabaron en su alma como algunos de los más felices de su vida.
Una pareja de viajeros actuales se perdió en una ciudad desconocida. Terminaron en un barrio tan feo, que hasta los gatos parecían esconder chairas. Para empeorar las cosas, sintieron pasos detrás de ellos. Sin detenerse ni soltar su mano, el marido dijo a la mujer, por favor, haz lo que te digo, si se acercan a nosotros y nos atacan, corre y no te detengas, por favor, hazme caso aunque sea por una vez. A mí me robarán o me golpearán, pero a ti te harán cosas peores. Quizá el Espíritu Santo premió el tamaño de ese amor, porque apenas él terminó de hablar, los pasos amenazantes dejaron de sonar y una avenida transitada y sin rostros patibularios apareció frente a ellos. Ella nunca olvidará lo que él le dijo.
Un matrimonio con dos niños pequeñitos comenzaba a vivir en una ciudad de lluvias diluvianas y piedras rosadas. Él era vendedor de no sé qué y ella era un ama de casa feliz. Un mal día la noticia llegó, el padre de él había muerto. Viajaron para asistir al horrible ritual que sigue a la muerte y las noticias empeoraron, alguien debía hacerse cargo del negocio familiar que había quedado acéfalo y ese alguien era el hijo, dada su condición de hombre. No importaba que él no quisiera hacerlo, tampoco importaba que fuera feliz vendiendo no sé qué en la ciudad de las lluvias y las piedras rosadas, no importaba nada, sólo que él se había convertido en el Hombre de la Familia y tenía que encargarse del negocio. Lo hizo y poquito a poquito dejó de ser feliz.
El marido de mi mejor amiga llegó una tarde a casa de su suegra y la encontró pegando gritos. ¡Ladrón, ladrón!, se desgañitaba la pobre señalando a un fulano que huía trepando un muro. El yerno del año trepó el muro para alcanzar al malhechor, qué suerte que no lo alcanzaste, ¿eh?, le dije a solas muriéndonos de risa cuando me lo contaron. Pero lo intentó y creció como diez centímetros sólo por eso, como creció otro tanto la última vez que me dio un beso en la frente como besan los caballeros a algunas mujeres.
El terror de los ladrones de casas, en Santander.
Cuando yo era adolescente y veinteañera, me olvidaba de llevar las llaves de mi casa a cada rato. Entonces, cuando la juerga terminaba y mis amigos me llevaban a casa, uno de ellos se metía por la ventana del hall del segundo piso, bajaba las escaleras y me abría la puerta. Siempre lo hacía un chico, nunca una chica, y siempre, pero siempre, fuera quien fuera, lo hacía a toda velocidad y muerto del susto de que mi hermano se lo encontrara a oscuras en el hall de nuestra casa. Ay Uti, por tu culpa, un día el Mauri nos va a matar, decía, invariablemente, el allanador de morada de turno. Una vez no hace muchos años, mi mejor amigo y yo salíamos de una discoteca en Arequipa. Un mocoso, quizá drogado, me miró, a mí y no a mi amigo, y me empujó. Casi se me cayó la mandíbula de la impresión. Mi mejor amigo, que se llama Giancarlo, me colocó detrás de él, empujó al mocoso y le dijo con una cara de perplejidad que luego me mató de la risa: ¡A la dama!, ¿a-la-dama?, ¿a-la daaa-maaa?, preguntó varias veces, atónito. Alguien se llevó al mocoso y la cosa no pasó de ahí, pero recuerdo muy bien las manos de Giancarlo colocándome detrás de él y enfrentando a un loco que había fumado algo muy malo.
Giancarlo y yo la noche del empujón.
Después de la muerte de mi papá, yo necesitaba mar y silencio para sanar. Mis tíos me ofrecieron su casa de playa en Arequipa. Es una playa un poco aislada y una no puede pasar una temporada allí sin auto. Entonces mi tío, el único hombre de esa generación en mi familia paterna, se sopló el viaje de Arequipa a Lima, más de mil kilómetros y en autobús, porque le tiene miedo a los aviones. Se presentó en mi casa de Lima, metió mis maletas, a mis dos perras y a mí en mi auto y manejó de regreso desde Lima hasta la costa de Arequipa para dejarnos frente al mar de mi niñez que curaría la ausencia más rotunda de mi vida. Meteoro, lo bauticé entonces por su destreza al volante y es una pena que mi papá tuviera que morir para que yo descubriera el tamaño de mi tío Meteoro, su presencia exacta, su palabra culta y su generosidad. Semanas después, él volvió a la playa, cargó de nuevo mi auto y nos dejó a mis perras y a mí en Lima. Amor, se llama eso. Hombre, también.
La última navidad, uno de mis primos políticos y mi sobrino me acompañaron caminando a mi casa. Cuando estuve muy a salvo dentro de mi edificio, se dieron la vuelta. Cielo, cualquier problema que tengas, llama a tu primo Mariano, repite siempre el mayor de los sobrinos de mi bisabuelo y obedezco. La noche que di mi primera charla en el Ateneo de Santander, me acompañaron otro de mis primos y un amigo mío muy querido. Me hicieron caminar en el centro, con ellos a mis costados, porque las señoras caminan rodeadas, explicó uno de mis escuderos chino de la risa.
Estas y mil cosas más hicieron y hacen, sólo por su condición de hombres, algunos que yo conozco. El rol que se asigna desde el inicio de los tiempos al género masculino, le corresponda lógicamente o no, no siempre es fácil de cumplir. No es fácil ser hombre, no es fácil ser mujer, no es fácil ser persona en un mundo como éste. Yo pude haber trepado el muro de mi casa cada vez que olvidé mis llaves. También pude aprender a conducir en las carreteras quita-hipo y llenas de acantilados que atraviesan el paisaje peruano. El asunto no se trata de poder. Tampoco de inútiles y burros de carga, ni de santas y villanos.
Benditos sean, caballeros de mi vida.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 28 de agosto 2022



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