• Úrsula Álvarez Gutiérrez

La Urbanización (“Lo que permanece, lo que es puro y eterno”)

A inicios de los años setenta una docena y media de familias arequipeñas quiso materializar el sueño de la casa propia.

Una empresa constructora vendía dos o tres modelos de casas en planos en una urbanización. Cada familia escogió según su presupuesto y necesidad, alguna hizo una que otra modificación y comenzó a dormir en su casa alquilada soñando con su casa propia. El diseño de la urbanización era algo así como una letra P. La entrada era una calle ancha con casas en ambas veredas. Al llegar a la esquina de la mano derecha, la calle se abría a una rotonda con casas alrededor. En el centro de la rotonda habría un parque con árboles. Saliendo de la rotonda como si la letra P tuviera una puntita, la calle terminaba con un par de casas a ambos lados. Así era la urbanización y llevaba el nombre de unas flores que simbolizan “lo que permanece, aquello que es puro y eterno”, acabo de saberlo buscando el significado de las flores. Todas las casas tenían dos pisos, jardín delantero y trasero y garaje para dos autos. Las casas de las esquinas eran las más grandes. Nuestra casa era la tercera de la derecha, una antes que la de la esquina, en el palito de la P.


Los matrimonios que compraron esas casas eran en su mayoría jóvenes con hijos muy chicos o aun por nacer. Todos hicieron la compra a crédito, endeudándose poco o mucho, en lo que entonces era La Mutual Arequipa. Las familias que no se conocían ya, fueron haciéndolo encontrándose casualmente en La Mutual, en la oficina de la constructora o en la misma urbanización visitando sus casas en casco, así se dice en el Perú cuando las casas son sólo un esqueleto de cemento y ladrillo. Todos estaban listos para mudarse apenas les entregaran las casas, todos sabían de qué color querían los muebles de sus cocinas, de sus baños y hasta qué flores sembrarían en sus jardines.


Las cosas se torcieron, los plazos se alargaron y la compañía constructora cambió las reglas del juego. Cuando la entrega de las casas tenía años de retraso, las cabezas de la docena y media de familias voltearon a mirarse unas a otras, otra vez. Esas casas en casco eran mucho más que cemento y ladrillo pagados con esfuerzo. Esas casas en casco eran ánimo, amor y vida. Esos terrales que serían jardines protegían risas que reír, bailes que bailar, heridas que curar, corazones rotos que remendar y jaranas que jaranear. Las cabezas de esa docena y media de familias se reunieron una y otra vez.

Esas cabezas pensaron, esas cabezas se rebelaron, esas cabezas complotaron y al fin decidieron: Invadirían sus propias casas.

No llevaron a sus niños. Arequipa acompañó a sus rebeldes regalándoles el fondo perfecto para su aventura nocturna: una lluvia torrencial. Más o menos diez parejas se reunieron en el punto acordado: un pasajito pegado a la avenida más linda de aquella Arequipa nuestra. La fila de automóviles cargados hasta las llantas, conducido cada uno por cuatro ojos inmensos y adrenalínicos, mató del susto a los soldaditos que custodiaban la casa de un generalísimo que vivía por ahí. Los soldaditos valientes intentaron detener a la caravana: ¡ALTO! pero el primero de la fila de autos se hizo el ciego y el sordo y les metió el carro, los soldaditos saltaron por sus vidas. “¿Hemos casi-atropellado a dos soldados?” “Sí.” Ya estaba hecho y a punto de un infarto colectivo aceleraron todos, voltearon a la izquierda en la calle León Velarde, luego a la derecha y cada carro se metió a su cochera. Nuestra mesa de comedor perdió las patas heroicamente al estrellarse contra la viga de nuestra cochera que mi papá no calculó. Esa noche feliz no hubo quien pudiera dormir. Nuestros cowboys y cowgirls celebraron bajo la lluvia con las cervezas del tío Tony. Se sintieron valientes y justicieros y lo eran. Como en nuestro país la realidad es irreal, pasaron años defendiéndose legalmente de quien tuvo el descaro de demandarlos. Ganaron y no hubo quién los expulsara de sus casas. Y allí crecimos sus hijos. Allí lo que permanece, lo que es puro y eterno, se asentó en nosotros.


Las casas ya tenían agua y desagüe, piso, paredes y techo. Pero no tenían luz ni puertas. Los adultos montaron campamentos en las casas y no se bien cómo, comenzamos a vivir allí. Yo tenía cuatro años, mi hermano ocho y mi hermana diez. Como no se puede vivir sin luz, un par de familias comenzó a robarse la luz de un poste. Mientras tanto, mi casa marchaba mal y a medias con un motor que funcionaba cuando le daba la gana. Entonces los roba-luz le contaron el truco a mi mamá. Mi Nana trajo a su amigo electricista y mi familia comenzó a robarse la luz del poste también. Una noche un corto circuito hizo ¡POOOM! y dejó sin luz a toda Yanahuara*. Mi mamá comenzó a silbar mirando hacia otro lado, pero por mucho que silbó y disimuló, al día siguiente llegaron los técnicos de la Sociedad Eléctrica, arreglaron el desperfecto, se llevaron el cable del delito y entregaron a mi mamá un papelito con una multa mucho mayor que el precio sobrevaluado de la casa entera. Mi mamá fue a la Sociedad Eléctrica y pidió hablar con el gerente. El gerente la recibió. Ella le explicó que lo suyo no era amor al delito. Le contó que las casas no tenían instalaciones eléctricas pese a que habían pagado por ellas. Le detalló cómo habían invadido sus casas en plena tormenta con rayos y centellas. Le dijo que tenía tres niños que debían bañarse todos los días, que quién tiene fuerza para cargar baldes con agua caliente si el marido está en la oficina, que si se cae el balde quema a un niño, que sin refrigerador tampoco se puede vivir, que la comida se malogra y no alcanza el tiempo ni la plata para ir a comprar todos los días, que a oscuras tampoco hay quien viva, que si se caen las velas puede quemarse la casa acabadita de invadir, siguió hablando, habló, habló y habló hasta que lloró en un desahogo que inundó la oficina del pobre hombre. El gerente rompió el papel con la multa frente a mi mamá. “No tiene usted multa, señora”, dijo. “Muchas gracias”, respondió mi mamá. “Ahora por favor devuélvame el cable que tengo que seguir robándome la luz”. Y el gerente de la Sociedad Eléctrica le devolvió el cable. El electricista volvió y tres familias más comenzaron a robar luz. Un año después, la urbanización dejó de delinquir a ojos vista y su electricidad fue legal por fin.


Yo hablaba a media lengua, todo lo pronunciaba con la te, en un tatetitotú que nadie entendía pero era lindo, dicen. Yo era La Utulina Petotina, La Uti, o La Coté para el tío Tony. Casi todas las familias tenían niños de la misma edad. Uno de los hijos del tío Pepe, que era médico, se llamaba José y tenía ojos verdes. Según me cuentan, porque realmente no lo recuerdo, yo quedé fascinada por los ojos de El Coté y lo perseguía todo el día: Coté, Coté, Coté. Al tío Tony le encantó mi descaro y desde entonces me llamó siempre: “La Coté” o “Mi Coté”, dependiendo de cuánta ternura lo invadiera en el momento. Lo que sí recuerdo es que El Antonete y yo éramos enamorados y el enamoramiento a los cuatro años consistía en caminar abrazados por toda la urbanización proclamando nuestro amor: “So-mos-e-na-mo-ra-dos”, (bis) con una desfachatez que daba gusto. Detrás de nosotros, dos niños: “Y-no-so-tros-los-pa-dri-nos” (bis). Mil años después, cuando mi divorcio pareció echarme encima el último balde de tierra para sepultarme viva, uno de mis “padrinos” salvó mi vida al avalarme en la hipoteca que necesité para comprar mi casa en Lima y no me hizo ni una pregunta. Seguramente su ayuda tuvo que ver con el hecho de ser hijos de cowboys o de haber sido criados juntos en lo que permanece, lo que es puro y eterno.


La casa de la tía Marilú era la última de arriba, en la punta que la letra P no tiene. A su lado comenzaban las chacras*, cerritos y una acequia. Mientras crecíamos podíamos ir de aventura cada vez que nos daba la gana y regresar inmundos y hasta empapados. O montar bici a toda velo, partiendo de la casa de la tía Marilú, “un, dos, tres, ¡ya!” En las cuestas de Arequipa es muy fácil romperse la crisma de bajada en bici. Una vez caí de nariz y sangré como si la sangre fuera gratis. Los mellizos de enfrente me llevaron cargada hasta mi cama: “No llores Utulina”.


Había más niños que niñas. Los niños eran tantos que los adultos organizaron un campeonato de futbol, con camisetas y todo (me parece), en “El parque”. Nuestro parque nunca fue parque, en venganza por la invasión de los cowboys, pero nosotros siempre le llamamos “El parque” y punto. Cada familia sacó sillas de sus casas y se sentó a hacer barra y ver el partido. El equipo de mi hermano perdió, fue la primera derrota de mi vida, me dejó helada y me dolió mucho más que a él, cuando volvimos a la casa, Mauricio se cambió de ropa y se fue tan campante a comprar chistes.


Éramos tantos niños que ni los jardines propios, los triciclos, las bicicletas o las chacras de arriba nos alcanzaban. Por eso en alguna ocasión cometimos el error garrafal de jugar en “El Parque” a la hora de la siesta de los adultos. Recuerdo el silencio sepulcral que antecedía a la aparición, las caras espantadas de sus hijos y las miradas todas apuntando a la ventana del dormitorio del tío Tony, que daba al “parque”. Él, con los pelos parados y la cara roja de la furia, sacaba medio cuerpo por la ventana “¡CHIQUITOS DE MIEEÉCHICHA CARACHO!”*, y nos tiraba sus sayonaras (“chanclas”, en España) con una puntería que ni campeón olímpico. La primera vez corrí despavorida hasta mi casa a acusarlo: “¡el tío Tony está tirando sayonarazos a todo el mundo!” “¡Bien hecho carajo, y si te cae y lloras, te rajo!”

HERRAMIENTA AUDIOVISUAL DIDÁCTICA

Frente a nuestra casa vivían los mayores de la urbanización. El tío Eduardo era grande, fuerte y guapo. La tía Dorita era chiquitita y tenía el pelo blanco. Guardaba chocolates en el closet de su cuarto de costura y siempre nos regalaba varios. Cuando el tío Eduardo llegaba, si encontraba a la chiquillería vagando por la urbanización, nos trepaba a la tolva de su camioneta roja grandota y nos llevaba a pasear. Recuerdo el viento en mi cara en la tolva del tío Eduardo. Él era papá de El Coqui. El Coqui era el rey de la urbanización. Estaba por terminar el colegio, era grande, moreno, guapo y tenía muy buenos modales. Lo que El Coqui hiciera era lo que los chicos debían hacer. Mi hermano y todos los hombrecitos caminaban como El Coqui, gesticulaban como El Coqui y pedían ropa igualita a la de El Coqui. Demasiado pronto para mi gusto, El Coqui se fue al Brasil para estudiar y a mí se me rompió el corazón. Cuando aprendí a escribir, le mandé una carta y no sé por qué, le mandé plata. El Coqui contestó muy cariñoso contándome que había podido enseñar a sus amigos brasileños cómo eran los billetes peruanos. El Coqui regresó trayendo a una rubia de la que andaba enamorado. Fue la primera rubia que odié. Años después El Coqui se casó con otra rubia.


Nuestros mayores invadieron sus casas en casco porque sabían que allí nos esperaban el ánimo, el amor y la vida, con toda su maravilla y su espanto. Es imposible saber cómo hubiera sido la relación de nuestras familias de no haber tenido un inicio tan accidentado. ¿Cuál de mis recuerdos refleja mejor el espíritu de nuestra urbanización? ¿Nuestro perro Rinti jugando fútbol con los chicos en “el parque”? ¿El tío Tony hecho un demonio colorado lanzando sayonaras por la ventana? ¿El TOC, ¡AU!, que anunciaba que el gigante tío Tomás acababa de entrar a nuestra casa y se había vuelto a empotrar contra el farolito? ¿La visión de El Coqui encontrando calata* a una de nuestras tías por la maldita falta de puertas: “¡Tú no has visto nada, Coqui!”, “¡Nada, nada, no he visto nada, tía!”? ¿La noche en que se incendió el Volkswagen naranja de mi mamá y el tío Leoncio lo apagó con un baldazo de arena? ¿La voz del tío Tony preguntando por mí: “¿Dónde está Mi Coté?, “Ven, Coté, cuentameeé”? ¿El Coqui adolescente con su seguidilla de imitadores en miniatura? ¿Las jaranas del tío Alberto, con su panza, sus carcajadas y sus chistes colorados? ¿Nuestros porrazos sangrantes en la pista, que se lloraban sólo si sucedían fuera de la hora de la siesta de los adultos? ¿El embarazo de cinco años de la tía Sofía? ¿El pelo de algodón de la tía Dorita? ¿La Paty y La Luchi peleándose por la propiedad del murito que dividía nuestras casas cuando se enojaban? ¿La caída de mi hermano de cabeza: “¡NO VEO, NO VEO!”, solucionada por un: “Abre los ojos, hijito”? A nosotros, los hijos de los cowboys, lo que permanece, lo que es puro y eterno, se nos grabó en el alma en un parque inexistente que sí existió.


Para nuestros cowboys y nuestras cowgirls y nosotros, sus hijos. Por los presentes y por los ausentes. Para mi tío Tony, que hace poco se fue al cielo pero dejó sus apachurrones en el centro de mi corazón. Porque él encabezó la caravana que recuperó nuestras casas. Duerme tío Tony, ningún angelito interrumpirá tus siestas.
La Coté

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 9 de noviembre del 2020

Notas: Esto está escrito íntegramente en arequipeño y por eso lleva el/la a cada rato. El acento arequipeño enfatiza la última sílaba de los verbos, por ejemplo: “apurateeé, cuentameeé, mocosos de miéchica callenseeé”. Los niños peruanos suelen llamar “tíos” a los adultos amigos o conocidos de sus padres. El significado de los claveles lo encontré en muchas páginas de internet. En cuanto a las sayonaras, aparentemente el Perú es el único país en donde una chancla se llama Sayonara y es además un instrumento didáctico audiovisual de eficacia comprobada. Todo lo aquí descrito sucedió, he allí el parque inexistente dando fe. Para cualquier efecto legal, alegaré que veo visiones y deliro, al fin y al cabo la gente normal no crece jugando en un parque inexistente en el que un gringo furioso lanza sayonaras desde una ventana.

*Yanahuara: distrito arequipeño en el que todo sucedió.

*chacras: americanismo para “tierras de cultivo”.

*calata: peruanismo para desnuda.

*miéchica y caracho: peruanismos que reemplazan a dos palabras más fuertes.

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© 2020 Úrsula Álvarez Gutiérrez

 

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