• Úrsula Álvarez Gutiérrez

La explosión del Machichaco

Este miércoles tres de noviembre Santander recordó la explosión de un barco repleto de dinamita en su puerto. Han pasado ciento veintiocho años. El número total de muertos del Machichaco es desconocido hasta hoy. Esto es parte de lo que El Atlántico, fundado y dirigido por Enrique Gutiérrez Cueto, informó.
Un error comprensible fecha el periódico en el mes de octubre. En realidad corresponde a la edición del 4 de noviembre de 1893.
CATÁSTROFE INMENSA
Jamás, jamás sufrió Santander catástrofe semejante a la hecatombe de ayer… El espanto más horroroso anonada los ánimos. Ni epidemia, ni guerra, ni naufragio ha habido en tierras o mares que en instante tan rápido causara tan terribles y numerosas muertes como ayer han llenado de luto a centenares de familias.

El vapor Cabo Machichaco, de fuerte tonelaje, perteneciente a la Compañía de Ibarra, había llegado de Bilbao días atrás y después de cumplir la cuarentena en el Lazareto, acababa de atracar al muelle de Maliaño y estaba desembarcando la parte de carga consignada a este puerto. A eso de las dos de la tarde se inició fuego a bordo –hacia la sección de proa- que adquirió grandes proporciones enseguida. Allá acudieron inmediatamente, además de su consignatario con otros dependientes de la Casa, las autoridades todas de Marina y de la ciudad con infinito número de espectadores, tomando los primeros las oportunas disposiciones para la extinción del fuego. A este fin acudió también, además de las lanchas de las Obras del Puerto, el gánguil San Emeterio, dispuesto para remolcar el buque incendiado hasta el medio de la bahía o fuera de ella… Así transcurrieron una o dos horas y como el fuego iba adquiriendo mayores proporciones, cubriendo la atmósfera inmensa nube de humo que enrojeció la luz del sol poniente, se pensó y aún comenzó a sumergir el barco, abriendo los grifos de fondo y activándose todo lo posible la descarga, de suerte que quedó el buque algo tumbado sobre la banda de estribor y como recostado sobre el muelle… Ya habían sido descargadas sobre el muelle 14 cajas de dinamita destinadas a Santander.

Eran las cinco menos cuarto aproximadamente; súbito resplandor brilló por encima de toda la ciudad seguido de horrísona detonación, como si hubieran estallado a un tiempo cien volcanes, densa nube de humo anticipó el anochecer y permaneció en lo alto, destacándose sobre su fondo oscuro, pavoroso, multitud de objetos que volaban por el espacio; eran casi todos los que constituían la sección superior de proa y centro del barco: clavos enormes, pesadas planchas de hierro, la chimenea, anclas, cadenas…

Cadáveres horriblemente desmembrados, yendo alguno de ellos a caer a más de un centenar de metros de distancia. Medio cuerpo fue proyectado con tal violencia, que a través de la vidriera del Hotel Continental, penetró en el comedor situado en la planta baja. A ese estrépito siguió inmediatamente el de los cristales de casi todas las calles de Santander, así exteriores como interiores, desplomándose tabiques enteros sin que apenas quedase uno sin resistir, abriéndose puertas en violenta sacudida, efectos, en fin, de tal intensidad, que en casas del apartado barrio de Cajo, a tres kilómetros por lo menos, se sintió la trepidación. Dícese que fragmentos que cayeron trasponiendo la colina del paseo del Alta, en una taberna del camino de San Juan, causaron la muerte a dos sujetos (distancia: unos tres kilómetros).


La explosión lanzó cadáveres por todo Santander. Se encontraron algunos en los tejados y uno, sin cabeza ni pierna derecha, llegó hasta a un pueblo de Francia, se le reconoció porque la etiqueta de su ropa era de una tienda santanderina*. Muchos de los cadáveres que se encontraron completos estaban descalzos, con los zapatos al lado. Entre los desaparecidos, quizá los más angustiantes fueron los niños, “falta un niño de siete meses, vestido con una manteleta de piqué blanco y una capotita del mismo género y color, se ruega encarecidamente a la persona que le tenga recogido en su casa, le haga la caridad de devolverlo…” Los infantes recogidos fueron descritos así: “uno como de tres años, otro de doce a catorce meses, una niña de un año y traje rosa…”


EL INCENDIO

“Cuatro o cinco horas después de la explosión, muchas piezas arrancadas del buque y sembradas por todas las calles estaban candentes. Por consecuencia de las materias incandescentes lanzadas a gran altura, por la fuerza expansiva de la enorme cantidad de dinamita que se asegura existía a bordo del Cabo Machichaco, una de las casas de la calle Méndez Núñez comenzó a arder por el tejado, propagándose el incendio a las casas inmediatas de una y otra acera. Todos los vecinos de aquella zona habían huido despavoridos, desolados por el horrísono estampido de la explosión y la ciudad, de los que corrían igualmente ávidos, los unos de averiguar el paradero de personas queridas cuya suerte les angustiaba y los otros por conocer las causas y los efectos de la horrible catástrofe que presentían, ante el temor de una nueva explosión. Ni unos ni otros atendieron ni se preocuparon del incendio que ante la enormidad de la desgracia ocurrida, venía a quedar reducido a un mero incidente y alcanzó pronto imponente incremento corriéndose con rapidez por toda la manzana. A las cinco y media quedaba cortado el incendio en la casa número 6 de la línea del Sur y en la del Norte… En la acera izquierda se han quemado por completo las casas comprendidas entre los números 5 y 17 y en la de la derecha desde el numero 8 hasta el final de la calle.”

Al día siguiente, se reanimó el incendio de la calle Méndez Núñez, corrió el rumor de que iba propagándose…tan absurda alarma cundió como el rayo, enloquecidas, las gentes corrían prorrumpiendo en lastimosos ayes, salían de las casas los que estaban dentro, acudían a ellas los que andaban por las calles, buscándose unos a otros deudos y parientes hasta que breves momentos de reflexión y los esfuerzos de los más animosos lograron inspirar tranquilidad y confianza aunque harto distante del sosiego moral que tardará días y días en restablecerse. Por la Alameda Segunda alejábase de la ciudad tan compacta multitud, que rebosaba a la contigua carretera y andén del tranvía como si todas aquellas gentes pareciesen decididas a abandonar un lugar de desolación…”

Edición del 5 de noviembre de 1893.

DESPUES DE LA CATASTROFE

“No hay tintas en la palabra humana para el cuadro de desolación que presentaba Santander después de la explosión del vapor… la noche se empeñaba inútilmente en cubrir con sudario de sombras los cadáveres que yacían en la machina o muelle de Maliaño, el incendio que devoraba en enormes llamaradas el barrio entero de Méndez Núñez mandaba sus siniestros resplandores a iluminar aquel hacinamiento de muertos y de heridos incontables. Los deudos y los amigos pasaban por entre ellos buscando a los suyos entre gritos de dolor y ayes desolados, iban y venían mirando a unos y otros registrando por todas partes y asomándose al borde del muelle… No es posible referir las escenas de exaltación del infortunio, de tribulación infinita de que fuimos testigos. Allí vimos a distinguida señora que buscaba a su esposo y con sus manos revolvía los heridos y los muertos. Acá en la población, las gentes corrían por todas partes, solo se oían gritos de unos, llanto de muchos, apenas había ninguno que no buscase a alguien porque al sitio del siniestro habían acudido durante la tarde para presenciar el incendio del Machichaco millares de personas y era contada la familia que no tuviera o creyera tener en aquel lugar alguno de los suyos. Las calles estaban cubiertas de vidrios porque no quedó un edificio ni en los barrios más apartados donde la trepidación no quebrase los de todos los balcones, ventanas y hasta los de los patios interiores. Los cables de teléfono, sueltos en el suelo y las corrientes eléctricas llameaban al pasar las gentes y los carruajes produciéndose con tal motivo no pocos sustos y alarmas porque cualquier accidente hacía temer, a los ánimos impresionados, que se repitiera la catástrofe… En la casa de Socorro el señor obispo administrando la extremaunción, en Maliaño un sacerdote herido que auxiliaba a un agonizante y en el hospital, la Caridad, la misma caridad prestando sus consuelos con abnegación superior a todo elogio a los que sin cesar llegaban a aquel asilo. A la hora en que escribimos –las tres de la madrugada- Santander parece una plaza bombardeada, soledad de duelo en las calles y por todas partes, por todas partes, se encuentran pedazos de hierro, anclas y material de construcción que portaba el barco y cuyas piezas lanzadas a enormes distancias dan la más justa medida de lo terrible de la explosión. Ante la desgracia, ante el gran duelo de Santander, no acierta el cerebro a ordenar las impresiones que llenan el corazón de profundas tristezas. Acudamos todos a aliviar los sufrimientos de los vivos y pidamos al cielo que dé en su seno paz a los muertos. Nefasto día, 3 de noviembre de 1893. Esta fecha lúgubre constituirá para nuestra desgraciada ciudad la página más luctuosa, la efeméride más terrible de su historia, quizá durante muchas centurias, tal vez hasta la consumación de los siglos. Es en estos momentos Santander la ciudad de la muerte, del dolor y del espanto”.


En cuanto a la causa determinante de la explosión, “persona de reconocida competencia nos ha expresado su convencimiento de que bien pudo deberse a la percusión -por rechazo- producida sobre una de las cajas de dinamita estivadas en la bodega de proa a consecuencia de los golpes de mandarria dados desde el vapor auxiliar para perforar la plancha del Machichaco y abrir una vía de agua en el costado y precipitar así el hundimiento del barco que por lo crítico de las circunstancias exigía a todo trance apresurar, medio que se juzgó sin duda preferible al del apartamiento del buque al sitio de la bahía más distante de la ciudad. Esta resolución, que en todos los casos de buques incendiados en las cercanías de los muelles parece la indicada como la más prudente y es la que se adopta en todos los puertos del mundo, pudo dejar de tomarse esta vez por dos causas: o por estimarse fácilmente dominable el incendio, o por la creencia, comprobada en muchos casos, de no ser la dinamita explotable a la simple acción del fuego, siendo necesario para hacer que produzca sus poderosos efectos la percusión o el fulminante. Solo así, de esa manera, se explica lo que, de otra, no tiene explicación racional, a menos de suponer que se dejaba ignorar o se ocultaba a cuantos se hallaban a bordo del buque incendiado la existencia de la dinamita y el espantoso peligro que a todos amenazaba…”


*la información del cadáver que llegó a Francia aparece en la página 78 del libro La Catástrofe del Machichaco, de José Luis Casado Soto, José Antonio Sarabia Solana y Luis Sazatornil Ruiz. Biblioteca Navalia 2, Puerto de Santander, Autoridad Portuaria de Santander.

Ediciones digitalizadas de El Atlántico a partir del 4 de noviembre de 1893 y de El Cantábrico del 3 de noviembre de 1895. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, Gobierno de España, Ministerio de Cultura y Deporte.


Dos años después, al recordarse la catástrofe, tío Domingo escribió

Día de Pasión

De las impresiones extraordinarias producidas por aquel inenarrable suceso ¿cuál recordar ahora que pueda comprenderse todavía?

Entonces, conmovidos como los elementos de la naturaleza los del espíritu, se dilataron las perspectivas de la consciencia, que mostró lejanías imponentes como las muestran los cielos cuando inmensa exhalación hiende los trémulos espacios; y el alma fue inundada por la revelación terrible de lo infinito del dolor.

Después, retirada la inundación aquella, y aunque la planta de la nueva vida tuvo por riego sangre y fuego por luz ¿quién sabe ya lo que esto implica verdaderamente?

Pero aceptamos que la sangre lava y el fuego purifica, y la fe anuncia que el dolor redime; y si esto es verdad de alguna manera… ¡preciosa vida la de este pueblo desgraciado; redimida, santificada, inmortalizada en un día; día de Pasión sobrehumana, como no la vio el mundo después de la de Dios!

Domingo Gutiérrez Cueto, 3 de noviembre de 1895, El Cantábrico


Úrsula Álvarez Gutiérrez / SIXTINA

Santander, 3 de noviembre 2021



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