• Úrsula Álvarez Gutiérrez

La charla del seis

“La esencia de la realidad, en la que la aparente oposición de lo real y lo ideal se resuelve, se revela a la conciencia cuantas veces el espíritu, por la ciencia o por el arte, las dos alas de ángel que conserva el hombre, consigue elevarse sobre la propia vida, sobre la idea y el sentimiento del propio ser.”
Domingo Gutiérrez Cueto. El Cantábrico, 18 de enero de 1896

Hacía varios meses que Fernando de Vierna me había contado que el Centro de Estudios Montañeses estaba preparando una serie de charlas acerca de la figura de tía Matilde y me propuso participar. Como todavía no he terminado de estudiar a nuestros espíritus del siglo veinte, pero sí a los del siglo diecinueve, le respondí que creía que lo mejor que yo podía aportar era información acerca de nuestra familia, hacer el intento de explicar de qué están hechos los retazos de información que he logrado unir, nuestros trozos de asombro. Fernando aceptó feliz. Él dice que yo soy una entusiasta, pero la verdad es que él y los que son como él, se entusiasman tanto con las cosas que les cuento que a ratos ya no sé quién está más entusiasmado, valga la repetición por culpa del entusiasmo, con esta tarea de resucitar a nuestros espíritus hasta oírlos cantar. El personal del archivo de la Biblioteca Municipal de Santander, por ejemplo. Cuando encontramos un manuscrito de tío Domingo y yo casi levité de tan feliz, sus sonrisas fueron igualitas a la magia. O la vez que José Antonio González de la Torre, en el museo que funciona en la casa de Pereda, me permitió tocar las gafas del Cantor de la Montaña y yo estuve a punto de saltar de la emoción al pensar que don José María vio a mis locos a través de aquellas gafas. Hay que tener mucha suerte y mucho amor para conseguir el respaldo de “ayudantes” como los míos. Las vidas que me he propuesto resucitar han de tener mucho mérito, en verdad, para que los estudiosos de Santander no retrocedan ni cuando mis preguntas los dejan turulatos. ¿Qué debo leer para saber cómo era la cotidianidad de los soldados españoles en Cuba?, les solté cuando necesité entender por qué tío Fernando se metió zapatos y todo en la guerra de Cuba y me estrellé con la poquísima información escrita al respecto. ¿Cómo era la situación de los aparceros en Cantabria a inicios del siglo veinte?, seguí, inmisericorde con don Paco, experto en la historia del arte. Pero ellos no han salido corriendo ni con ¿qué saben de la eugenesia y del doctor Madrazo?, aunque creo que eso sí los noqueó. Noqueados o no, ellos siempre me responden. Y cuando lo hacen, el grupo de espíritus que me habita, sonríe y es más feliz. Todos los señores que me ayudan, ganan, sin proponérselo, la gratitud de toda una familia, conformada por algunos de cuerpo presente y otros de cuerpo ausente.


Queda mucho por hacer. Sólo he terminado cinco cuentos. Faltan cinco, quizá los más difíciles, dada la sordidez del siglo veinte en España. Y después, falta lo más práctico y por ende lo que me parece más complicado: conseguir una editorial que publique los diez cuentos. Paso a paso, vamos. Con fe. Será lo que deba ser.

Diez cuentos, suena a poco. Pero escribir diez cuentos es mucho más que escribir diez cuentos. Es algo parecido a coser una de esas colchas lindas hechas de retales. Algunos retazos son recuerdos hechos de pura emoción, una emoción que reconozco propia aunque el recuerdo no me pertenezca. Otros retales son hechos reportados por periódicos, libros de historia o documentos oficiales. Los trozos que corresponden a la vida de tío Fernando suenan a galerna y a rimas, si me empeño, logro oír sus carcajadas de hombre bueno de enojos temibles. Los retazos del legendario Chapetón, mi bisabuelo, salpican. Quedo empapada cuando releo que él, una vez que se enojó, lanzó al agua a un francés porque le molestó su mala educación. Esta colcha de parches que escribo, tiene algunos manchados de sangre y otros manchados de algo mucho peor: el desgarro. Esta colcha nuestra, sonora, feliz y triste, luminosa y oscura, abriga siempre, sin embargo, y no sólo a mí. Este anhelo atávico de reconstruir la historia de nuestra familia es la suma de todos nosotros, hijos de la Casa de los Tiros y de la Casa de la Cajiga. Estos diez cuentos, la suma de tantos esfuerzos, son una obra de amor que nos reúne. Muchos de los ahora reunidos colaboran aguja en mano, listos para coser el retal que les corresponde en esta, nuestra recolección de asombro y así, como diría tío Domingo, conseguir elevarnos sobre nuestra propia vida, sobre la idea y el sentimiento de nuestro propio ser.


Aquí está el video de la charla que di, gracias a Fernando de Vierna, Francisco Gutiérrez Díaz y al Centro de Estudios Montañeses. Los primeros cinco minutos hablé muerta del susto, estaba muy nerviosa, yo a veces me asusto. Después el susto se me pasó y hablé como una exhalación, como quien suspira durante una hora y pico. Ojalá lograra lo que quería, contar a la gente que me oyó que nuestros espíritus vivieron y eso no es tan común como se cree. Hablar frente a un montón de ojitos sonrientes de rostros enmascarados es bonito. La magia es amor que trasciende la muerte.


Gracias, Fernando de Vierna por tu apoyo permanente desde el día que nos presentaron en el archivo de la biblioteca municipal. Gracias por resistir estoico mis preguntas y decirme siempre dónde encontrar las respuestas. Gracias por ayudarme desde la inteligencia sin condicionar tu respaldo a que yo sea roja o azul. Gracias, Ángel de la Colina, por encontrar para mí los documentos que se me escapan, el tigre de las partidas de nacimiento, te llamarían en el Perú.


Nota: Equivoqué los apellidos del pintor conocido como Antonio Quirós. Mi amigo gigante, José Ramón S. Viadero, el rey, republicano, pero rey entre mis “ayudantes”, corrige atento: su nombre legal era Antonio Ruiz-Quirós Arroyo. Mil disculpas.


Úrsula Álvarez Gutiérrez, bisnieta del Chapetón, el marino que tenía un dragón.

Santander, 10 de octubre 2021



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