• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Fernando, Corazón de Galerna (Segunda Parte. Escrito a cuatro manos) | SIXTINA

…ni ahora, ni antes, ni nunca me ha quitado el sueño el afán de aspirar el aura popular para la que pienso que no son bastante amplios mis pulmones.” Fernando Gutiérrez Cueto. El Atlántico, Santander 19 de setiembre de 1890.

El veinticinco de abril de mil ochocientos noventa la ciudad de Santander despertó estremecida por bramidos de viento y lamentos de mujer. ¿Qué será esta vez, Madre de Dios, un nuevo incendio o un temporal? Apenas amanecía, familias de pescadores llenaban los muelles y se aglomeraban frente a la capitanía del puerto preguntando por las lanchas que salieron a pescar el día anterior y aun no volvían. Poco a poco fueron llegando noticias desde el Semáforo: el temporal arrastraba unas lanchas hacia las quebrantas, serán despedazadas por la rompiente. Una embarcación que había salido a descargar el dragado de las obras del puerto intentó ayudar a una lancha de pesca y una ola le partió el palo. Seis u ocho hombres se agarraron de él y la galerna se los tragó frente a la multitud de pie en el Semáforo.

VISTA DEL SEMÁFORO DE SANTANDER SIGLO XIX


Más que la furia del viento, lo que despertó al Capitán Don Fernando fue el estruendo de un silencio que sólo él oyó. Alarmado por el mal recuerdo, se vistió a toda prisa. ¿Lamentos en los vientos?, respondió a su mujer con una pregunta despidiéndose a toda prisa. Salió de su casa y lo supo todo en la agitación en las calles. Buscó al ingeniero a cargo de la Junta de Obras del Puerto y ofreció hacerse a la mar en cualquier embarcación disponible para reconocer la situación del temporal y tratar de ayudar. Fernando fue autorizado a tomar el mando de un gánguil (una embarcación pequeña). El Capitán don Fernando reconocía que esa lancha no era, ni de lejos, apropiada para enfrentar una galerna pero era la única que había. El mar que él amaba lo trataría como a un enemigo y él lo sabía, lo que no imaginó fue tener oposición humana. El patrón del gánguil lo recibió con cara de pocos amigos y se negó a obedecerle anunciando como gran novedad que el mar estaba demasiado tormentoso para salir. “¡Hombre, perdone que me asombre!” “La primera ola nos despedazara, Don Fernando”. “Yo seré el responsable y el único culpable”, respondió Fernando y lo obligó a salir del muelle. “Era una reacción natural. El patrón temía por su vida y tampoco era justo que cargase con la responsabilidad de la pérdida o averías que la mar sin duda causaría, sobrina mía”.

QUEBRANTAS

La galerna empeoraba. Fernando vio una lancha pesquera demasiado cerca de las quebrantas, intentó acercarse pero un remolcador se le adelantó y rescató a los pescadores. Al ver que ya no era necesario y que el estado del mar era demasiado peligroso, Fernando daba la vuelta para volver al muelle cuando silbatos y gritos enloquecidos lo llamaron, el remolcador, con los rescatados en él, estaba perdiendo la pelea contra el mar. Desde el Semáforo, la multitud vio a Fernando arrimarse al remolcador y creyeron que todos desaparecerían. En tierra, el comandante de marina telegrafiaba al puerto pidiendo con urgencia que alguien enviara un navío de mayor poder, no podrán, esas lanchas no resistirán. Pero resistieron. El gánguil comandado por Fernando entró al muelle llevando a los rescatadores y a los rescatados, entre ellos, un niño. Las autoridades enviaron telegramas: “El Capitán mercante Don Fernando se embarcó voluntariamente desempeñando grandes y arriesgados servicios en una embarcación de condiciones nada a propósito para realizar salvamentos”. El nombre de Fernando corrió de boca en boca. Héroe, valiente, se imprimió en los periódicos de la tierruca y hasta en los de Madrid, los reportes oficiales pidieron reconocimiento y hasta una recompensa para él. El pueblo recordó entonces a la fragata Tetuán y también a la condecoración que ganó a los veintitrés añucos* por salvar a náufragos ajenos, ¡cierto, cierto, era él! Con los días se conoció el tamaño de la desgracia: cincuenta y cinco pescadores muertos y un montón de lanchas destrozadas. Cincuenta y cinco viudas y un sinnúmero de niños estrenaron indigencia. Se iniciaron recolecciones de fondos y se renovaron las exigencias para cambiar las condiciones de trabajo de los pescadores. Poco a poco y sin que nadie se diera mucha cuenta, la burocracia y las autoridades se hicieron cargo de los hechos y los números, la junta de salvamentos se reunió meses después y llegó a una conclusión sorprendente: De heroísmo, nada.

MONUMENTO A JOSÉ MARÍA DE PEREDA


José María de Pereda*, nada menos, salió en defensa del nombre de Fernando. “Querido Fernando, pero, hombre de Dios, ¿no habíamos quedado en que lo del galernazo del veinticinco de abril fue cosa seria? Sin contar a los testigos presenciales, ¿no consta en documentos oficiales y solemnes que aquel día las tripulaciones de salvamento hicieron tales o cuales proezas despreciando los riesgos a que se exponían? ¿No se declara en uno de esos documentos que el Capitán mercante Don Fernando se embarcó voluntariamente en un gánguil y recogió a las tripulaciones de la lancha Virgen del Mar y del remolcador, etcétera, etcétera? ¿No pidió el señor gobernador civil al ministro de la gobernación una recompensa especial para ti? ¿Lo he soñado yo o es pura realidad? Te hago estas preguntas porque acabo de leer el boletín de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos que afirma que ni los gánguiles ni la lancha corrieron peligro alguno. ¡Fernando, en el acta ni siquiera consta que te movieras de tu casa! Explícame de qué enfermedad o de qué accidente perecieron los cincuenta y cinco infelices pescadores, explícame qué galerna fue esa tan singular que a la vez que arrollaba y barría lanchas, era mansa y apacible” Y Fernando respondió.

“Mi querido Don José, me explico perfectamente la perplejidad de usted y de los demás amigos que a raíz del salvamento, entonces así llamado, me felicitaron por lo que ellos calificaban de arrojo mío y resulta ahora una acción desprovista absolutamente de todo riesgo. Respondan ellos, las autoridades, por la contradicción palmaria que existe entre aquellos documentos, que a usted tanto chocan, y el publicado ahora. Aunque no en tan heroico grado como usted y los expresados amigos se figuraron entonces, lo cierto es que yo mismo llegué a persuadirme, fatuo de mí, de haber realizado una empresa meritoria. Pero ahora, ante el fallo inapelable de la Junta local de Salvamentos, en el que con tanta insistencia se dice y repite que allí no hubo nada de particular, que no hubo riesgo maldito para nada ni para nadie, preciso es humillar la frente y convenir que no corrimos el más mínimo los que acudimos allí sin que nos llamase nadie, no ya de que se nos llenaran los bolsillos de arena, pero ni de sufrir el más leve deterioro en nuestros vestidos por causa de la humedad. ¿Qué de qué murieron aquellos cincuenta y cinco infelices? Vea usted, yo tampoco lo adivino, se ahogaron, desgraciadamente, se ahogaron, digo, pero sin grave riesgo de nadie. La junta habló, y todo el mundo boca abajo. Contra la autoridad del señor capitán del puerto y demás caballeros firmantes, ¡quién será osado a levantar la voz! Yo, al menos, confieso que no me atrevo a tanto... Porque da la pícara casualidad de que todos, absolutamente todos los señores firmantes nos han resultado unos marinerazos completos, que así arrostrarían ellos valientemente un temporal, llegado el caso, que ya llegará, de tener que acudir al auxilio de sus semejantes. A todos reconozco infalibilidad absoluta para resolver de plano y desde tierra firme cuándo existen o no existen asomos de riesgo en salir a las Quebrantas en un gánguil de las pésimas condiciones reconocidas. Dícenlo y punto redondo. Allí no ocurrió nada digno de mención… ni asomo siquiera de riesgo personal en aquel salvamento… ¿Cómo, de otra manera, lo hubiera rehuido nadie que vistiera el honroso uniforme de la Armada y desperdiciado tan favorable coyuntura para ceñir sus sienes con un nuevo lauro añadiendo así página gloriosa a su ya brillante, sin duda, hoja de servicios? ¿Cómo hubiese consentido ninguno de esos caballeros oficiales que le ganara por la mano un simple mercantón? Nada, nada, amigo don José, que tenemos que decidirnos por el testimonio del acta”.

“Yo no buscaba una condecoración. Me metí a la galerna porque había gente muriendo y quise que por lo menos, fuera menos,” dice el Capitán Don Fernando de espíritu presente. Hoy es veinticinco de abril del año del fin del mundo y se cumplen ciento treinta años de tu galernazo, observo tu mar desde mi terraza y, fatua de mí, estoy orgullosísima de ti, tío Fernando.

Fernando remendó su ilusión y siguió navegando. No perdía la esperanza de tener hijos propios aunque tanto sobrino casi llenaba su necesidad de ternura. “Nuestro muestrario estrafalario”, llamaba a los niños y tenía razón. Fernando conocía los sueños de cada uno: el guapo futuro ingeniero aguatero*, ¡yo seré igual al tío Enrique!; las pequeñas futuras maestras estrenando feminismo y preocupaciones sociológicas, “claramente, sobrinas del tío Domingo, nuestro Mingo*…”; la pintora, “pinta, María, pinta la vida, niña mía” y su favorita entre todos, Matilde, hija de Ana. Algo tenía esa niña que hacía que Fernando la amara más que al resto, respondiera a todas sus preguntas y alentara todas sus ilusiones. Tiempo después y en el transcurso de sólo unos años, Matilde perdería a su madre, a su padre y a casi todos sus hermanos cuando el primer tiempo del espanto arremetió contra la familia y Fernando fue para todos los efectos, su padre. Mil años después, padre e hija pelearían y quebrarían su propio corazón en el afán de romper el del otro, lo hicieron en verso, en prosa y acción, pero esa es otra historia. A inicios de los años noventa del siglo diecinueve, mi abuelo y sus primos hermanos eran niños y Fernando los reunía, les contaba historias versificadas, inventaba juegos alucinados, los abrazaba fuerte, largo y en silencio y quizás fue él quien dejó los abrazos húmedos y rompe-huesos como tradición familiar. Sus ojos de cielo observaban fijamente a la chiquillería, arqueaba las cejas de diablo y pedía: “Comentadme la vida según la percibas, no importa en prosa, pero no sosa”. Entonces el muestrario estrafalario partía de risa al tío Fernando y sus bigotes de chiste. La Marinera estaba trastornada por un empleado del tranvía urbano de obligaciones peculiares. El hombre debía “avisar” que venía el tranvía y corría hecho un galgo por delante de la máquina, en el mismo centro de la vía, para “evitar entorpecimientos”. Era divertidísimo verlo a paso ligero con un banderín rojo flameando en una mano y el tranvía casi atropellándole los talones. Pero el pobre hombre no sólo era visible sino insoportablemente audible. En la otra mano llevaba un cornetón dorado que soplaba con toda la fuerza de sus pulmones. “¡Nos va a romper los tímpanos tío Fernando!” “¿Os imagináis si el avisador tropieza, tío Fernando?, ¡lo despanzurra el tranvía!” “¿Sabéis el nuevo mote del avisador, tío Fernando? ¡La gente le llama El Caguetas!”, “Ahora está claro porque anda siempre tan apurado…”

En julio de mil ochocientos noventa y tres se abrió una vacante para el puesto de Práctico del puerto de Santander. Fernando, seguramente queriendo poner de una vez las dos piernas en tierra firme pero sin dejar el mar, se presentó para el examen junto a cuatro marinos mercantes y tres patrones de lancha. El jurado, compuesto por comandantes de la Armada y capitanes de una compañía trasatlántica (tus íntimos amigos, tío Fernando), incomprensiblemente eligió a un patrón de lancha. La prensa de La Marinera estalló en críticas evidenciando que no se había cumplido con el reglamento establecido para los exámenes. Los patrones de lanchas, por ejemplo, no rindieron el examen de aritmética. Gracias a Dios, tío Fernando. Seguro el Loco Bastón te prestó a su ángel de la guarda y por eso no te tocó estar en Santander cuando ese noviembre estalló el Machichaco y desperdigó pedazos humanos y espanto por Santander. Gracias a Dios tú no estuviste aquí.

Esta historia continuará. El Capitán Don Fernando, fiel a su palabra de honor, me acompaña mientras dure el espanto del coronavirus.

Para nosotras, las Gutiérrez del mundo. Somos porque fueron. Y resistiremos.

Úrsula Álvarez Gutiérrez | SIXTINA

Santander, sopotocientos de abril del 2020. Confinamiento por Coronavirus.

*condecoración ganada a los veintitrés añucos: La cruz al mérito naval con distintivo rojo. Leer El Capitán Don Fernando, Primera Parte, en www.amoramares.works

*José María de Pereda, el cantor de la montaña. Novelista cántabro, publicó sus primeros escritos en La Abeja Montañesa, de Cástor Gutiérrez de la Torre, padre de Fernando. Leer El Intelectual o El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo, en www.amoramares.works

*el guapo ingeniero aguatero que quería ser como su tío Enrique: Mi abuelo, leer Hola Guapo, en www.amoramares.works. Enrique Gutiérrez Cueto fue secretario de la Sociedad Anónima para el Abastecimiento de Aguas de Santander, desde 1875 hasta 1904.

*Domingo Gutiérrez Cueto. Abogado, periodista, escritor, político republicano. Firmó sus primeros escritos como Mingo Revulgo. Leer Día de Pasión o El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo, en www.amoramares.works

Fuentes:

- Imágenes del Semáforo de Santander en el siglo diecinueve: http://www.asotavento.com/2016/01/los-semaforos-maritimos-de-santander/

- Imagen del monumento a José María de Pereda: http://loqueseveyoye.blogspot.com/2010/07/monumento-jose-maria-de-pereda.html

- Recuerdos, conversaciones, fotografías y correspondencia pertenecientes a mi familia.

- Santander, 1875-1899. Primeros tiempos del Sardinero, La Corconera, Tranvías del Puntal a Somo, de Gandarillas, de Pombo y Urbano, Playa de San Martín, El Machichaco, Baños Flotantes, Noticias en la Ciudad, Doscientas veinte ilustraciones gráficas del Santander Finisecular. De Rafael Gutiérrez-Colomer, Institución cultural de Cantabria, Centro de Estudios Montañeses, Diputación Provincial de Santander, 1973. Versión digital.

- Pereda, Biografía de un Novelista. De Benito Madariaga de la Campa. Ediciones de Librería Estudio. Versión digital.

- Historia de la Prensa Santanderina por José Simón Cabarga. Centro de Estudios Montañeses. Institución Cultural de Cantabria, Diputación Regional. https://books.google.com.pe

- La vida en Santander a mediados del siglo XIX. Por Benito Madariaga, con un informe del arquitecto Manuel Gutiérrez sobre el proyecto de reforma y ampliación de la ciudad. Santander 1984.

- ALTAMIRA. Revista del Centro de Estudios Montañeses. Santander, año 2018. Gobierno de Cantabria. Consejería de Educación, Cultura y Deporte. Regalo de Francisco Gutiérrez Díaz.

- Capitanes de Cantabria, de Rafael González Echegaray, citado por vidamaritima.com

- Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Gobierno de España, Ministerio de Cultura y Deporte. Ediciones digitalizadas de El Atlántico, El Correo de Cantabria y El Aviso del año 1890. Los relatos de la galerna del 25 de abril aparecen en casi todos los periódicos de Santander al día siguiente. Las cartas de Pereda y Fernando aparecen en la edición de EL ATLÁNTICO del 17 de Setiembre de 1890. Enlace facilitado por José Ramón Saiz Viadero.

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