• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Endometriosis Profunda: La Cirugía (Setiembre 2019)

Aterricé en Lima el lunes 26 y fui del aeropuerto a la consulta del médico. El martes 27 pasé los exámenes pre quirúrgicos, hice las trasferencias bancarias y compré un líquido horroroso cuyo fin es vaciarte el estómago y de paso torturarte un poco. La noche del 28 me interné en la clínica y el 29 de agosto a las once de la mañana me operaron de Endometriosis Profunda.

La operación duró cuatro horas. Un episodio que puede contarse desde dos ángulos opuestos, desde el dolor o desde la buena suerte, desde el susto o desde el amor que me rodeó, desde el espanto hasta la magia.


De cuerpo presente y espíritu ausente llegué al consultorio del único especialista en Endometriosis Profunda que hay en el Perú, el único, sí, el único*; arrastrando mi maleta chiquitita y mi cartera que pesaba porque ahí iban los zapatos (no cabían en la maletita). En la sala de espera, un cuadro, mejor dicho, dos cuadros: ENDO GUERRERA, leí y mi mente sin espíritu lo interpretó como una inocentada, un exceso de optimismo hasta sarcástico. ¿Qué fumó la mujer que pintó esos letreros tan felices? ¿Guerrera? ¿Quién puede guerrear contra la Endometriosis? ¿Cómo se guerrea contra una terrorista? La Endometriosis masacra, yo soy la prueba viviente, he aquí un cuerpo sin espíritu tocando a la última puerta en busca de ayuda. Tomé una foto a esos dos letreros ¿serás capaz, Úrsula, de considerarte una Endo Guerrera alguna vez? El doctor la espera, señora.


Es un poco intimidante ver por primera vez al hombre que ya decidiste te operará, claro, siempre que la operación sea posible. El médico se puso de pie, muy atento, aunque la verdad no recuerdo mucho lo que me dijo. Sólo recuerdo clarísimo lo que yo pensaba: Por favor no me cause más dolor, por el amor de Dios, si no puede curarme, no me lastime. Luego de una conversación relativamente larga en la que él asentía y volvía a asentir, me revisó en su camilla. El espéculo inevitable, ese aparato de mierda que ha seguido mis pasos por años de años, ésta vez usado con un gel que aminoró la invasión. Mi mente sin espíritu repitiendo el mantra silencioso: por el amor de Dios, si no puede curarme no me cause más dolor. Confirmó: Endometriosis Profunda, hay que operar. Luego me explicó los riesgos de la operación. No atendí mucho, francamente, sólo le pedí que fuera lo más pronto posible, doctor, que acabe esta pesadilla de una vez.


Supongo que el hecho de estar de espíritu ausente me evitó el patatús al saber el costo del internamiento en la clínica y la cirugía… más o menos el precio de un carro pequeño del año. Cuándo y dónde pago, preguntó mi boca automáticamente luego de pedir el mayor descuento que fuera posible, por favor, que la mina de oro que tuvo mi abuelo se perdió antes de que yo naciera y lo más probable es que si sobrevivo a esta vaina tenga que optar por el crimen para recuperar esa plata, bueno, por lo menos seré una criminal sin dolor. Paga, Úrsula, ya pensarás cuando no duela, calla y no pienses, dijo mi mente.


Mi hermano nos dejó de herencia a una mujer pequeñita y atrevida que me recuerda mucho a la amiga de Mafalda, Libertad, por eso y por razones obvias, cuando yo escribo acerca de ella, la llamo Lealtad. Ella es mucho más que mi amiga, es mi hermana-no-biológica y jode mucho porque eso hacen las hermanas. Lealtad me acompañó al banco, a las boticas, a todo lo que tenía que hacer. Lealísima, ella estuvo a mi lado mientras yo maldecía el líquido infernal que me obligaron a tomar para llegar a la clínica con el estómago reluciente por dentro, muerta de frío envuelta en su bata de abuela y tiritando por la humedad intolerable del invierno limeño. Lealtad no se rió ni una vez de mis rulos, que tomaron aquella humedad como licencia para declararse oficialmente pelo de oveja y quitarme cualquier pizca de glamour que me quedara sentada en el wáter muerta de dolor. Y por último, me llevó a la clínica para internarme. Lealtad fue la primera en protestar al ver que la habitación no tenía calefacción (¿ya dije que es mi abogada?). ¿A qué le tienes tanto miedo? me preguntó Lealtad cuando se hartó de buscar mi espíritu hasta en los bolsillos de mi maletita sin encontrarlo. A que el dolor no termine, le contesté. Ni por un instante tuve miedo de morir, la famosa bolsa con caca o con pis (que recién me enteré existe) me importaban un pito, yo sólo temía al dolor. Eso es lo que hace la Endometriosis, te aterroriza de tal manera que el dolor que ella causa es lo peor que puede sucederte. Lealtad enmudeció ante mi respuesta y creo que es la única vez que la he visto hacer eso. Estuvo paradita a mi lado cuando vinieron las enfermeras para llevarme al quirófano la mañana siguiente. La carita de Lealtad sonriendo fue la última que vi. Heme aquí de nuevo, quirófano, tropecé de nuevo y con la misma piedra,el equipo de mi médico recibiéndome, la máscara que ponen sobre tu cara y que deberían vender por docenas, respira, Úrsula y todo habrá pasado. Bendita sea esa máscara.


Tu Endometriosis lo cubría todo, hasta la uretra, toda la zona pélvica estaba tomada, por eso tu dolor, dijo el médico cuando fue a verme a mi habitación en la clínica. La cirugía que me hicieron se llama Laparoscopía Abierta, es decir, hicieron dos huequitos y una rayita. La rayita fue para mirar antes de entrar, con el nudo que tenía en las entrañas, era muy arriesgado entrar sin ver. La Endometriosis, al igual que el cáncer, tiene cuatro grados y la mía, aplicadísima, cumplió los cuatro y cogió todo lo que pudo. Formó una especie de soga blanca/amarillenta y con ella ató y/o cubrió lo que le dio la gana, lo vi en el video que mi médico me enseñó, igualito a Alien, el octavo pasajero. El médico y su equipo desamarraron y despegaron todo centímetro a centímetro, quitaron esa soga demoníaca y extirparon mi útero, ovarios y trompas. Ojalá los hayan golpeado con un martillo, tirado al suelo, saltado sobre ellos y prendido fuego después.


Al día siguiente pude levantarme para hacer pis y fue una sensación rarísima, el líquido salió calladito como diciendo shiii, ¿aaah? Antes de la operación, cuando yo hacía pila* se enteraban hasta en Tangamandapio por la propulsión a chorro. Mi pila tan modosita fue aplaudidísima por mi médico y su equipo como una gran hazaña y yo sentí que merecía una estrellita en la frente. El sábado 31 de agosto me dieron de alta. Me duché en la clínica y me sentía bien, un poco sacudida por dentro pero bien, medio idiota (más) pero bien. Hubo una especia de conciliábulo familiar y se decidió que me alojaría con mi prima y sanseacabó.


La noche del sábado 31 de agosto fue la peor de mi vida. Como si todos los cólicos de Endometriosis que he tenido atacaran al unísono. El dolor vino como un rayo, o como mil rayos, o quizás como un millón de rayos pero para variar, no me noqueó; eso hace la Endometriosis (o su fantasma), te mata de dolor dejándote viva. Sucedió cuando fui al baño por primera vez desde la cirugía, es bien sabido que de aquello nadie escapa: ni el rey, ni el Papa, ni la mujer más guapa. No atiné a nada, no llamé a mis médicos ni tomé las pastillas extra que tenía, mi mente quedó en blanco. Me hice un ovillo y llamé a mi papá, sentí su mano grande, cuadrada y áspera sujetando la mía, papi, si no voy a curarme, llévame contigo de una vez. No me llevó con él y al día siguiente amanecí con mucho menos dolor. El lunes el dolor bajó un poco más, el martes más, el miércoles más. Igualito a la magia. Igualito a una operación bien hecha.


El domingo de mi resurrección palpé el bulto que había sentido nacer allí abajo la noche anterior. A la pucha creo que me está saliendo un pipilín*. Yo te curo, yo te lavo, respondieron mi prima y mi tía Camila. Describe el bulto, exigió Lealtad por teléfono. Ninguna de las tres se espantó, ni lloró, ni gritó. Quizás ese fue el momento en que comencé a recuperar mi espíritu. Este es el mujerío del que provengo gracias a Dios, mi matriarcado; el grupo de mujeres que se repite en mi familia generación tras generación y en dos continentes desde que el mundo es mundo. Yo te curo, yo te lavo, describe el bulto. Benditas sean las mujeres de mi casta que lograron que me recordara a mí misma. No dejé que me lavaran ni que me curaran, fui al baño y tomé una foto a la zona del desastre, era la única forma de verla, imposible contorsionarme recién operada. Cuando la vi, mi espíritu estuvo a punto de escapárseme de nuevo, aquello parecía cualquier cosa menos el cuerpo de una mujer. Algo parecido a un par de llagas hinchadas con una especie de guindón* en el medio, mierda, qué mal luce esto. Hablé con mis dos médicos y a ninguno de los dos se le pararon los pelos. Es una inflamación natural, va a desaparecer. Pues si ellos no se angustian qué gano haciéndolo yo, pensé despatarrada en el sillón de mi prima acariciando a sus gatos, totalmente cubierta con una manta, viendo Netflix y atrapando las galletas hechas en casa que saltaban del frasco directo hacia mí, lo juro, si no las cojo me dejan tuerta.


Han pasado más de dos semanas desde mi cirugía. Ya estoy de regreso en Arequipa. El dolor es ahora intermitente y dura sólo segundos. En un par de ocasiones ha durado más y he tomado la medicina que me ordenaron. Sigo sintiéndome algo removida por dentro y ando todavía un poco idiota. El médico me explicó que por un tiempo debo tomar unas pastillas que ayudarán a mi cerebro a olvidar el dolor crónico…algo parecido a lo que le sucede a la gente atormentada por un miembro amputado. Mi pipilín va reduciéndose. La sensación de cistitis permanente también es intermitente ahora. ¿He vencido a la Endometriosis? No lo sé… ella ha ganado tantas veces que no me atrevo a asegurarlo, tal vez pase un tiempo, o la vida, temiendo a su fantasma. ¿Soy una Endo Guerrera? No lo creo. Yo soy sólo una mujer que padeció la Endometriosis desde su primera regla siendo una niña y tuvo la suerte de encontrar dos buenos doctores cuando estaba a punto de lanzarse de un puente. Si hay algún Endo Guerrero en esta historia, son ellos, mis dos médicos: el de Lima, el único peruano* especializado en combatir la Endometriosis y mi ginecólogo de Arequipa, el mayor enemigo del dolor que he conocido en mi vida, un hombre honesto que sólo me tocó para intentar curarme y nunca me utilizó como una enciclopedia con patas como hicieron casi todos los ginecólogos anteriores a él.


En América Latina sólo Perú, Argentina y Brasil tienen especialistas en Endometriosis Profunda (aunque creo que Chile también). En Europa está el famosísimo italiano del cual me hablaron cuando este suplicio comenzó. No sé si habrá alguno en Estados Unidos. Asumamos que llegan a ser una docena… ¿Por qué hay tan pocos especialistas? Quizás porque no hay medicina que cure efectivamente la Endometriosis, por lo tanto, no hay laboratorio que pueda lucrar con ella. Un ginecólogo que pretenda especializarse en Endometriosis deberá pagarse él mismo los poquísimos y carísimos cursos y congresos que son dictados en la Conchinchina y además comprar con su propia plata los instrumentos absurdamente costosos (cada uno vale miles de dólares) que le servirán para extraer al demonio del cuerpo de una mujer. Si la Endometriosis atacara los órganos genitales masculinos e inutilizara a los hombres, el mundo estaría lleno de especialistas, los instrumentos para combatirla serían material obligatorio en cualquier hospital público y la cirugía sería accesible para todos. Nadie se atrevería a llamarla Enfermedad Benigna.


Cuando me despedí de mi médico en Lima (debo verlo en un mes) lo apachurré* con toda mi alma, gracias por existir y por ser peruano, le dije. Escribir es lo único que puedo hacer para sentirme una Endo Guerrera aunque tenga escalofríos al escribir, leer u oír esa palabra. “La enfermedad silenciosa”, es su otro nombre y la padece una de cada diez mujeres. Habla, mujer. Despierta, mujer.*


Un apachurrón público para mis médicos Fernando Jarufe-Arequipa y José Negrón-Lima. Y para la santísima señora que me parió, madre que sana, que se quedó en Arequipa cuidando a Pimienta para que yo pudiera viajar tranquila.



Úrsula Álvarez Gutiérrez (Escrito en Arequipa, setiembre del 2019)

Publicado por lapajareramagazine el 16 setiembre 2019



*pila: peruanismo para pis/orina

*pipilín: peruanismo para pene

*guindón: peruanismo para ciruela pasa

*apachurrar: peruanismo para un abrazo muy fuerte

* “Despierta, mujer” frase de mi tía abuela, Aurelia Gutiérrez Blanchard, de uno de sus artículos acerca de los derechos de las mujeres durante la II República Española.


*ACLARACIÓN: La información que yo tenía cuando escribí éste artículo es que Perú tenía un solo especialista en Endometriosis Profunda. Luego me enteré de que hay dos médicos más, en Lima, cuyos nombres no conozco.

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