• Úrsula Álvarez Gutiérrez

Tío Fernando (Parte final) | SIXTINA

"Hombre duro, arrogante y orgulloso, casi tanto como valiente, indomable e inflexible, vivió su particular aventura que le dio derecho a figurar como héroe de la patria y a sufrir también el crudo dolor del olvido de la misma.” Rafael González Echegaray. Capitanes de Cantabria.

Un armador cántabro asentado en Cuba estuvo feliz de ofrecer al Capitán Don Fernando el mando de un barco de la flota que estaba por lanzar al mar. Purísima Concepción se llamaba el “pequeño gran barco” que tuvo como capitán a un confidente de gaviotas, un socio del demonio, un héroe burlador o una intolerable inconveniencia, según el país que cuente los hechos. En el Purísima Concepción el nombre de Fernando navegó nuevamente hacia la historia y allí se instaló. Fernando, hijo de Cástor, se convirtió así en el faro que permite a los suyos volver al hogar cuando el pecho nos revienta con una añoranza incomprensible que suena a galerna.


Tuvo que ser durísimo para Fernando despedirse de la familia en la tierruca justo en ese tiempo. El mal presentimiento que tuvo al abrazar a su madre empeoró al besar a su hermana Ana, tan triste por la muerte de tres de sus seis hijos en el último par de años. Leyó la carta furibunda que le envió su hermano Domingo desde Valladolid intentando persuadirlo de no viajar a Cuba y respondió con un verso divertido haciendo de tripas corazón. Dijo adiós, quedad con Dios, mi muestrario estrafalario. Seguramente lo que más le costó fue ignorar el silencio horroroso que se instaló en sus oídos cuando dejó La Marinera*.


El Capitán Don Fernando se instaló en Cuba y tomó el mando del correo Purísima Concepción a inicios de mil ochocientos noventa y cinco. Era un vapor que podía acomodar a cien pasajeros de primera clase y también llevar carga. Pero hacía mucho tiempo que Cuba luchaba por su independencia y a ello se debió la oposición de Domingo. La primera “sublevación” había durado nada menos que diez años y “terminó” en mil ochocientos setenta y ocho, aunque a partir de entonces la isla fue apodada “La siempre inquieta”, porque tal como Domingo supo desde niño, su deseo de independencia no pararía. De hecho, la marina mercante, de la cual el Capitán Don Fernando formaba parte, ayudaba a los barcos de la armada española transportando medicinas, víveres, dinero y hasta armas.

El primer aviso del tiempo del espanto llegó a Fernando en un telegrama un año después de llegar a Cuba: Ana ha muerto. El marino se encerró para sentir a solas y pensó en la pequeña Matilde, ahora sin madre. Han demandado a Domingo por “injurias”, esa pluma lo va a meter en un lío gordo, espero estar muerta y que nadie venga a contármelo a la tumba, le escribió su madre furiosa unos meses después. Luego llegó el mensaje más inimaginable de todos, quizás la prueba más clara del ensañamiento del tiempo del espanto contra la familia: Muertos Cástor hijo y Eduardo, envenenamiento accidental. Cástor y su sobrino, el hermano mayor de Matilde, fueron enterrados en ausencia de Fernando. ¿Cuántas pérdidas más ha de vivir Matilde?, fue una de las cosas que Fernando se preguntó y quizás nunca la vida le pareció tan inmisericorde. Fernando lloró de pie y es posible que entonces decidiera, repitiendo a su madre, que él velaría por la seguridad de los suyos a su manera. A finales de ese año horrendo, un país muy joven quiso hacer ostentación de adultez y potencia y metió las narices en “el conflicto de Cuba: Estados Unidos exigió paz a España pretextando que el “conflicto” afectaba sus propios intereses.


Así comenzó el año conocido hasta hoy como “El Desastre del Noventa y Ocho”. Un gringo inmenso y acorazado llamado Maine entró al puerto de La Habana y allí ancló como advertencia muda. Tres semanas después, una explosión misteriosa iluminó toda Cuba: El Gringo Maine saltó despedazado por los aires. Murieron más de doscientos cincuenta marineros pero sólo dos oficiales porque la mayoría bailaba descuajeringándose* en una pachanga en su honor ofrecida por las autoridades españolas.

La explosión del Maine

La comisión investigadora española concluyó que la explosión del Maine se debió a algún desperfecto interno. La comisión investigadora gringa determinó que la explosión fue un atentado. Entonces los Estados Unidos estrenaron matonería y dijeron a España algo así como: o te vas, o te pego. España no se fue y respondió declarándoles la guerra. Y en ese despelote quedó atrapado el tío Fernando, el simple mercantón*. En un mar cubano totalmente bloqueado por buques estadounidenses, El Captain Gutierrth, como lo llamaron, se las ingenió para destrozar los nervios de los gringos en un atrápame si puedes que los mantuvo con los ojos reviráos.

El Purísima Concepción bajo el mando de Fernando Gutiérrez Cueto. Óleo de Duomarco. Capitanes de Cantabria.

El simple mercantón navegó con las luces totalmente apagadas, izó una bandera mercante inglesa, mantuvo siempre encendidos los motores para que los gringos no supieran si estaba durmiendo o alistándose para salir, ordenó a su barco rampar entre bancos de coral y hasta aguantar la respiración y hacerse invisible y así el Purísima Concepción se convirtió en “el barco fantasma”, el más famoso rompe-bloqueos de la marina española y el Captain Gutierrth en el santanderino de marras que tenía un pacto con el mismísimo demonio, or he´s a demon himself ¡Damn!* España volvió a recordar que aquel hijo de Cástor nació héroe y corrió el poético rumor de que tenía un pacto con las gaviotas.


El Cantábrico. 10 de julio 1898

Es verdad que el armador de esa flota ofreció sus buques a la armada española pero también es cierto y comprobable que el Capitán Don Fernando nuevamente y en persona ofreció sus servicios a los intereses de su país, el tío Fernando no podía con su genio. Además, cuando la plata faltó, él pagó de su propio bolsillo no sólo las provisiones que llevó para las tropas sino hasta los salarios de su tripulación. El dinero jamás le fue devuelto. Antes de ser capturado por los gringos y castigado a cañonazo limpio por su insolencia, el Purísima Concepción ayudó a remolcar a dos barcos heridos. “El Capitán Don Fernando se ha quedado sin barco y España sin sus provincias de ultramar”, dice un libro.


Fernando regresó a Santander el veintisiete de setiembre de mil ochocientos noventa y ocho y una multitud lo esperaba en la estación aclamando sus hazañas. Fernando se escabulló como pudo y rodeado por la familia contó las bajas de pie: su corazón, su orgullo, su barco y su España, sus hermanos Ana y Cástor, sus sobrinos Eduardo y El Atlántico y por último, su madre, conocida por las siguientes generaciones como La Divina Providencia por su autoridad indiscutible. Parchándose el alma, Fernando observó a la prensa nacional reclamar nuevamente una condecoración para él. Leyó artículos que afirmaban que si todos los marinos hubieran sido mercantes quizás la guerra se hubiera ganado. Las exigencias de la prensa aumentaron y un senador se unió al reclamo: un galardón para el Capitán Don Fernando y la devolución del dinero que prestó. Vio atónito como el oficial de guerra que fue asignado al Purísima Concepción, cuya presencia casi lo mata del colerón y sólo sirvió para hacer bulto, recibió una condecoración de guerra como si el mando náutico, las ideas, las peripecias y hasta el bolsillo hubieran sido suyos. Quizás entonces Fernando confirmó que la humanidad jamás dejará de desilusionarnos.

El Cantábrico. 21 diciembre 1898.


Hizo bien en no esperar ningún reconocimiento formal porque no lo recibió, lo que sí le sorprendió fue que no le devolvieran su plata. Se refugió en el amor de su mujer en Cabezón de la Sal, lamió sus heridas por un tiempo y volvió a navegar en un barco de nombre mitológico. Cinco años después se retiró y puso por fin ambos pies en tierra firme aunque tantos años de marino le imprimieron un caminar bamboleante del que nunca pudo desprenderse.


Al tío Fernando y a su sobrina predilecta la vida los golpeó arrancándoles a casi todos sus amores, a veces sin prisa pero claramente sin pausa. Cuando el padre de Matilde murió y ella quedó con sólo uno de los cinco hermanos que tuvo, Fernando se convirtió en el tutor legal de los dos niños. Fascinado con la inteligencia de su favorita, alentó su ansia de saber y observó con severa cautela el amor que ella y el hijo de su hermano, El Chapetón, jugaban a sentir desde que ella nació. Su inmenso amor de padre por Matilde lo hizo donar los terrenos para la construcción de un teatro en el que sus sobrinas fueron inmensamente felices montando obras y hasta pintando escenarios. Enrique, el capitán de El Atlántico, fue el cuarto hermano que Fernando perdió ante la muerte. Dolió y el marino renovó la promesa que se hizo a sí mismo: él protegería a los suyos. Nuestra familia, como todas, tenía a dos o tres malos bichos. Hacía tiempo que las cejas de diablo de Fernando se arqueaban con demasiada frecuencia por las acciones de un pariente, casado con una señora que la familia estimaba mucho y con varios niños que para variar, Fernando amaba. Llegó el día en que la paciencia del Capitán Don Fernando se acabó y puso orden. Consiguió un puesto de trabajo para el fulano en el lugar más lejano que pudo, se presentó en la casa donde el galifardo hacía a todo el mundo infeliz, lo animó a llenar baúles y del pescuezo lo embarcó rumbo a la Conchinchina para que dejara a su familia en paz. ¡El tío Fernando era un caballero andante!, resumió genialmente una de nosotras hace unos días.


Fernando Gutiérrez Cueto. Óleo de César Abin. Capitanes de Cantabria.

El Capitán Don Fernando no pasó jamás por movimiento mal hecho”, dice un libro y es verdad, cuando le tocó errar, el tío Fernando metió la pata hasta el fondo, o en castizo y la purita verdad: la cagó rotundamente. Seguramente por su inflexible sentido de la moral y el honor, pero definitivamente creyendo que hacía lo correcto, forzó una boda entre sus dos sobrinos que jugaron al amor. El resultado fue un matrimonio que duró menos de quince días y un divorcio que tardó décadas pero se concretó aunque una de las partes no quiso enterarse o no se enteró, un sobrino enojado con él y una sobrina que no volvió a hablarle. La enemistad que surgió entre quienes más que tío y sobrina eran padre e hija, fue lo único lamentable de la vida de los dos. El corazón roto de la hija lastimó al corazón roto del padre, se revolcaron en una pelea absurda y patética que el tiempo y el orgullo de ambos arreciaron, terminó subiendo de nivel por diferencias políticas y desperdigó trozos del corazón de los dos por dos continentes: padre e hija perdieron la pelea al perderse el uno al otro.

Los hermanos de Fernando volvieron a morir tomando turnos. A Javier, el que nació gritando “¡híjole!” y falleció en México, le siguió el brillante Domingo y después el legendario Chapetón en el Perú. Fue quizás la muerte de Domingo la que rompió el vínculo con la viuda y los hijos de Enrique. Con un presentimiento horriblemente silencioso, Fernando hizo hasta lo imposible por encontrarlos y ofrecerles su protección pero no lo logró, su búsqueda consta en los periódicos de la época. Un tiempo después, el Capitán Don Fernando fue nombrado juez municipal en Cabezón de la Sal. Su honestidad y rectitud de carácter administraron justicia por tres años y en un diario de esos tiempos un articulista especula si las sentencias serían dictadas en verso. Renunció a ser juez por el cansancio, el reuma, la tos y una enfermedad estrambótica: al tío Fernando le crecía la nariz a cada rato aunque nunca dijo una mentira*.


El tío Fernando notó que envejecía cuando comenzó a perderse y tuvo que contar los postes de la luz para poder volver a casa las noches que salía a jugar Rocambor con un amigo. La Guerra Civil Española terminó de avejentar al fortísimo Capitán Don Fernando. Es improbable que se enterara del asesinato de la hija mayor de su hermano Enrique. De lo que sí se enteró el tío Fernando fue de lo que hizo el bando contrario al de su sobrina Matilde con su casa cuando la allanaron: el saqueo, el incendio y la destrucción de la biblioteca más valiosa que ese pueblo tuvo jamás. Frente a aquella casa, un Fernando pasmado, con el corazón destrozado y definitivamente anciano, rezó furioso por su sobrina más amada y en silencio dijo al aire: Escapad hija mía, exiliaros o te matarán. Amor de padre es amor de padre, peleas o no.

El corazón de galerna de Fernando, el último sobreviviente del muestrario estrafalario que El Intelectual y La Divina Providencia* legaron al mundo colapsó finalmente dos años después. Tenía ochenta y ocho años.


Para ti, tío Fernando. Porque tu nombre es honor y humanidad. Porque me acompañas en el confinamiento y tu fortaleza no permite que me hunda. Porque viviste y pocos saben hacerlo, porque tu corazón colapsó de tanto uso y los cementerios están repletos de corazones sin estrenar. Porque la grandeza de tu nombre permitió que el nieto de Aurelia concluyera triunfante en su diario personal: El Capitán Don Fernando existió y así él y los suyos comprendieron de dónde procedía su valor. Y un día tus sobrinas recorrimos tu Cabezón de la Sal explotando de amor y orgullo de estirpe. Gracias por tanto, renegón nuestro, caballero andante. Legaste amor, Fernando, ojos de cielo, cejas de diablo, bigotes de chiste, corazón de galerna y caminar bamboleante. Cuánto nos puede curar el amor, cuánto renace de tu mirada. Te conozco, te conozco desde siempre, desde lejos. Te conozco, te conozco como a un sueño bueno y viejo, es por eso que te toco y te conozco*.


SIXTINA

Santander, 9 de mayo del 2020


Extractos de versos del tío Fernando escritos en su vejez y encontrados por la familia, gracias a mi prima Carmen por regalármelos:

Sin novedad en el frente pero malas en un diente,

es medio (mentir no quiero), pues que ni uno tengo entero.

…Rugiendo como un león (valga la comparación)

¿Que estos versos por lo malos merecen doscientos palos?

Si, mas tengan presente lo dicho del medio diente,

y que con dolor tan fiero mejor no los haría HOMERO.

Hay también otra razón, que el autor es ochentón.

Otra vez me hallo cautivo en la casa donde vivo,

la causa ahora no es el diente sino otra muy diferente.

La causa es la pajolera y asqueante carretera

que conduce a la estación y es baldón de Cabezón.

Hoy en lago convertida por la nieve derretida

donde podría navegar un paquevot de ultramar.

¡Ya tiene que ser valiente quien pasar por ella intente!

Yo, señores la verdad, no haré tal temeridad.

¿Yo que no lo hice en mi barco voy a ahogarme ahora en un charco?

Brindis por los novios en una boda:

Bueno pues, voy a brindar

porque en modo alguno quiero

por terco y majadero

ante vosotros pasar.

Y aunque sé que habrá señores

que se rían de mí a hurtadillas,

me arranco por “redondillas”

no malas sino peores.

Las musas no quieren trato

con viejos y cuando alguno

las quiere importunar

huyen diciendo “pal gato”.

Pensad pues si desatino

y se me enmaraña el hilo

que nací mitad por filo

del siglo decimonono.

Que en esa edad achacosa

así sea el más inspirado

rato, tiene ya apagado el astro y…alguna otra cosa

¡cómo no había de estarlo el mío!

Pero observo que divago…

voy a ver si me rehago

y salgo al fin de este lío.

Brindo pues justo lo creo

ante todo por los novios

que bogan ya sin agobios

en la barca de Himeneo.

Porque el lazo conyugal

con que el cura les ha atado

no sea como el del ahorcado,

¡vamos! Que no sea dogal.

Fernando Gutiérrez Cueto. Cabezón de la Sal, Cantabria, 1851 - 1939

*La Marinera: apelativo de la ciudad de Santander, capital de Cantabria.

*descuajeringarse: basta ver a un gringo bailar para saber lo que significa.

*simple mercantón: leer la historia previa a ésta: Fernando, Corazón de Galerna (Segunda Parte. Escrito a cuatro manos) | SIXTINA en www.amoramares.works

* “or he´s a demon himself, ¡damn!”: O él mismo es un demonio, ¡maldición!

*al tío Fernando le crecía la nariz aunque nunca dijo una mentira: Rinofima, enfermedad rara de origen desconocido que causa eso, que la nariz crezca y crezca.

*Te conozco, canción del trovador cubano Silvio Rodríguez.

*Leer El Intelectual, La Divina Providencia y los Hermanos Carajo, en la sección SIXTINA de www.amoramares.works

Fuentes:

- Recuerdos, conversaciones, fotografías y correspondencia pertenecientes a mi familia.

- ALTAMIRA. Revista del Centro de Estudios Montañeses. Santander, año 2018. Gobierno de Cantabria. Consejería de Educación, Cultura y Deporte. Regalo de Francisco Gutiérrez Díaz.

- Capitanes de Cantabria, de Rafael González Echegaray, citado por vidamaritima.com, blog de Vicente Luis Sanahuja Albiñana.

- Matilde de la Torre y su época, de Carmen Calderón. Ediciones Tantín. Regalo de José Ramón Saiz Viadero.

- Raíz y fruto al viento de un escritor que se fue. Artículo escrito por Consuelo Bergés en la Revista Triunfo, edición de 1975. Regalo de José Ramón Saiz Viadero.

- Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Gobierno de España, Ministerio de Cultura y Deporte. Ediciones digitalizadas de El Cantábrico, La Atalaya, La Región, El Sol de Madrid, El Liberal, El Atlántico y El Boletín del Comercio del siglo XIX y primer tercio del XX. Enlace facilitado por José Ramón Saiz Viadero.

Imágenes: https://www.eltambor.es/la-guerra-hispano-estadounidense-fue-fruto-de-una-conspiracion/

https://www.politicaexterior.com/producto/el-borron-del-maine/

https://vidamaritima.com/2009/06/en-memoria-de-d-fernando-gutierrez-cueto/

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