• Úrsula Álvarez Gutiérrez

El Intelectual (y su nariz) / SIXTINA

El Intelectual es mucho más que el padre de los Hermanos Carajo, el esposo de La Divina Providencia o el origen de una “casta indómita y brava”.


El Intelectual fue un abogado con indefectible destino de periodista, quizás debido a su pasión por la historia. El Intelectual fue más que un escritor algo tímido que prefirió dejar espacio para los grandes en sus periódicos. El Intelectual fue también el primer y más optimista minero de la familia. Él fue un padre amoroso, cualidad genética de los hombres de mi familia, son geniales con los niños. El Intelectual fue un hacedor de su tiempo y un librepensador, cuando aquella era casi una mala palabra y él mandó a que la imprimieran en letras grandes y negras en su tercer periódico, justo debajo del título y consiguió lo extraordinario: que liberales y conservadores se ofendieran al unísono por la misma razón y las amenazas anónimas comenzaran a llegar. “¿Eh?” “¿Es que estamos todos locos, o qué?”


Cuando El joven Intelectual volvió a su tierruca con el título de jurisconsulto bajo el brazo, su mujer lo escogió como esposo aunque él creyó honestamente que la decisión había sido suya. Se conocían de toda la vida, ella era una mujer pequeñita, de cara redonda, voluntad de hierro, vocación de casamentera y aquella fue la unión más fructífera que concertó.

La boda se celebró en casa de la familia de la novia en Molledo, una casona adornada nada menos que por unos cañones regalo de un rey agradecido por la hospitalidad con la que fue hospedado allí. Una suerte que el rey no equivocara el siglo para tocar a aquella puerta, de haberlo hecho y ser recibido por el hijo menor, alguna nieta o bisnieta de El Intelectual quién sabe cuál hubiera sido el fin de aquellos cañones, pero esa es otra historia. Ésta trata acerca de El Intelectual, el fantasma caballeroso que respondió al llamado de la sangre de su sangre y me acompaña con su inmensa nariz y modales de encanto.


El Intelectual y su esposa estrenaron la vida con tanta pasión que cualquiera creería que ellos la inventaron. El mundo era nuevo aunque ya cargara errores y sufrimiento pero la esperanza no tenía aun ni un agujero. Todo estaba por hacerse y la pareja más que dispuesta a colaborar.


Al poco tiempo de casarse, El Intelectual fue designado “Secretario escrutador de los votos”, en un distrito electoral de la tierruca. Unos años después, el año en que su hijo Fernando nació, El Intelectual fue electo Teniendo Alcalde del pueblo con nombre salado en el que Fernando moriría de viejo ochenta y ocho años después. El Ayuntamiento acordó arreglar las carreteras en mal estado y construir nuevas. El Intelectual se ofreció a supervisar las obras y entonces tuvo el primer síntoma de una fiebre que lo perseguiría por años: sintió que la panza de la tierra olía raro, ¿eh? No hizo caso, El Intelectual, rodeado de gente y ocupado como estaba, pero se desconcertó por unos instantes y el desconcierto se instaló allí, en Cabezón de la Sal, perceptible sólo para la familia, algo así como la alergia llorona contagiosa que sufriría el bebé Domingo Carajito muchos años después. Cada miembro de la familia que pasea por aquel pueblo se pierde, termina sin saber dónde queda el norte, dónde el sur y hasta olvida a dónde iba. El Capitán Don Fernando Carajo, con sus bigotes de chiste, capaz de navegar sus barcos de marino mercante hasta sin brújula y en plena galerna*, tuvo que resignarse a contar los postes de la luz para poder llegar a su casa, lo confesó él mismo.


El Intelectual dividía su tiempo entre su trabajo como abogado, su afición por escribir (con mucho pudor, aunque alguna vez leyó sus obras en El Ateneo junto al cantor de la montaña), su familia y sus viajes como “Comisionado” por la tierruca. De tanto ir de la costa a la sierra, de los picos a los llanos, de las montañas a los valles, El Intelectual confirmó que las entrañas de la tierra tenían un olor diferente en cada lugar. Caminaba solo en medio de la nada y se detenía…estaba seguro de sentir un olor característico. ¿Eh? Se agachaba, elegantísimo él con su levita oscura, su bastón y su sombrero de copa, rodilla al suelo, narizota pegada a la tierra…ajá, huele a mineral. El Intelectual fue el primer hombre de la familia Carajo víctima de la Fiebre Minera.


En el año mil ochocientos cincuenta y dos, un francés, para variar, llegó a La Marinera con una gran novedad: retratos coloreados al daguerrotipo usando un “nuevo” método americano, sesenta reales era el precio de la inmortalidad. “Aaaveee Maaaríaaa” oyó El Intelectual decir a su esposa, La Divina Providencia. El tono de su voz lo contrarió…se trataba de una mujer fortísima muy poco dada a impresiones ni alharacas, El Intelectual se le acercó amoroso y cuando vio lo que ella sostenía en la mano se pegó un susto de los mil demonios. Algún pariente desatinado había tenido la idea peregrina de mandar a retratar a la suegra de El Intelectual, una señora que quizás fue una hermosura en sus años mozos, pero que ya no estaba para posar ante nadie…cualquiera diría que era un retrato póstumo. La pareja contempló perpleja el retrato, los modales de El Intelectual lo obligaron a callar, aunque aquí, de espíritu presente, me susurró: “daba susto al miedo, hijuca”. La Divina Providencia, siempre tan práctica, superado el patatús y las ganas de matar a quien hubiera ordenado el retrato, “¡que un galernazo lo barra, Ave María!”, decidió darle buen uso. Al fin y al cabo, tenía varios niños estrambóticos en la casa y un buen susto de vez en cuando no les vendría mal. Aquel fue el santo remedio para los melindres a la hora de las comidas por años. Hasta El Chapetón, Fernando y Julia Carajito, los más respondones, enmudecían al ver esa fotografía. Con el único de los niños que el retrato fracasó fue Domingo Carajito, quien nació muchos años después, inmune a cualquier susto que no vistiera sotana o llevara galones de escalafón. El retrato, casi bicentenario, ha cruzado la península y hasta el Atlántico de ida y vuelta vía internet y ha estado a punto de despachar al otro mundo a todos aquellos que han tenido el honor de conocer a la madre de mi tatarabuela, La Divina Providencia, dicho sea con todo respeto.


Mientras resistía estoico el embate de la Fiebre Minera sin decir ni pío cada vez que percibía olor a carbón, a calamina, a plomo, El Intelectual se enfocó en su anhelo menos oloroso y tras muchos años de planearlo cuidadosamente, finalmente fundó el primer y más famoso de sus periódicos, La Abeja Montañesa, en el año mil ochocientos cincuenta y seis. El día del lanzamiento fue uno de los más felices de su vida. Lo celebró al lado de su esposa, sus niños y los escritores que entonces eran noveles y luego serían llamados “los genios de la Abeja”. José María de Pereda, el cantor de la montaña, firmó tímidamente su primer escrito con una P.



El Intelectual no pudo oponerse más y acabó rindiéndose a su vocación de minero de olfato. “Hombre de Dios, dejaos de tonterías estrambóticas, morrocotudo desperdicio de tiempo y esfuerzo, habrase visto… ¡andar oliendo la tierra, Ave María!”, refunfuñó La Divina Providencia al ver a su marido y su narizota pegados al piso. Cuando El Intelectual y su nariz creían percibir mineral, partían disparados a registrar una mina más a su nombre. En el tiempo del optimismo, que duró varios años pese a todo, El Intelectual fue bautizando minas con los hombres de sus hijos, ahí están las pruebas en los papeles públicos de la época, Sixto, Enrique, Ana, entre varios nombres griegos o estrambóticos como Mis Guantes. Aparentemente, su última mina se llamó Ya Veremos… quizás fue una pista para mí. “¿Qué el tátara tuvo minas?” “¿Cuántas?” “Vaya una a saber, descubrí un montón”. ¿Somos ricas?” “No, polvo nomás dieron”. No se equivocaban, El Intelectual y su nariz, solo se adelantaron un poquito…a finales de su siglo se halló mucho mineral allí por donde anduvieron El Intelectual y su nariz. Las “tonterías estrambóticas, el morrocotudo desperdicio de tiempo y esfuerzo de andar oliendo la tierra, ¡Ave María!”saltaron un siglo y un océano, poseyeron al nieto peruano de El Intelectual, el más guapo de toda la familia porque la historia la cuento yo y sanseacabó y así un Carajo descubrió una mina de oro de la mejor ley, usando más sus oídos que su nariz, atento al espíritu de su abuelo: “¡Aquí nietuco, aquí!”. El Guapo bautizó a mi madre con el nombre de su mina y El Intelectual suspiro: “¡por fin!”


Entre mina y mina, El Intelectual ejercía su profesión de jurisconsulto y periodista. Además, escribía y recibía feliz a más niños. Formaba parte de una célebre tertulia de escritores del momento, que se reunía en la librería de Fabián Hernández en la calle del Correo, aquellos grupos de pensadores son ahora algo así como una leyenda, pero existieron. Cuando llegaba a casa lo recibían sus niños estrambóticos en unos veleros hechos con sábanas, pelucas de abogados hechas de estropajos y periódicos escritos a mano con las noticias más alucinadas. El Intelectual les contaba entonces el tema de su última reunión con “los sabios…”


Le alcanzó el tiempo a El Intelectual para fundar un tercer y último diario, aunque en realidad fue el cuarto. También para ser el primer periodista, aunque en realidad fue abogado, invitado a formar parte de la Real Academia de la Historia, en consideración a su apoyo a la difusión de la cultura, a sus gestiones para que se erigieran monumentos a héroes olvidados, al lanzamiento de libros póstumos, etcétera. Tuvo tiempo para ver a sus hijos mayores alcanzar sus sueños.

Quizás la mayor emoción de toda su vida se la dio su hijo Fernando cuando en el año mil ochocientos setenta y cuatro, a los veintitrés años y todavía practicante de marino mercante, fue llamado “héroe” por segunda vez y recibió nada menos que La Cruz del Mérito Naval, “con distintivo rojo” por haber sido el único dispuesto a salvar a la tripulación de una goleta extranjera, llamada Little Fury, atrapada en una tormenta. Aquel gobierno regaló a Fernando un reloj de oro con una inscripción muy bonita. “Lo guardaré en un cajón, podría ser mi salvación en caso de un apurón”, sonrieron los ojos de cielo improvisando un verso al abrazar a su padre.


El Intelectual murió en el año mil ochocientos setenta y seis. Dejó diez hijos vivos y una viuda con la determinación de mil mujeres. El Intelectual no conoció a sus nietos y el honor de su nombre no logró salvarlos del horror.


Un beso en tu nariz, Intelectual.



Úrsula Álvarez Gutiérrez/ Escrito en Arequipa, el 8 de abril del 2019/publicado en lapajareramagazine.com el 17 de abril del 2019



Nota: El Intelectual es el origen de una estirpe que repitió la vida una y otra vez. He dado, quizás (¡por fin!) con aquel que hizo las cosas por primera vez: el primer escritor, el primer abogado periodista, el primer minero, el primer político, el primer “librepensador” aunque se declarara “católico, apostólico y romano”. Saber quién fue El Intelectual permite entender cuán inaudito fue lo que sucedió después y la magnitud de la traición que sufrió su nombre cuando la península arremetió contra sí misma y atacó a sus descendientes, así como la suprema ironía de que un estado le confiara el recuento de votos, el gobierno de regiones y hasta el cobro de impuestos y El Intelectual no pudiera confiarle la vida de los suyos. Su hijo Fernando es mencionado en ésta historia varias veces, hay una razón para ello: “El Capitán Don Fernando existió”, se aseguraron, tranquilizándose uno al otro, dos primos hermanos intentando armar su árbol genealógico después de que la barbarie arremetiera contra los descendientes de El Intelectual. Las historias basadas en mi familia, no son, ni pretenden ser, una biografía. El hecho es que ellos existieron y me transmitieron genéticamente la certeza de que la palabra es la única herramienta útil en esta vida incomprensible y por eso cuento su vida desde mi perspectiva, inevitablemente, la del amor. En cuanto al retrato de la madre de La Divina Providencia, existe, aunque no hay constancia de que fuera hecho por aquel francés...y no será publicado jamás, por lealtad familiar y además, porque me aterra que la señora se me aparezca enojada, eso sí. Esta historia continuará.


Gracias a la ayuda generosa y enternecedora de mi amigo José Ramón Saiz Viadero, mi Gigante, cuyo amor por mis ancestros me tiene buceando en un mar de información. El espíritu de su amor platónico me encarga darle un abrazo del tamaño de la montaña que el imprimió póstumamente por ella*.


Gracias a José Ramón Saiz Fernández, sucesor de “El Intelectual” en la Real Academia de la Historia, Escritor y Doctor en Periodismo. Su admiración por “El Intelectual” y en especial por su hijo menor, el abogado periodista “Domingo Carajo”, me dio la pista inicial para tirar de este hilo fascinante.


*galerna: maretazo

*La Montaña en Inglaterra, crónicas escritas por Matilde de la Torre Gutiérrez, recopiladas e impresas póstumamente por José Ramón Saiz Viadero.

Fuentes

  • Recuerdos, conversaciones, correspondencia y fotografías pertenecientes a mi familia.

  • Historia de la Prensa Santanderina, José Simón Cabarga, Cronista Honorario de la ciudad de Santander. Centro de Estudios Montañeses. Institución Cultural de Cantabria, Diputación Regional, 1982.

  • La vida en Santander a mediados del siglo XIX, Benito Madariaga, con un informe del arquitecto Manuel Gutiérrezsobre el proyecto de reforma y ampliación de la ciudad. Santander 1984. https://books.google.com.pe

  • Pereda. Biografía de un novelista. Benito Madariaga de la Campa. Ediciones de Librería Estudio. Santander, España. Impreso en España por Unigraf S.A. Móstoles. 1991

  • Guía oficial de España 1876 (Harvard College Library, The Gift of Edward Hickling Bradford of Boston, A.B. 1800, M.D. 1873) https://books.google.com.pe/

  • Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Gobierno de España, Ministerio de Cultura y Deporte. Ediciones digitalizadas de La Abeja Montañesa, El Eco de Cantabria, Santiago y a Ellos, El Comercio de Santander, El Atlántico. Enlace facilitado por José Ramón Saiz Viadero.

  • Diario La Atalaya, edición del 15 de julio de 1898, página 2. Enlace facilitado por José Ramón Saiz Viadero.

  • Rafael González Echegaray, Capitanes de Cantabria, citado por https://vidamaritima.com

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