• Úrsula Álvarez Gutiérrez

El Gigante de Alegrilla (Un cuento para Ramón)

El viento sur se lució. Libre y frenético, azotó Santander ostentando fuerza de ciclón.

Los pocos paseantes tuvieron que lanzarse al suelo y arrastrarse esquivando tejas, tablas, vigas y hasta balcones voladores; al llegar a sus casas anunciaron su presencia a gritos y debieron ayudar a cerrar las puertas que les abrieron. Los santanderinos apuntalaron ventanas y contraventanas. En el muelle, un barco de la armada rompió amarras y cabalgó El Cantábrico a la deriva, pa´quí, pa´llá. La chispa nació en la calle Cádiz, el viento le hizo una venia, la sacó a bailar, la sedujo y su pasión devoró la primera casa. Les fue fácil alcanzar la segunda, el viento derrumbó una tabla y el fuego entró detrás, como un dominó de espanto, una casuca tras otra, ¡a por la de enfrente! El cielo de Santander se volvió rojo y los gritos humanos compitieron con los del huracán. Los edificios de madera cayeron. Las campanas de las iglesias comenzaron a doblar y la tierruca terminó de enloquecer: llovieron chispas. El viento, galante, llevó al fuego a pasear por los tejados de la ciudad e hizo volar tablones encendidos para animar su fiesta. Los edificios modernos hechos de hormigón y acero no se salvaron, las llamas se colaron por los marcos de madera de sus ventanas. Un árbol atolondrado estrenando vuelo, aterrizó en la pierna de un hombre; una alambrada errante se incrustó en el rostro de otro. El campanario de la catedral cayó y calló. El fuego y el viento se repartieron el casco histórico de Santander mientras la gente escapaba con lo puesto. Las llamas irrumpieron el salón donde una familia velaba a su muerto, los dolientes huyeron y así se produjo la primera incineración que se conozca. La noche roja del quince de febrero de mil novecientos cuarenta y uno destruyó casi todo el centro histórico de Santander, como si una fuerza maligna intentara borrar su historia riquísima. Al día siguiente, bomberos de toda España llegaron para ayudar y les tomó dos semanas apagar el incendio. Dos meses y medio después, un niño ahumado y preguntón nació.


La noche del incendio las llamas alcanzaron a lamer la casa donde vivía una señora embarazada. La familia la cubrió con una manta y la alejó del centro de la ciudad. ¡El fuego ha borrado la historia!, se lamentó la señora Viadero de Saiz y el bebé en su interior pegó un brinco. A partir de entonces, el vientre de la señora sólo estaba quieto cuando alguien leía las noticias en voz alta o la madre dormitaba con un periódico abierto sobre la panza. ¿El humo me habrá atacado la mollera o realmente este bebé quiere saberlo todo?, se preguntaba ella. El siete de mayo, cuando aquella familia ya estaba harta de leer en voz alta las noticias de Santander frente al vientre saltimbanqui, por fin nació el bebé y lo llamaron José Ramón. No fue sorpresa que el recién nacido no gustara de canciones de cuna sino que prefiriera ser arrullado con historias de su tierra. Qué vamos a hacer, nos nació chamuscado y quizá algo chalado, si es historia lo que quiere, pues historia le daremos, dijeron sus abuelos maestros y guardaron las canciones de cuna para el siguiente bebé, que fue una niña y nació dos años después.

¿Por qué la tierra es mi casa? ¿Por qué la noche es oscura? ¿Por qué la luna es blancura que engorda como adelgaza? ¿Por qué una estrella se enlaza con otra como un dibujo?*, preguntó José Ramón cuando aprendió a hablar.


Él fue un niño de la posguerra. Formó parte de la generación del hambre, las cartillas de racionamiento y los milagros de la voluntad humana. Los paseos de la mano de su abuelo por los prados de Cantabria, contadme la historia de este lugar, abuelo, se grabaron en su alma y mil años después reconoció al abuelo Luciano en sí mismo al llevar a sus sobrinas de la mano por los verdísimos prados de la tierruca. La muchacha que trabajaba ayudando en su casa era una fanática del cinematógrafo y apenas el niño cumplió tres años, lo llevó al cine. Boquita abierta y ojitos de plato frente a un western. Fue entonces que al pequeño Gigante le nació la primera pasión y sus sueños dejaron de ser sueños y se convirtieron en proyecciones en cinemascope. Si despertaba muy pronto, había visto un cortometraje, si hacía una siesta prolongada, aquello era un largometraje y al acostarse en la noche esperaba la secuela. El niño Gigante no tuvo pesadillas sino sueños de género policíaco, de terror o simplemente thrillers; si su mente le mostraba sólo a extraños, él contaba que su sueño estuvo repleto de extras y cuando soñaba las historias que sus mayores le contaban, veía documentales o películas históricas. Los sueños disparatados, esos que todos tenemos y nunca entendemos, para él eran sueños sin guión.


El Santander asolado por el bombardeo en la Guerra Civil y después por el incendio, fue el castillo encantado del pequeño Gigante. ¿Qué hubo en este lugar? ¿Qué pasó en esta calle? Yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo. Niño soy tan preguntero, tan comilón del acervo, que marchito si le pierdo una contesta a mi pecho*. En los restos de la cárcel de la calle María Egipciaca el pequeño Gigante olisqueó anhelos de rebeldes y por primera vez escuchó a los espíritus. Un José Martí traslúcido le contó su historia y un fantasma llamado Luciano como su abuelo, se le apareció, un día sí y un día no, a contarle los secretos de la prensa republicana antes de la derrota. En los escombros de aquella cárcel el niño Gigante tocó los sueños rotos de León Felipe y hasta los de un periodista apodado Pick. Lo que no imaginaron el pequeño Gigante ni los espíritus que le conversaban fue que décadas después, aunque sólo por quince días, él también tendría una historia de prisión para contar, por aquello de “si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo*…”.


El Gigante fue creciendo y asistió a “la reconstrucción de Santander, que reconstruyó muy poco y levantó una ciudad nuevecita con habitantes usados colocados al revés. Llegó el momento de escoger una carrera y el Gigante tuvo que ser práctico, su mente le ordenó estudiar Comercio y en compensación, su corazón lo llevó de las patillas al Ateneo de Santander. Un tiempo después y por ser el único chico entre puro vejestorio, lo nombraron secretario de la sección de cinematografía y él casi se murió de tan feliz. La censura dominaba el cine de entonces, las películas gringas eran dobladas al español bajo la excusa de preservar el idioma pero en realidad se trataba de controlar todo lo que pareciera inmoral o inadecuado. Si por ejemplo, un protagonista de película había ayudado a los republicanos durante la guerra española, en el doblaje aquello se omitía o se inventaba una guerra en otro país. Una de las censuras más divertidas fue una película de Grace Kelly, en la que ella, una mujer casada, se enamora de otro. El puritanismo quiso evitar una apología al adulterio, convirtió al marido en hermano de su mujer y creó un incesto de los mil demonios.


El Gigante tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio, “la mili”, en Madrid. Allí conoció a uno de los torturadores más temibles del régimen y se dio el gusto de distraerlo una noche para que un cantautor de protesta invocara a la libertad en un recital lleno; el mítico mayo del sesenta y ocho se acercaba y los jóvenes de entonces lo sentían llegar. De regreso en Santander, el Gigante fue nombrado Presidente de Cinematografía del Ateneo aunque no por mucho tiempo porque su color político comenzaba a notársele.


Entonces el Gigante se dedicó a vender libros. Y como los únicos interesantes estaban prohibidos, vendió libros prohibidos. (Si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo*). También se volvió periodista y su sabiduría le quitó el vicio de la política. Así, mi amigo gigante que se llama José Ramón, entró a la historia. De tanto respirar Santander, caminar Santander, comer Santander y estudiar Santander, el Gigante resucitó a Santander y comenzó a escribirla. Su nombre empezó a ser un referente de la cultura cántabra. En el colmo de la alegría, produjo un par de películas y hasta actuó.


Matilde de la Torre Gutiérrez
Un día, rebuscando uno de los archivos de la tierruca, un espíritu con voz de mujer le susurró al oído: “Cuéntale al mundo que viví”. El corazón del Gigante se tiró un volantín*: se enamoró. La investigó tanto que ahora es un experto en aquella vida, recopiló unos artículos escritos por ella y los juntó en un libro que editó por amor, también reeditó el último libro que ella escribió, promovió la publicación de su biografía y hasta ahora anda todo el día contándole al mundo que Matilde de la Torre vivió.

Desde hace unos años, el Gigante y su amada Vera viven en un pueblo precioso, verdísimo y mugiente. Tuvieron que mudarse porque su piso en Santander crujió y amenazó: ¡Que ya no puedo más con el peso de dos humanos, siete mil libros y un millón de espíritus! ¡Ahuequen el ala* o me derrumbo sobre ustedes! Ahuecaron, claro. Su nuevo pueblo se llama Alegrilla y en su jardín hay un árbol que no es limonero ni naranjero sino las dos cosas y ninguna de las dos, da naranjas amarillas y limones anaranjados como muriéndose de risa. Y es que el Gigante hace feliz hasta a los árboles.

Apachurrón, querido.

El Gigante y yo. Alegrilla, 2019

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 7 de junio 2020.


*Escaramujo. Canción del cubano Silvio Rodríguez. (¿Por qué la tierra es mi casa? ¿Por qué la noche es oscura? ¿Por qué la luna es blancura que engorda como adelgaza? ¿Por qué una estrella se enlaza con otra como un dibujo? ¿Y por qué el escaramujo es de la rosa y del mar? Yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo. Niño soy tan preguntero, tan comilón del acervo que marchito si le pierdo una contesta a mi pecho. Si saber no es un derecho, seguro será un izquierdo. Yo vine para preguntar, flor y reflujo, soy de la rosa y de la mar como el escaramujo. Soy la pupila asombrada que descubre como apunta. Soy todo lo que se junta para vivir y soñar. Soy el destino del mar, soy un niño que pregunta.)

*volantín: Expresión latinoamericana para voltereta.

*Ahuecar el ala: Expresión latinoamericana que significa marcharse.

...

Según la prensa y la academia, el Gigante es experto en: literatura Galdosiana; la historia de Cantabria (origen, urbanismo, cultura, personalidades, gastronomía y hasta crímenes), con especial dedicación a las cántabras; la historia del cine español y cántabro, claro; la historia de la Segunda República, la Guerra Civil y el exilio. El Gigante ha escrito, prologado, asesorado, dirigido o participado en más de ciento cincuenta obras. La gente le llama Sabio, Maestro, Historia Andante de Cantabria, Un Indispensable en la Historia de la Cultura, Erudito, Hombre de Libros… y hace años anda acumulando homenajes. Mi prima Eva se refiere a José Ramón como Cielo de Hombre y yo le llamo Querido, pero cuando hablo de él, le digo Gigante, porque eso es lo que es.


Algunas frases de José Ramón:

Yo fui un niño chamuscado. Tengo recuerdos intrauterinos.

Soy especialista en todo y experto en nada.

En lo único que no he escrito es en las paredes de los wáteres.

Cuando le preguntaron cuál de sus obras le satisfacía más, Ramón respondió algo así: De lo que estoy muy satisfecho es de haber servido para ayudar a quien me ha necesitado en sus actividades.

De uno de sus libros acerca de la Guerra Civil: Si a partir de ahora se estudia esa época de una manera distinta y más complementaria, me daré por satisfecho.

De su empeño en visibilizar a la mujer: He visto menosprecio intelectual hacia la mujer, que sigue habiendo, pero menos. Soy un feminista…hay que tomar la voz del cantor cuando decía: "Y es que naide escupa sangre, pa que otros vivan mejor".

Nota personal: ¡Saiz Viadero podría ayudarte tanto!, dijo una de mis primas cántabras cuando comencé a investigar a los Gutiérrez Cueto, mis espíritus fantásticos ¿Quién es Saiz Viadero?, burro es quien no pregunta. El historiador más grande de Cantabria, ha escrito sopotocientos libros. Entonces no me ayudará, pensé, acostumbrada a la negativa reiterada y muy parecida al desprecio de los escritores peruanos, que una vez publicados se convierten en cuerpos gloriosos y no contestan a los cuerpos corpóreos, vaya a pegárseles. No hice el menor esfuerzo por contactarlo desde el Perú. Un tiempo después, mi amiga cántabra María Toca comenzó a publicar mis cuentos en www.lapajareramagazine.com, la tierruca tira de mí por razones genéticas. Ramón quiere que le escribas, me dijo un día María. ¡Ostiaaá!, hubiera dicho de haber conocido entonces el granaíno, y le escribí. Ramón respondió y sigue haciéndolo. Ramón no ha perdido tiempo diciéndome que le honra conocerme, como han hecho dos o tres, que quedaron honradísimos sin ayudarme ni jota a la hora de revivir a mis espíritus. Ramón me da herramientas para mi investigación, me respalda y hasta me aplaude. Quizás el Gigante, al leerme, ha visto un corazón preguntón con afán resucitador y por eso ha confiado en mí. Cuando hago un hallazgo sabroso, el Gigante se muere de risa y me llama Doctora Watson. Una vez superado el asombro de conocer a un hombre auténticamente bueno, lo que más llama la atención de José Ramón es su fidelidad a la verdad. Todo estudioso de la historia de España sabe que hay dos versiones: la oficial y la otra, la azul y la roja, la verdadera y la alucinada, la victimizante y la demonizante. Se ahorra una mucho tiempo leyendo directamente a José Ramón, el Gigante de Alegrilla.

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© 2020 Úrsula Álvarez Gutiérrez

 

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