• Úrsula Álvarez Gutiérrez

El Capitán Don Fernando (Primera Parte. Escrito a cuatro manos) | SIXTINA

Hola tío Fernando. Hace semanas intento escribir un cuento basado en tu vida y me está costando mucho. Una pandemia amenaza acabar con la humanidad o por lo menos con mi ilusión. Es como si a tus hermanos y a ti les hubiera tocado estrenar el mundo y a nosotros, sus bisnietos, verlo terminar. Acompáñame en este temporal de espanto, tío Fernando, héroe, jefe de una tribu de locos a ratos insoportables, ¿cuántas veces te provocó lanzarlos a todos al mar, Señor Juez? Se ha escrito mucho acerca de ti, pero yo quiero contarle al mundo tu vida desde mi corazón, que al fin y al cabo está hecho del mismo tejido que el tuyo. Cuéntame en verso tu vida valiente, tío Fernando. Hazme reír, mírame con tus ojos de cielo, cejas de diablo, bigotes de chiste y recuérdame de qué estoy hecha. Fernando, corazón de galerna, no permitas que olvide que yo también soy tormenta cantábrica parida por el mar de Mollendo.

El Capitán don Fernando nació sin bigotes en el año mil ochocientos cincuenta y uno. Fernando sobrevivió a sus nueve hermanos y aun sin hijos propios fue el patriarca indiscutible de “una tribu de gentes raras; una familia de rotundas individualidades; una familia de graves caballeros que escribían y señoras que lo hacían mejor que ellos; una gran familia cabuérniga, célebre y universal, sencilla e hidalga; una casta indómita y brava”, dependiendo del libro que uno consulte. Fernando…, quintaesencia de una estirpe…, es la descripción que más me gustó. El Capitán Don Fernando ha respondido a mi llamado y de espíritu presente me cuenta que muy pequeñito notó que su corazón sonaba a borrasca y pidió a su padre pegar una oreja a su pecho: “Oíd.” “Tenéis razón, hijo, en tu pecho galopa una galerna.” “¿Qué hago?” “Seguid a tu corazón, hijo.”

El Capitán don Fernando terminó los estudios en la Escuela de Náutica de Santander uno o dos años después que su hermano El Chapetón, mi bisabuelo, y se embarcó de inmediato como “agregado” (aprendiz de piloto) de la Marina Mercante. En el tiempo de los hermanos de mi alma, la Marina Mercante era una institución jerárquica de disciplina militar, en la que cada tripulante sabía el lugar que ocupaba. En el siglo diecinueve la diferencia de clase entre la oficialidad y la marinería era inmensa. La separación espacial en los barcos enfatizaba aquella diferencia y funcionaba como un mecanismo protector en ambas direcciones al reducir la interacción y la probabilidad de conflicto: nadie cruzaba al otro lado. La disciplina era fundamental puesto que de ella podía depender la supervivencia de todos. La popa del navío, donde los movimientos del barco se sentían menos y los espacios eran más aireados y cómodos, albergaba a dos grupos: “la tripulación distinguida”: el capitán, los pilotos, el médico y el capellán y a “la maestranza”: gente del oficio con un nivel de maestría alcanzado por su experiencia, dependiendo del navío, podían ser carpinteros, maestros veleros, mayordomos. La maestranza no necesariamente compartía mesa con “los distinguidos” pero era gente de popa. La proa, la zona más incómoda del barco, donde el cabeceo podía hacer la vida insoportable y los espacios eran reducidos, mal iluminados y poco ventilados, alojaba a la marinería: la clase baja de la sociedad marítima, sometida usualmente a trato distante y duro; sus salarios eran bajos, su alimentación solía ser de menor calidad y dormían en literas tomando turnos siguiendo el sistema de “cama caliente”*. Ese universo con espacios y funciones tan claramente delimitados sólo dejaba a un grupo navegando en el limbo: “los agregados”. Los agregados no eran marineros ni maestros y aún no llegaban a pilotos, dormían en la popa y comían con “los distinguidos” pero obedecían al contramaestre: el capataz del barco. El contramaestre era el encargado de “pulir” a los practicantes, forzarlos a “ganarse la galleta” y probar su temple. El agregado era, y a la vez no era, un marinero, un oficial y hasta un despensero, “porque para saber mandar, hay que saber lo que se manda”. Si el agregado lograba pasar la prueba, obtenía su primer título: Pilotín (tercer piloto) y debía encontrar la forma de hacerse respetar por los mismos que lo habían visto ser un peón más.

Lo que solía hacerse en los barcos mercantes para garantizar la seguridad abordo, era escoger a gente conocida para el personal de marinería y no basarse únicamente en el sistema coercitivo. Pero no siempre era posible. En ocasiones, al llegar a puerto, los barcos izaban una bandera en el tope mayor anunciando que necesitaban pajes, fogoneros, paleros; el capitán también hacía correr la voz en tabernas frecuentadas por marineros. Cuando la tripulación se completaba, se reunía a la marinería para la lectura del contrato de trabajo que era firmado por los pocos que sabían leer y escribir, que firmaban también por los compañeros que no podían hacerlo. En esos casos, el contrato tenía una duración imprecisa pero cubría un viaje de ida y vuelta.

El Capitán don Fernando estrenó el título de Pilotín en una fragata llamada Tetuán. El carpintero del buque le simpatizó de inmediato. Cuando Fernando vio los rostros de la marinería acabada de reclutar se le desenroscaron los bigotes y tuvo razón. Qué presentimiento tan cruento”, dice aquí, a mi lado. Una vez en altamar, la marinería se amotinó, asesinó a los pilotos y al capitán (aunque un periódico afirma que éste huyó). Fernando, en la cubierta de la fragata, oyó un silencio de espanto y sintió un mazazo; más vivo que nunca, se hizo el muerto. De alguna forma, el carpintero logró llegar hasta él, o Fernando hasta el carpintero, y entre los dos redujeron a los asesinos “a viva fuerza”. Fernando tomó el timón, llevó el buque hasta Manila y así estrenó el adjetivo de héroe. La noticia llegó a la tierruca y su madre tuvo un parraque*. El imberbe mozo cabuérnigo, rubio y enérgico, duro como una peña de sus montes, astuto y ágil como las criaturas que en ellos habitan, dejó boquiabierto al Capitán de Puerto con la historia increíble de su relato y la colonia montañesa en el archipiélago filipino se hizo lenguas del valor y la pericia de aquel rapaz que sin cumplir los veinte había sido capaz de semejante hazaña.” Rafael González Echegaray, Capitanes de Cantabria. “Mis bigotes ya eran visibles y de ninguna forma imperceptibles.”

La noticia del peligro corrido por Fernando preocupó a su hermano marino, El Chapetón, y tan pronto fue posible lo pidió para Pilotín en el barco que él capitaneaba en El Pacífico. Allí la única muerta fue la jerarquía. Los hermanos armaron la marimorena con soplamocos de ida y vuelta que ninguno de los dos admitió haber iniciado pero terminó con El Pilotín en el calabozo; quizás sólo haya lugar para una leyenda en cada barco. ¡Yo lo mandé a la porra y él a la mazmorra!” Pudo ser peor, tío Fernando, hay quien afirma que mi bisabuelo aventó al mar a un francés. “No lo dudo, bien pudo.”

En el año mil ochocientos setenta y cuatro Fernando empezó a navegar en una compañía de correos trasatlánticos. Su destino probó ser inevitable y en algún lugar en el medio del mar pero justo frente a sus ojos de cielo, un temporal arremetió contra una goleta llamada Little Fury*, aunque el oleaje le arrancó medio nombre y la dejó en Little. Era necesario usar uno de los botes del vapor trasatlántico para acercarse a los canadienses y Fernando fue el primero que se atrevió. El bote salvavidas se lanzó a la tormenta comandado por Fernando y salvó a once tripulantes empapados. El gobierno de Canadá le regaló un reloj de oro con una inscripción agradecida. El de España lo condecoró con la Cruz del Mérito Naval y esa fue la única vez que las autoridades de su país recompensaron su heroísmo, Fernando tenía veintitrés años. Mejor una cruz que un arcabuz, hijuca peruanuca.”

Fernando venía a la tierruca cada vez que podía. Chocheaba con sus hermanos menores, niños y bebés. “Contádmelo ahora en franchute antes del bitute, Cástor hijo, éste es otro traductor, fijo”.¿Y tú, tan ufano, hablando en Mexicano?”, dijo a Javier y así La Divina Providencia supo que ese niño no hablaba lenguas. “¡Pero qué agudeza la de esta pieza!”, opinó Fernando al conversar con un Domingo chiquitito, el menor del muestrario estrambótico que El Intelectual y La Divina Providencia regalaron al mundo. “¿Qué sentisteis al rescatar a los canadienses?”, le había preguntado a solas su hermano menor. “Asombro por ser el primero dispuesto a arrimar el hombro”, respondió el marino muy serio. “Tocad el piano para tu hermano, Anita, bonita”, pedía Fernando y con él en casa todo era mejor, de rima en rima y de verso en verso. “Yo lo he visto, por Jesucristo, y ese bicho, lo dicho, es un dragón, aunque no haya explicación”, afirmó Fernando cuando los niños preguntaron por la mascota de El Chapetón. ¿Por qué lo decías todo en verso tío Fernando? “¡A mí todo me sale en rima, sobrina!”

La familia se llenó de niños. Cada vez que Fernando llegaba a la tierruca abrazaba a un sobrino recién nacido. Una tarde en casa, Fernando leía en voz alta la noticia que daba El Boletín de Comercio: “Se ha conseguido la pacificación…” “Mentiiira” …total y completa de Cuba…” “Mentiiira” “…según el General Martínez Cam…” “Mentiiira” Fernando, sin saber si la cosa era con él, volteó a ver a su hermano Domingo, de ocho años. “¡Me troncho, reconcho!” “¿Y a ti qué mosco te ha picado que tienes el pelo erizado?” “¡Qué paz en Cuba ni qué cochifritos!”, respondió el niño. Era el ocho de junio de mil ochocientos setenta y ocho y Domingo tenía razón.

Fernando navegaba y ascendía en La Trasatlántica. Desde Santander salían barcos llenos de soldados rumbo a “la siempre inquieta Cuba” (¡qué paz en Cuba ni qué cochifritos!). En el muelle de Santander, chiquillos indigentes desplegaban su talento como buceadores en pelotas pidiendo a “los elegantes” aventar una moneda al mar para recogerla y ganársela. El Chapetón trajo a su esposa, a sus dos hijas y a su hijo nacidos en Perú para ponerlos a salvo en la tierruca porque el país que lo acogía estaba invadido por soldados pirómanos que destrozaron el puerto que él amó. El hijo de El Chapetón, un niño muy guapo llamado Sixto como su padre, aprendió a caminar imitando los pasos de su tío Enrique. El corazón de galerna de Fernando se alborotó luego de una visita a Cabezón de la Sal y con el pecho abofeteado a maretazos, se dedicó a escribir afiebrados y divertidísimos versos de amor. Ellos, sus hermosos ojos de cielo, sus modales de caballero y su encanto inmortal conquistaron a la mujer con la que se casó en mil ochocientos ochenta y tres, con la que peleó un día sí y un día no del resto de su vida. ¿Has notado, tío Fernando, que el nombre de tu esposa rima con Jodita? “¡Esa rima sí que atina!”

Por fin llegó el momento de ascender al cargo definitivo de Capitán. Lo que hacía que un oficial fuese considerado un auténtico hombre de mar en el siglo diecinueve iba mucho más allá de tener las aptitudes necesarias para adaptarse a la vida en el barco; tenía más que ver con su vida marina, sus aventuras, los temporales que había enfrentado, los puertos que había visitado, la distancia navegada, la riqueza de su vocabulario y sus conocimientos sobre el mundo, su capacidad para contar historias y claro, su habilidad con el timón. La compañía trasatlántica decidió no ascender a Fernando a capitán alegando “obstáculos reglamentarios”. El “agregado” que salvó la fragata Tetuán antes de cumplir veinte años no fue ascendido por obstáculos reglamentarios; el héroe civil con una condecoración en el pecho por salvar a once personas a los veintitrés años no fue ascendido por obstáculos reglamentarios; quizás el hombre más culto de una familia cultísima, no fue ascendido por obstáculos reglamentarios; el mejor contador de historias de una familia llena de escritores, no fue ascendido por obstáculos reglamentarios. El marino que llevaba siendo capitán en la práctica mucho tiempo, no fue ascendido por obstáculos reglamentarios. Fernando, corazón de galerna, casi muerto de desilusión, se arrancó los galones de la manga de su levita y se despidió de aquella compañía para siempre. Esperad, Fernando, quizás el año que viene. Idos a la mierda. Ser capitán de esa empresa era la cima de la carrera náutica, esos capitanes gozaban de retribuciones fabulosas y alcanzaban honores que aseguraban un retiro envidiable. “Todo esto lo tiró voluntariamente por la borda el Capitán don Fernando en un arranque de amor propio”, dice un libro. Lo lamento tanto, querido, pero tu nombre ya había alcanzado honores y siguió haciéndolo, tío Fernando. Hace unas semanas contacté a un estudioso de tus aventuras y te llamó “Magnífico”. Sonríe, Magnífico.


Fernando regresó a La Marinera y con él volvió el cólera. La última epidemia del siglo diecinueve estaba desquiciando a las autoridades sanitarias y en su desesperación por desembarazarse de los cadáveres, cometieron uno que otro error y enterraron a algún muerto que estaba vivo. Con el coronavirus ha pasado lo mismo pero al revés, tío Fernando. Cundió el pánico y los deudos no permitían que enterraran a sus difuntos (ahora también es igualito pero al revés, tío Fernando). Un ingenioso solucionó el despelote con cable de alambre y un montón de campanitas. A cada cadáver se le ataba un extremo del cable a la muñeca y del otro extremo, en la habitación del conserje del cementerio, colgaba una campanuca. Al menor movimiento de aquel brazo, el tilíntilíntilíiin hacía correr a los parientes que hacían guardia. Con el sonido de las campanillas más tétricas de la historia de la tierruca como fondo musical, Fernando empezó a trabajar con un científico eminente en la exploración del Cantábrico para un estudio oceanográfico. Fue así que las piernas de Fernando se convirtieron en el lugar favorito de todos los sobrinos y sus historias versificadas los cuentos predilectos a la hora de dormir. Y fue también así que Fernando estuvo en Santander cuando su hermano Enrique fundó El Atlántico, el quinto periódico de la familia, y fue uno de sus redactores.

El Atlántico iba por su segundo año cuando un periódico, carlista confeso, anunció nuevo director con gran pompa y el susodicho escribió algo parecido a esto: “He venido a combatir y censurar a los periódicos liberales”. Cada cierto tiempo aunque cada vez con más ganas, lanzaba dardos al periódico de Enrique, al que algunos liberales consideraban “periódico de señorones” y algunos señorones consideraban liberal. “Con el mayor cuidado para no mancharnos y con las narices tapadas hemos cogido ese diario que se llama culto, se dice católico y ¡publica literatura pornográfica!…” gritó escandalizado aquel director ante el reporte de un asesinato triple cometido en París por un sujeto joven, oscuro, misterioso y aparentemente, algo sexy, que publicaba El Atlántico vía su corresponsal en Francia. “Continúan maltratadas la moral, la cultura y hasta la lengua, ¿quién les mete a traducir francés? ¡Atlántico, estáis mostrando las orejas!”, y los dos traductores que formaban parte de la redacción de El Atlántico se atacaron de risa. “Ha muerto el ilustre Depretis, jefe del Partido Liberal y actual Presidente del Concejo de Ministros de Italia”, publicó El Atlántico. Colgado de la noticia, el quejoso comentó que el muerto no había querido recibir a ningún sacerdote en su hora final y concluyó: “a cualquier cosa llaman ilustre estos periódicos.” Quizás por no recibir respuestas, el dengoso subió el volumen y el tono de sus pataletas. “¡Papelucho afín a la masonería!”. Finalmente, un día de agosto el autodenominado “defensor de los intereses de Cristo” cruzó la línea entre el berrinche y el insulto y sugirió que El Atlántico callaba noticias inconvenientes a sus intereses. A Fernando se le desenroscaron los bigotes y esa misma noche, después de un intercambio de palabras, dio un bofetón al calumniador y “se enarbolaron los palos” (los bastones). “¡Era de hierro el bastón del gamberro!” “¡Destrozó mi bastón el bribón!” Si, y tú lo derribaste de un puñete y empezó la pelea, lo leí todito en los diarios antiguos. “¡Cuál pelea, hijuca, si arrancó la carreruca después de hacerme una muesca en la testa, me dio un bastonazo el muy buenazo!” Felizmente tenemos la cabeza dura, ¿o no, tío Fernando? “Muy dura, verdad pura.” Al día siguiente, el escapista publicó que “su ángel de la guarda” lo había salvado (no su carrera ni su bastón letal). El asunto terminó en los juzgados. Al mes y medio del desafortunado incidente, el director del bastón de hierro renunció y se marchó de la montaña. Mil años después, Fernando fue nombrado Juez Municipal.


¿Por qué la fecha de tu famosa pelea a bastonazos se repite tantas veces en la familia, tío Fernando? El mismo día, cuarenta y nueve años después, la hija mayor de tu hermano Enrique fue asesinada. Y yo nací ochenta y cuatro años después de que tu cabeza dura abollara un hierro. “Intentemos averiguarlo, hijuca peruanuca.”


Esta historia continuará. El Capitán Don Fernando, con sus bigotes de chiste, sigue a mi lado.


Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, noventa de abril del 2020, confinamiento por coronavirus.


*parraque: patatús.

*cama caliente: sistema utilizado en embarcaciones pequeñas, en las que la misma cama es usada por los tripulantes, tomando turnos.

*Little Fury: nombre de la embarcación atrapada en el temporal. Significa: Pequeña Furia.

*La Marinera: apelativo de Santander, capital de Cantabria.

Fuentes:

- Recuerdos, conversaciones, correspondencia y fotografías pertenecientes a mi familia.

- Historia de la Prensa Santanderina por José Simón Cabarga. Centro de Estudios Montañeses. Institución Cultural de Cantabria, Diputación Regional. https://books.google.com.pe

- La vida en Santander a mediados del siglo xix. Por Benito Madariaga, con un informe del arquitecto Manuel Gutiérrez sobre el proyecto de reforma y ampliación de la ciudad. Santander 1984.

- Jardín de Damas Curiosas, de Matilde de la Torre Gutiérrez. 1917. Libro facilitado por Marisa, de la Biblioteca de Mujeres de Madrid.

- Retablo Biográfico de Montañeses Ilustres, de Leopoldo Rodríguez Alcalde, Tomo II, Colección CABO MENOR. Archivo de la Biblioteca Municipal de Santander.

- ALTAMIRA. Revista del Centro de Estudios Montañeses. Santander, año 2018. Gobierno de Cantabria. Consejería de Educación, Cultura y Deporte. Regalo de Francisco Gutiérrez Díaz.

- Capitanes de Cantabria, de Rafael González Echegaray, citado por vidamaritima.com

- Tesis Doctoral: El Trabajo en la Marina Mercante Española en la transición de la vela al vapor (1834-1914), de Enrique García Domingo, Directora: Dra. Cristina Borderías, 2013. Universidad de Barcelona, Departamento de Historia Contemporánea. Programa de Doctorat: Societat I Cultura.

- Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Gobierno de España, Ministerio de Cultura y Deporte. Ediciones digitalizadas de periódicos de los siglos diecinueve y veinte. Enlace facilitado por José Ramón Saiz Viadero.

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