• Úrsula Álvarez Gutiérrez

De un tronco y sus espíritus

Anoche tuve la tercera migraña en el mes y días que llevamos en la tierruca. Apártate migraña, que los investigadores no sufren de jaquecas… pero a la migraña le importa un pito que yo ande de descubrimiento en descubrimiento y me tumbó, lupa y todo.

Mi tatarabuelo tuvo minas, acá en la tierruca, un montón de minas tuvo el optimista y ninguna le dio ni medio, según mis pesquisas. Se ve que la paciencia se le iba acabando cuando llamó a su última mina: Ya Veremos. Y vimos, aunque un siglo después y en otro continente, pero vimos, cuando los ojazos de amo del mundo de su nieto más guapo hallaron oro, pero esa es otra historia. El asunto es que yo heredé esa manía de andar buscando tesoros, los ojazos de mi abuelo y la compañía innegable de todos mis espíritus me facilitan la tarea y esta vaina es tan emocionante que en cualquier momento levito.


El archivo de la biblioteca está a cargo de dos señores que se turnan. No sé cuál de los dos es más encantador. Tampoco sé cuál de los tres, incluida yo, es más feliz cuando hacemos algún descubrimiento. Yo llego y pido, digamos, dos documentos. Me sacan diez. Empiezo a leerlos, llego tan atrás en el tiempo que sospecho que en un par de días encontraré el certificado de vacunazión de Adán, el que se comió la manzanita. Encuentro a los míos, siempre los encuentro y sonrío como si los viera, me conmuevo, ¡acá está uno de mis locos!, y hay fiesta en el archivo de la biblioteca. Ese lugar ha de estar repleto de fantasmas, obviamente. Tiene una alarma que se activa solita y cada vez que viene un técnico dice que no tiene nada malo. A mí me encantaría vivir allí.


Pasé la mañana leyendo el reglamento del Círculo de Recreo del siglo XIX en Santander, sólo de hombres y nada de juegos de azar; enterándome de que en mil ochocientos ochenta y siete desapareció un barco sin que nadie pudiera explicar pá dónde se fue ni por qué se enojó, un misterio interesantísimo que dio origen a una leyenda; revisé las memorias de la sociedad encargada del agua potable y pude ver al tío Enrique jalándose los pelos insistiendo en instalar contadores*, ¡acabáramos!, hay que poner contadores y vi a mi abuelo aprender la lección para repetir la vida en Mollendo mil años después.


En la tarde, Pimienta y yo salimos a caminar y nos encontramos con mis tías en plena calle Lealtad, muy cerca de donde el tío Domingo tuvo uno de sus estudios.


Hizo bueno, y nuestra tarde sólo de mujeres fue genial.


Hablando del tío Domingo, el domingo conocí a mi primuco. Me llevó de paseo a Ucieda y me mostró un árbol que él cree que existe desde el tiempo de los nuestros, en sus tierras. Un tronco gordísimo y estrambótico, formado por un mogollón de troncos delgados que se abrazan y se separan en un nudo igualito a la vida.


Este debe haberlo plantado el tatarabuelo, dijo mi primuco y yo creo que sí.


Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 4 de marzo 2020

ENTRAÑANDO

*contadores: medidores

*mogollón: montón

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