• Úrsula Álvarez Gutiérrez

De Maternidades y Mezquindades

Si una mujer tiene un único hijo y éste muere, ¿deja ella de ser madre? Si una madre de diez pierde a los diez en una catástrofe, ¿sigue siendo madre o pierde la categoría? ¿Y qué hay de la mujer que alberga por semanas o incluso meses a uno o más bebés en su cuerpo sin que lleguen a nacer? Esa, la que ve a sus hijos, que en realidad no son más que varios pares de células, escurrírsele entre las piernas en una hemorragia de espanto que se graba en su alma para siempre, ¿es madre o no? Existen las madres sin hijos, ¿o no?

Dios me libre de escribir filosofía. Pero de las fiestas en el calendario, pocas se prestan tanto a la mezquindad y la estrechez de corazón como El Día de la Madre, que este año viví dos veces, porque en España se celebró un domingo y en el Perú y el resto del mundo, al siguiente. En plena pandemia, además, a un océano de distancia de mi mamá, soy peruana y los peruanos no decimos “madre” porque nos suena rarísimo.


¿Qué hay de las malas madres? El día de la madre, ¿es su día, también? ¿Aunque sean maestras en el arte de cortar las alas de sus hijos? Y las que depositan una talega llena de culpa y obligaciones justo sobre la espalda de sus retoños, ¿a esas debemos felicitarlas por el día de la madre aunque todos sepamos que lo suyo no fue más que una función biológica y automática?


Yo soy genéticamente rarísima. Provengo de una larguísima fila de orates cántabros y a la vez, soy mi papá, que no era cántabro ni tan loco, aunque si un poco. Él era un señor que sabía usar las palabras, conocía casi todas las historias del mundo y me amaba más que a nada. Mi papá me dijo una vez que hay muchas formas de ser madre y que yo lo era. No sólo porque mi cuerpo albergó no sé cuántas veces ni a cuántos embriones para expulsarlos a traición, sino porque cuando él me necesitó, lo adopté a él. También me dijo que mis perras eran mis hijas y que eran las perras más afortunadas del mundo. Porque las amo, y cuando hubo que dormir a la mayor por una enfermedad horrible y dolorosa, el veterinario la durmió en mis brazos mientras yo le cantaba su canción, invocando a mis espíritus para que la recibieran allá donde haya ido…y creo que no hay amor más grande que aquel que abre el corazón a un ser que con certeza una verá morir, porque vale más la presencia que la ausencia y el dolor del amado duele mucho más que el propio.

Mi mamá

Hay madres pá tó, dirían en Andalucía. Son humanas y falibles. La mía es loca como una cabra cántabra, no puede con sus genes la pobre. Si ella tuviera un barco, aventaría gente al mar como hacía su abuelo, un marino genial que además fundó dos compañías de bomberos, voluntarios encima. Mi mamá puede dominar al mundo con una sola mirada como hacía su papá. Mi mamá puede sobreponerse al espanto las veces que sean necesarias, está en sus genes y aparentemente en los míos también. Jode mucho mi mamá, eso hacen todas las madres, pero las buenas, mientras joden, cosen alas para sus hijos. Yo soy una loca voladora así es que es fácil saber qué tipo de madre es la señora María Cristina. Hay madres pá tó, es verdad, hasta conozco a un par de hombres que son madres.


Es curioso que los hombres lo tengan más claro que las mujeres. Nunca he visto a un hombre hacer distinción entre una mujer que parió un hijo vivo y de dos patas y una que parió un coágulo con nombre o uno de cuatro patas y peludo. Curioso, realmente. Quizás la distancia les da a ellos una visión más clara. La maternidad no siempre es una opción. ¿La mezquindad tampoco?

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 11 de mayo 2020

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