• Úrsula Álvarez Gutiérrez

¿Cómo lo llevas?

Me preguntan. Bipolarmente, supongo, respondo.

Dios sabe de cuántos sueños está hecho mi retorno a la tierruca, Dios sabe cuántos anhelos genéticos se cumplen con mi presencia en Santander, cuánto amor por mi abuelo, inmenso, olvidado y resucitado a punta de investigación, viajes y amor también (y quizás sobre todo) por sus hijas, las bellezas estrambóticas que ya no son huérfanas y andan hablando de su padre a quien quiera oírlas. Y más o menos al mes y medio de llegar a Cantabria, viviendo nada menos que en una buhardilla como la tía María, y con una vista maravillosa que me grita bienvenida hijuca, comienza a acabarse el mundo y ordenan a cada mochuelo irse a su olivo. Morrocotudo retorno el mío.



Cuando esto estalló, prendí la tele y casi no me despegué de ella por dos días. Al tercero estaba aplastada, tirada en la silla que habitamos Pimienta y yo. Un pensamiento ridículo me rondó y me poseyó: cuando mi abuelo quiso volver a Cantabria no pudo porque acá andaban matándose unos a otros en aquel espanto de Guerra Civil. Cuando el asesino de Gutiérrez ganó la guerra y mi abuelo llenó baúles para volver a Santander a contar y llorar las bajas de pie, la Segunda Guerra Mundial empezó y él no pudo venir. Cuando el mundo se cansó de pelear y comenzó a lamerse las heridas, mi abuelo, a punto de comprar boletos para que él y su tribu de orates volvieran por fin y para siempre a Cantabria, tuvo un infarto y murió. Ochenta años después, yo, su nieta favorita, lo descubro, lo estudio, lo resucito y lo abrazo, recojo su sueño, lo vuelvo mío y regreso a la tierruca en su nombre… y el apocalipsis inicia. ¿Será que este despelote tiene que ver con que una Gutiérrez ha vuelto al hogar? A veces se me ocurren auténticas estupideces, me dijo un día un barbudo entrañable y por lo visto me contagió.


No se suponía que fuera así. El fin del mundo debía suceder cuando un cometa o cualquier otra vaina se estrellara contra la tierra causando una explosión que pondría en ridículo a los fuegos artificiales más elaborados. O cuando unos extraterrestres malvados con inexplicable apariencia de pulpos caminantes invadieran la tierra y nos aniquilaran a todos a mordiscos. No por una gripe. Esto no lo inventa ni Saramago. Ni un Gabriel García Márquez resucitado podría describir esto desde la ternura. La sensación de vivir en una película de ciencia ficción ya terminó, no hay película que dure tanto.

Bipolarmente llevo esto. He puesto el rosario de mi abuela sobre las fotos de mi abuelo y mi mamá. Dios sabe que ésta hija suya es hereje pero semicreyente y casisiemprebuenaperso-naaunquealgobestia. Pongo música, desde Los Beatles hasta la-vecinita-tiene-antojo, un adefesio que quizás sea un vulgar regetón, qué vamos a hacer, a una le sale la plebe a veces. Nunca me ha gustado bailar, sin embargo hace dos días sacudí mi edificio en una danza enloquecida sin ritmo ni lógica que me desahogó. Eso a veces logra vaciar mi mente, me permite investigar y avanzar en el cuento que ando intentando escribir. Otros momentos los paso mirando al vacío, catatónica, un acto piadoso de mi mente que así me obliga a no pensar, quien piensa pierde. El Adagio de Albinoni también me acompaña, y aunque me emociona demasiado, no logro llorar porque yo sólo lloro cuando puedo y no cuando quiero.


El matriarcado al que pertenezco es quien me salva. Desde mi tía Camila, la criatura más hermosa del mundo, (de)mente fascinante y ortografía escalofriante: no estás sola mamacita, tienes tu mente, tus sueños, tus libros, tus historias, tus espíritus, los ángeles y los arcángeles. La mayor de mis primas cuenta que al lavar sus sillas terminó conversando con ellas, eso no es locura, responde la tía Camila, por supuesto.

La foto de mi hermana disfrazada de astronauta para ir a hacer la compra y su flamante destreza culinaria, ha de ser el fin del mundo de verdad. Yo no sé ni cómo luce una espinaca y la época no está para preguntar en el súper: señora por favor, cuál de estas hierbas sirve para hacer ese puré verde servido sobre una tostada, el que me daba mi Mechi cuando yo era chiquita y tenía el poder de borrar la tristeza. Mi prima chiquita, ahijada mía, dictando recetas a la mayor de la familia. Mi primuca que en Granada secagaenbilgeits cada vez que su ordenador se malogra, que dice que los chinos se recuperaron del virus porque son chinos, já mía, y trabajan como chinos, vaya una a sabé cuándo podremo ver ló práos otra vé. Mi prima Yana que me envía videos de cómo añadir un huevo a una sopa de sobre para que por lo menos tenga algo sano en ella. Mi mamá cosiendo mascarillas para todas las Gutiérrez peruanas sin asomar la nariz fuera de su departamento.

Hace como diez años o más, mi tía Camila dijo que venía el apocalipsis: cien días de oscuridad, si no me equivoco. En su afán por protegernos, la hermosura compró un montón de velas blancas muy gordas. Las hizo bendecir, conociéndola, por algún sacerdote y segurísimo, algún gurú abarajamelaba-ñera, las acribilló con clavos de olor, tapó los huecos con unas hierbas verdes y por último las envolvió con tubitos de canela. Dio una vela a cada una. ¿Y ahora qué hago con esta vaina?, le dije, atrevidísima. Ah carajo, la que es bruta, es bruta, yo ya rebuzné y cumplí con mi obligación de dárselas porque soy la mayor. Hoy recordé esa vela y aunque le falló el cálculo a la matriarca, he encendido esa vela gorda y mágica adentro de mi corazón.


Alguien me dijo que esta situación daba para escribir mucho pero yo no lo creo. Este escrito no tiene estructura ni lógica, quizás sólo lo publico para que quede constancia nuevamente: las amo, locas de mi casta. Lo único genial de éste despelote es que los militares salvan gente y hasta arman hospitales en horas, ojalá eso nunca vuelva a ser paradójico. Ahora la policía secreta habita detrás de cada ventana y cronómetro en mano te observa furiosa pasear al perro, ay de ti si demoras mucho porque tu perro es meón. Los padres de niños autistas visten de azul para que la policía de ventana no les arroje piedras por inconscientes, que está prohibido pasear, a casa, joeputas, a sufrir como nosotros. En Madrid, la pista de patinaje en hielo es ahora una morgue gigante y acaban de habilitar otro lugar para los muertos que sobran… ¿hay forma de fabular eso? Se encontraron viejitos muertos al lado de viejitos vivos en los asilos. Que no fue maldad, que no sabíamos cómo mover al muerto, porque a los muertos por el bicho no se les puede tocar así nomás. Ajá… y al vivo, ¿por qué no lo movieron? Se dio la orden de que cada familia recoja a su viejito del asilo, dice la noticia que recogieron a tres. Acá en España, cada sábado el Presidente sale en la tele diciendo que el confinamiento es por quince días.


En el Perú, el gobierno, como casi nunca, ha actuado bien. Ha ordenado el encierro igual que en Europa, porque claro, si los hospitales llegaran a colapsar, ahí no habrá quien salve a mi país. Y aparecieron los matoncitos, los anarquistas que no saben ni lo que significa anarquía, que como no respetan a la policía ahora deben ver al ejército patrullando las calles. Un Capitán dio unos sopapos a uno de esos. La opinión popular se jaló los pelos y suspendieron al militar. Oh Capitán, mi Capitán, si tú mueres, muere mi país.


Los dedos acusatorios apuntan unos a otros, en todo el mundo. Que esto ya se sabía, que había que encerrar al mundo antes, que no, mejor muertos que pobres, cierra la boca animal, la culpa es de los chinos salvajes que comen bichos vivos, y así, ad infinitum. Quizás esto acabe como apareció, de un momento a otro, quizás no. Hace un rato leí algo de unos científicos anunciando que el mundo nunca más volverá a ser como era, que la humanidad deberá salir a la calle en turnos, algo así como una cuarentena rotativa. Otros creen que después de esto el mundo seguirá siendo igual, sólo peor por una crisis económica sin precedentes. Se dice también que la capa de ozono se ha recuperado y que las aves están felices. Las verdades parecen mentiras, las falsedades parecen ciertas, una no sabe qué creer y quizás lo mejor sea no pensar. El humor nos salva, eso sí, suelto como mínimo un par de carcajadas al día ante algún meme o video. Pero nunca, jamás, había necesitado tanto un abrazo largo que me envuelva, como esos que me daba mi papá.

Hace un rato me llamó un primuco. Acordamos que cuando esto termine, si es que termina, pasearemos por los prados del tátara y no sólo por ahí. Caminaremos Cantabria entera. Y Pimienta y yo, si queda mundo y nos queda plata y ésta sirve, procuraremos pasar unos días en alguna posada frente al Cantábrico. Lo veo desde mi terraza, pero necesito estar más cerca, acoge, Cantábrico, a tu nieta, y protege a las tuyas allá frente al Pacífico.


Hay quien disfruta de esta cuarentena y cuenta todo lo positivo de ella. Hay hasta quien piensa que algo bueno saldrá de todo esto. Ojalá los optimistas tengan razón. Amor, queridos, dure lo que dure nuestra estadía en esta vida incomprensible.



Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 29 de marzo 2020

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